Por Jennifer Rolong Ibáñez
Por esas cosas de la vida volví al lugar que durante algún tiempo fue mi refugio, algo perdida por haberme distraído o tal vez porque fingía no saber donde estaba. Mientras caminaba paso a paso por un callejón estrecho y sucio, las pocas personas que allí estaban, me miraban como solo se mira a un completo desconocido.
Crucé por una de esas canchas de arena que hay en cualquier barrio, en cualquier pueblo, en cualquier lugar olvidado; allí solía pasar mis tardes de sábado, mis domingos en la mañana o tal vez en la tarde, ya no puedo recordarlo.
Caminé hacia mi destino. Todo era igual. Cada calle, cada rostro, cada casa, cada techo, cada pared; el billar de la esquina, la ferretería de al lado, el colegio con pintura desgastada. Todo seguía ahí intacto, inmóvil; sin embargo todo era irreconocible, extraño, ajeno.
Sin más remedio seguí mi camino, divisando a lo lejos el punto de encuentro. Un hombre vestido con pantalón corto, camisilla y chancletas (de esas que parecen sólo para entrar a la ducha) bailaba con entusiasmo bajo un sol inclemente.
Esperé sin saber a quien, sin pensar, sin mover ni una pestaña. Una mujer de tez morena se me acercó (lo de morena era tal vez por el sol). Hizo preguntas a las que respondí con desinterés y casi automáticamente. No se que preguntó, no se que respondí.
Volví a mirar todo, detalle a detalle; era igual pero irreconocible. El tiempo se detuvo en ese lugar. Sigue siendo el mismo- pensé-, tal vez soy yo quien no recuerda, quien ha olvidado, quien ha cambiado.
Me fui alejando, volviendo a dejar atrás todo, con desdén, con hastío. Me fui alejando tal vez para no volver.