Creación

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Por Cristina Martínez

Mi padre tenía el pecho descubierto. Los ojos hundidos. El alma en vilo. Era un hombre común. Leía a la luz de las velas a Cervantes, García Márquez, Cortázar en un pueblo remoto que no cultivaba literatura sino maíz, algodón, arroz. Quería ser periodista. Quería ser escritor. Publicar en los diarios. Escribir un libro más o menos decente. Se marchó a la ciudad. Fue obrero. A los veinte y tantos intentó formar un sindicato. Un puño de acero se hundió en su frente. Quedó sin empleo. Ya para entonces nos habíamos multiplicado en casa. Mi madre trabajó el doble. Lo llamó guerrillero. Le dijo: idiota soñador. Juntos hicieron equipaje y se fueron a otro país. Él consiguió nuevo empleo. No quiso otro sindicato. No fue periodista. No fue escritor. No escribió un libro más o menos decente. Me hizo a mi.

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