Jauría de hienas

Por María Cristina Martínez

En una de las estrechas y pobres trochas que unen a Venezuela y Colombia, por el Zulia, hay más de sesenta alcabalas improvisadas con madera y mecates que, a pleno sol, atienden ancianos y mujeres. Dos motorizados van delante del carro pagando los peajes para que el viaje se retrase menos. El hombre que conduce me dice: “Pa’ que veas flaca, a esta gente lo que le gusta es el cobre fácil”. He pagado 20 mil bolívares por mi pasaje, así que pienso- mientras me cubro el rostro del polvo del camino – que por este lado del mundo, el cobre le gusta a todos de la misma forma.

Los motorizados ejecutan el pago de manera decente (entregan el cometido en las manos), pero en ocasiones lanzan los billetes al suelo. La brisa los arrastra y de repente dos o tres niños se disponen a alcanzarlos, como si estuvieran volando cometas, corriendo varios metros. Ríen, dicen improperios y forcejean por ser el primero en atrapar esos papeles marrones.

 

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Es marzo de 2016. La frontera, después de varios meses, sigue cerrada. He ido a Colombia por asuntos de emergencia. El viaje de ida fue relativamente sencillo. Una semana después, regreso. Traigo en mi maleta lo indispensable. Una de las pasajeras pide que les paguemos a los guardias para que no revisen nada. “Cien por persona”, dice. Somos cinco en total. La mayoría está de acuerdo, yo me sumo.

A la salida de la trocha- lo que llaman La Raya- hay una alcabala de la Guardia Nacional. Un sargento nos pide documentos. Soy la única extranjera. Me manda a bajar. El sargento habla aparte con el chofer. Parece que estoy en problemas. Los veo mascullar una y otra vez. Luego el chofer me informa: “El sargento Parra dice que le des 50 mil bolos”. Respiro hondo y digo: “No soy indocumentada, no tengo que pagar nada”.

El sargento interpela a otros viajeros. Camino hacia él. Le pregunto cuál es mi problema. Es ilegal lo que estás haciendo. Es cierto, contesto, pero por aquí pasa mucha gente, y si la frontera está cerrada es para todos, para los venezolanos, para los colombianos, para cualquier extranjero, y usted solo me está pidiendo dinero a mí. Yo no te estoy pidiendo dinero. El chofer dijo que me está pidiendo 50 mil. No quiero seguir hablando contigo, ponte lejos de mí, ponte allá – señala la acera contraria- hasta que te devuelva el pasaporte.

El chofer baja mi maleta de su carro, dice que no puede esperar. La situación empeora: ahora estoy sin pasaporte, sin transporte y con poco dinero. El sargento vuelve a acecharme enviando a dos de sus secuaces a que me hagan ofertas: “Dale aunque sea treinta mil, dale lo que tengas porque si no te va a romper el pasaporte”. Pasa más de una hora para llegar a un acuerdo bochornoso: 3500 para el sargento y 1000 para un motorizado que me llevará a Paraguaipoa, donde podré subirme a un carro, destino a Maracaibo.

En Paraguaipoa, el tipo de la moto me dice que el pasaje a Maracaibo cuesta dos mil bolívares, pero que yo debo evitar más problemas con la Guardia, que es mejor que le pague un poco más al conductor. ¿Cuánto es más? Cinco mil bolívares. Acepto sin chistar . A lo lejos veo que con mi dinero intenta hacer un acto de magia: saca rápidamente unos cuantos billetes, se los mete en su bolsillo y le da el resto al conductor. La frontera no es una línea imaginaria, no es un centro de control de migración, es una jauría de hienas.

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