Por Cristina Martínez
Cuando yo tenía veinte y tantos duraba en los trabajos lo mismo que dura una lluvia de verano. Pregonaba mi aborrecimiento por los horarios de oficina. Entonces, me dediqué al teatro. Era una actriz medianamente buena. Disfrutaba como nunca lo que hacía, pero mis pocos ahorros se fueron a la nada. Muchos jóvenes a esa edad recurren a sus padres para solventar los males económicos, yo en cambio huía de la posibilidad de hacer algo así. No por orgullo, ni por dignidad, sino por no joderle la vida a otro, por no joder a quien ya había cumplido conmigo lo que la ley impone.
Pero un mediodía el hambre me sorprendió en la calle con dos billetes en el bolsillo que apenas me alcanzaban para comprar una botella de agua y supe, de inmediato, que no tenía otra opción más que buscar un nuevo empleo. Fui y conseguí uno de periodista. Cuando mi padre lo supo se llenó de alegría, y de vez en cuando me pedía que le llevara a casa mis publicaciones para leerlas. Y yo, hija obediente, le llevaba mis textos impresos y mi padre los comentaba, aunque eso me causaba cierta incomodidad, me sonrojaba.
[the_ad id=”3726″]Un viernes, cerca de la oficina, mi padre me esperaba. Estaba recostado sobre un árbol. Llevaba una camisa amarilla y una barba larga y negra (me fijé en esto último como si fuera la primera vez que lo notara). Me explicó que andaba por allí por asuntos personales y que se le había ocurrido invitarme a almorzar, pero la verdad es que creo que sospechaba que aún no me habían pagado mi primer sueldo. Me llevó a un restaurante cercano, me dijo que pidiera lo que quisiera y yo pedí, no olvido, un shawarma y un refresco (era lo más barato que había en el menú). Me observó comer, hablamos de cosas triviales, me dio dinero y luego se fue. La semana siguiente volvió a hacer lo mismo sin que yo me atreviera a rechazarlo. Me sentía extraña en esa situación de protegida, pero nunca tuve la valentía de decirle que no.
Cuando por fin me entregaron el cheque que compensaba mis esfuerzos pensé en él, en devolverle las invitaciones o comprarle un regalo. No alcancé a concretar ni una cosa ni la otra, dos o tres días después murió de un infarto. El tiempo pasa y todo cambia, canta Mercedes Sosa. Cambia lo superficial /cambia también lo profundo/cambia el modo de pensar /cambia todo en este mundo. Ya tengo más de treinta. No hago teatro. Pero hay cosas que son del tiempo cíclico. A menudo me encuentro con solo dos billetes en los bolsillos, con la misma sensación de desconcierto de los veinte y tantos, y mi padre sigue estando aquí, como si me esperara a la salida del trabajo recostado sobre un árbol, como si me saciara el hambre, como si me leyera.