Herida

Fotografía Eilyn Diaz Romero

Por Marian Martínez Perdomo

A diario intentamos ocultarla, pero la herida sigue ahí. Cuando éramos niños y nos caíamos de una bicicleta, por mencionar un ejemplo, nuestra rodilla sangraba y, a pesar de eso, insistíamos en continuar con el juego. Quizás había dolor, ardor o alguna de esas sensaciones desagradables. Nuestra manera de seguir adelante, de aprender, era dejar todo eso a un lado. La herida estaba y nosotros preferíamos pasar por encima de lo que nos hacía sentir. Ya de adultos, en otras etapas de la vida, nos ocurre lo mismo. Se suman nuevas heridas, mucho mas profundas y, aunque en la mayoría de ellas no corre sangre ni hay un elemento físico que las ocasione, es el alma la que se vuelve turbia. Uno intenta seguir y lo hace. Pero hay días y noches en que algo despierta en ese espacio que no es físico.  Es como sentir el ardor o el dolor en la rodilla al llegar a casa después de jugar bicicleta y darnos cuenta que ahí está la herida, que no se ha ido.

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