Por Marian Martínez Perdomo
El periodista polaco Ryszard Kapuscinski escribió en alguno de sus libros que “en la política y en la vida es necesario saber esperar”. Y uno espera. Espera la llamada que le cambiará un poco la vida. Prevalece la incertidumbre, la expectativa y el miedo al cambio.
Entonces, estás sentada almorzando y suena el celular. Ves la pantalla y reconoces el número. Sientes una agonía en la barriga, el corazón late más aprisa porque sabes que después de contestar no hay vuelta atrás. Te armas de valentía porque también era algo que estabas esperando. Se acaba la conversación. Vuelves al lugar del que saliste a almorzar.
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Ya de vuelta empiezan las explicaciones, el anuncio. Unos se alegran, la mayoría siente nostalgia. Solo ves pasar la película en cámara lenta. Una película en la que el guión no estaba escrito así desde el comienzo, una película en la que la historia debió ser modificada. No sabes definir qué sientes: un poco de tristeza, un poco de ganas de comerte el mundo (sí, a pesar de la crisis económica, de la crisis de valores, de todas las crisis).
Viene la fase de los abrazos, del ‘hasta pronto’, del ‘cuentas conmigo’, del ‘nos vemos luego’, del ‘estamos en contacto’. Sabes que extrañarás a muchas de esas personas, pero tienes la certeza de que la amistad no se circunscribe a un espacio físico. El corazón vuelve a latir aprisa. Pero cuando vas saliendo, cargando con lo poco que te acompaña, reconoces que la vida está hecha de comienzos y despedidas, de ‘hola’ y ‘hasta luego’. Que hay que vivir, y vivir implica perder algo para empezar de nuevo.