Por Cristina Martínez
Yo tenía un jefe izquierdista que contestaba los buenos días de sus empleados con los dientes apretados, pero cuando salía a la calle —y veía la posibilidad de dejar una huella de su carisma, un testigo — abrazaba al zapatero, cargaba niños o le daba la mano al indigente que fuera de paso. “A la gente le gusta eso, uno tiene que proyectar una imagen revolucionaria”, decía.
Repetía este jefe aquella vieja consigna que los niños cubanos aprenden en la escuela: Seamos como el Che. Entonces, en su perfil de Facebook, publicaba fotos posando (bloque en mano) al lado de un par de albañiles. “Hay que hacer trabajo voluntario”, comentaba. Pero todos sabíamos que jamás había agarrado un palustre.
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Este jefe no vaciló en botar a un compañero periodista porque “le faltaba profundidad ideológica”, porque “no era de mi confianza”, porque “tenía mala actitud”, porque “no fue a la marcha”, porque “es muy lento para escribir”. Después fue ascendido a un mejor cargo.
Me fui a otro empleo. Entonces, me tocó una jefa que decía que había que ser como Rosa Luxemburgo. Íbamos — orden suya — cada miércoles a una sala de reunión a hacer lecturas políticas, “porque la lucha de clases necesita debates”. Mientras ella opinaba exigía que tomáramos apuntes. Mientras tomábamos apuntes exigía que la miráramos a los ojos. Decidirse por una cosa o la otra, era crucial. Opté por apuntar. Le herí el ego. Me gané la indiferencia. No me invitó más.
En la universidad, un alumno al que apodábamos cariñosamente El loco, solía llevar debajo de la axila dos o tres libros de Trotsky. Unos lentes que no necesitaba y una camiseta negra con la imagen de Fidel. El loco, descubrimos, estaba realmente loco. Cuando intervenía en clase comenzaba hablando de la plusvalía y terminaba con una deliciosa arepa de jamón y queso que se había comido en la mañana. El loco decía cosas como: “Hay que matar a todo el que sea malandro, son una peste”. Después, le dieron un cargo directivo en un proyecto cultural del Estado.
Tiempo más tarde, conocí a un político marxista que se autodenominaba intelectual porque publicaba artículos en una página web. Despreciaba la poesía, porque “eso no ayuda a entender la sociedad”. Desdeñaba el feminismo porque “eso es igual que el machismo”. Un día decidí leerlo: frases inconexas, errores ortográficos, creencias por doquier, poca investigación, fuentes dudosas. Improperios contra su enemigo, improperios contra el mundo. Quince frases de Marx, tres de Lenin, una propia. Ahora es dirigente de una organización socialista.
Tardé muchísimo tiempo en comprenderlo: No hay que ser como el Che, ni como Marx, ni como Luxemburgo, ni cómo Fidel. Ni como nadie. Hay que ser cínico. El resto es esperar. El premio viene en camino.