Sabana Grande o la tragedia de la infancia

Por Jaime Quijada

He oído muchos comentarios, en bus, metro y entre conocidos, sobre lo ocurrido en Sabana Grande: “esos niños son unos salvajes, hay que acabarlos porque ya están perdidos”. No los juzgo, comprendo a la perfección el lugar de donde vienen estas ideas, y dada la historia de este país y su fetiche con los líderes de “mano dura”, la mayoría de las personas se han acostumbrado a ser reaccionarias y concentran su resentimiento en el problema y no en la causa.

Recuerdo que mantuve arduas y repetidas discusiones con mi compañera de debates sobre si la solución a la inseguridad era “acabar con toda esa gente” o no. Mi postura es que los delincuentes que actúan por necesidad son consecuencias y las condiciones son causas. Ella se concentraba en atacar las primeras y yo en atacar la última. Ambas posturas tienen la mitad de la verdad. Hay gran cantidad de consecuencias a nuestro alrededor causando estragos y daños irreversibles, eso es un hecho, sin embargo, se requiere trabajar en las condiciones para lograr acabar por completo con la delincuencia, y no sólo “acabar con ellos” como afirma tanta gente.

Muchas veces he planteado la siguiente situación para argumentar mi tesis: “¿Qué pasaría si en vez de haber nacido donde naciste, con tus comodidades y dificultades, sean cuales sean, hubieses nacido en el centro de Petare, con padres delincuentes, violentos y ausentes, sin acceso a la educación y donde en vez de jugar con muñecas y balones, te hubiese tocado jugar a malandros porque eso es tema convencional y sin nadie que sirva como ejemplo positivo para ti, sólo los ladrones y drogadictos que abundan a tu alrededor?”

Las respuestas básicamente son dos: La primera guiada por la empatía, que es uno de los elementos clave de la vida en sociedad y el desarrollo de la misma desde sus inicios, los interlocutores aceptan que sería 99% probable que su futuro sea la delincuencia y violencia para poder sobrevivir. Mientras que la segunda partiendo de la reacción, alegan que buscaría la manera de salirse de ese círculo vicioso, que la vida consiste en decisiones, y que conocen gente de bajos recursos que han logrado salir de esa situación y si ellos pueden, los demás no tienen excusas. Esta última afirmación se basa en el conocimiento de un adulto que conoce el mundo, sin comprender o sin querer comprender, que en la niñez el mundo es un lugar extraño y desconocido.

La infancia es una etapa blanda en la que el sujeto se encuentra en estado de vulnerabilidad y desconoce cualquier concepto del bien o el mal y vida en sociedad. Freud explica la importancia y trascendencia de los sucesos en nuestra infancia entre los tres y cinco años, y como estos delimitan la personalidad en la adultez casi por completo. Teniendo todo esto en cuenta, hago esta reflexión: lo sucedido en Sábana Grande no es motivo de sorpresa. Tenemos cientos de niños en Caracas con crianza terribles y sin esperanzas de mejorar sus condiciones, sin acceso a la educación o comida.

¿Qué esperabas qué pasara? ¿Que murieran en silencio sin antes intentar lo que sea para comer? El problema no son un grupito de niñitos a los que “hay que acabar porque están perdidos”, el problema es que tenemos unas condiciones que fungen como fábrica de delincuentes y de individuos que afectan la vida en sociedad. No se logrará acabar con la delincuencia atacando a unos chamitos que seguro pasan las de Caín todos los días buscando que comer y cuidándose, por las noches, de que no los violen. Se logrará atacando las causas que hicieron que esos niños terminaran asesinando personas y no jugando con unas muñecas o practicando deportes con sus amigos como suelen hacerlo nuestros hijos, sobrinitos, primitos y otros, piénsenlo.

¿Qué tuvo que haber pasado para que una niña de 15 años se vea obligada a tener que robar y matar en la calle?

“El verdadero enemigo no es el pobre, es la pobreza”.

 

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