Por María Cristina Martínez
Michelle Obama es más que la esposa de Barack. Es fundamentalmente la primera dama negra en ese Olimpo que es la Casa Blanca. La primera que no nació destinada a serlo (el padre trabajaba en una planta de agua, la madre era una secretaria). Muchas mujeres desposeídas y marginadas-después de Michelle- habrán abrigado la ilusión de llegar al mismo aposento. No es para menos, los tiempos cambian y ahora también tenemos un Papa latinoamericano.
No existe entrevista dónde no se le haya preguntado a Michelle sobre la difícil labor de criar a sus hijas. El Poder nos recuerda que no es suficiente con que una mujer tenga un rol importante en la sociedad (en caso de que se pueda considerar importante ser la Fisrt Lady) sino que cada día, cuando muere la tarde, tiene que haber demostrado ser la buena madre que todos esperan. Y Michelle lo es. Al menos de eso se jacta ella y su marido.
Aparte de luchar contra la “epidemia” de la obesidad y el sedentarismo en su país, Michelle se levanta a las cinco de la mañana a hacer ejercicios con Malia y Sasha. Las acompaña en las tareas del colegio y durante la cena les conversa lo que significa invertir tiempo en la educación. Lo que significa comprender el mundo. Lo que significa ser ciudadano de EEUU. Aunque posiblemente en esas charlas se obvien las guerras del Medio Oriente, el codiciado petróleo en Venezuela y los chicos negros y pobres que practican cómo evitar enfrentamientos con la policía para llegar sanos y salvos a casa.
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Dice Michelle sobre sus hijas: “ellas ven que cada vez más la gente se prepara para la competitividad porque hay muchas cosas que darían los jóvenes de todo el mundo por tener las oportunidades que nuestros hijos tienen en los EEUU”. Una afirmación que evidencia lo que ya sabíamos de antemano: que los privilegios de los ciudadanos del imperio despiertan la envidia de los del Tercer Mundo. Que el mundo está dominado por los intereses de una jauría.
Humberto Maturana, biólogo chileno, explica que en el momento en que uno se forma como estudiante para entrar en la competencia, uno hace de su vida estudiantil un proceso de preparación para participar en un ámbito de interacciones que se define en la negación del otro bajo el eufemismo “mercado libre y sana competencia”. Eso que llamamos sana competencia no existe- dice Maturana- la competencia es un fenómeno cultural y humano y no constitutivo de lo biológico.
Lo que los seguidores de Michelle admiran son esas expresiones paupérrimas de lo que ella entiende por educación y que asocia deliberadamente con la competencia. Que esgrime- en un discurso conmovedor- como excusa para apoyar Hillary Clinton. Porque Hillary es mujer. También madre. Y la madre pensará mejor que Trump (ese rubio loco que sufre de verborragia), en la educación que necesitan los hijos del imperio. Pero cuando Michelle dijo competitividad muchos entendieron esfuerzo y persistencia. Y aplaudieron como focas. Y fueron felices por cinco minutos.