En ningún sitio

Por Julio César Blanco

Recuerdo que el año 2016, por muchos motivos, estuve aplazando la decisión de salir de mi país. No me sentía listo para hacerlo. Y aunque eran muchas las razones que me invitaban cada día a intentarlo hubo otras más fuertes para no hacerlo.

Me digo a mi mismo que el 2016 fue un año de preparación mental para el viaje que realicé el jueves 12 de enero de este año, pero creo que nada nos prepara para ello, más que el intentarlo. Porque cuesta armar la maleta. Resumir todo lo que usas o habitas a una maleta o morral con una capacidad limitada resulta una tarea compleja, pero obligatoria, porque mientras más cosas “no indispensables” lleves, más será el peso que debes soportar.

La despedida de la familia y los amados, aunque la rehuía, tocó. Y tuve- en cada abrazo que di- que apretar los ojos para evitar quebrarme, para evitar arrepentirme. No pensaba en llamarle ‘despedida’ quizás para restarle importancia, quería nombrarle de otra manera: “ya vuelvo”, “voy y vengo”, o algo semejante. Pero, aunque espero volver, igual es una despedida. Y siempre he odiado las despedidas.
De forma cronológica los pasos del viaje fueron así:

– Un traslado de doce horas en autobús de Caracas a Maracaibo en el que uno anda en modo reposo, sin dormir y sin despertar del todo.

– Esperar a que se llenara un carrito por puesto (taxi) que te traslada durante seis horas (sin parada) con los pies tullidos y las nalgas dormidas hasta la frontera con el país vecino (o la raya, como le llaman).

– Cruzar la frontera venezolana y colombiana sin mucho problema. Llegar al terminal de Maicao para continuar en un bus (durante ocho a nueve horas en modo reposo nuevamente) que se detiene al menos veinte minutos o media hora en cada ciudad del camino (Ríohacha, Santa Marta, etc.), para llegar al destino final: Barranquilla.

No me había sentido tan pequeño en este mundo desde hacía tanto. La cantidad de kilómetros acumulados, de personas, ciudades, pueblitos y casas pequeñas en medio de la nada durante el camino me hizo sentir como un niño que se miraba el ombligo, creyendo que este era el centro del universo. Aún hay tantas cosas roídas y abandonadas en nuestras naciones, lugares en los que no habita la ley, o donde la ley habita pero el statu quo es tan indiferente de la misma que solo existe para observar lo que sucede sin poder hacer mucho al respecto.

Barranquilla es una ciudad enorme que parece difícil de descubrir a totalidad. Pero hay pequeños sitios que uno va recorriendo. Hay esos lugares comunes, esa alegría típica, música en cada esquina y orgullo nacional en cada vallenato y sombrero vueltiao. No es exhibicionismo, es idiosincrasia latinoamericana pura.

Y Venezuela en general ha cambiado tanto en ello; nos han arrancado el caminar de noche por una calle, las posibilidades de decidir que comer, que adquirir y en dónde, el orgullo por nuestras cosas. Todo ello en medio de un juego macabro de supervivencia y miedos. Pero esa es otra historia.

Acá asombra la abundancia ante tantas limitaciones en mi país. Sin darme cuenta me había acostumbrado a verlo todo escaso y difícil, o quizás a no verlo siquiera. Pero no es sencillo, hay que luchar bastante para habitar aquí también. Porque una vez se deja de ver el ombligo existe una sensación de incomodidad, una sensación de no pertenecer a ningún sitio en específico.

Uno se da cuenta que solo se es alguien, y ese alguien es los sentimientos, nexos y recuerdos que se llevan consigo. Y así anda uno, presente aquí y con el corazón allá. Con la boca en los labios de su amor, con el abrazo en los brazos de la familia, con el miedo en las calles de otro lugar.

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