Por Igor García
Te lo dije, Nico, te lo dije. De un momento a otro iba a pasar. Era sólo cuestión de darle tiempo al hambre. Lo sabías, pero te empeñaste en creer que éramos estúpidos, que repitiendo las mentiras una y otra vez saciarías el estómago vacío del bebé que llora o remediarías los males de los enfermos sin medicinas. Mírate, Nico. Tienes la piel como pollo recién desplumado, porque la sangre se te fue quien sabe a dónde.
Te dejaron solo y ahora son millones los que te buscan para cobrar tus desatinos. Hueles a orines, a mierda, a sudores. Tu cuerpo es un estremecimiento constante y no puedes parar tus pensamientos de lo horrible que sería si te encontraran. Sabes que los tendrás al frente, no uno sino miles y… ¿qué va a pasar contigo? ¿Crees que llorando vas a salvarte? No Nico. No te salvarás. Los jalabolas se fueron como ratas que perciben el humo del barco que se quema. Muchos de ellos están al frente de quienes te persiguen. Te creíste el ungido de Dios y eso no tiene perdón.
Quiero saber qué pensabas cuando te decían que tus funcionarios vivían como jeques mientras eso que llaman pueblo pasaba horas interminables en colas frustrantes, porque los alimentos no alcanzaban para tanta gente. No sé si alguien llegó a decirte que tus seguidores compraban en los supermercados de Curazao y Aruba, a donde llegaban en sus aviones habidos con el dinero de la corrupción o que tenían servicios especiales de distribución de comida abundante en sus casas usando los vehículos y la plataforma de suministros del gobierno.
[the_ad id=”3209″]Pero ahora, Nico, nada de eso vale. Te burlaste de los seguidores que te dejó tu benefactor, soltaste las carcajadas en sus caras por horas y horas, mientras te deleitabas maldiciendo a tus contrarios en horas y horas de cadenas televisivas, en horas y horas de tiempo perdido, en millones y millones de dólares malgastados y en millones y millones de palabras sin sentido. Ya los escuchas. Están cerca. Suenan como huracán implacable. Son un rumor creciendo cada segundo, cada minuto… y tú allí, en ese rincón de closet, acuclillado, trémulo, semidesnudo y oliendo mal, Nico.
Si te vieras. No eres ni la sombra de aquel que usó la banda presidencial ni de aquel bocón que llamaba a derramar la sangre en las calles para que pudieras terminar tu revolución de embustes y desaciertos. Tu bigote ya no se destaca en esa barba mustia sin cortar, tu pelo es una maraña, tus ojos parecen hundidos en cuencas de petróleo y tu ropa tiene el color de la mendicidad y el abandono.
Te creías poderoso detrás de los aviones rusos comprados con sobreprecio, con las tanquetas chinas para reprimir el descontento y con las enormes cantidades de bombas lacrimógenas que pusiste en las manos de un pueblo uniformado que ahora se volteó y te busca con los mismos aviones que consideraste tuyos y con las mismas tanquetas que trajiste para sentirte seguro.
Te lo dije Nico y te lo repetí hasta la saciedad cuando tomabas del güisqui etiqueta azul que nunca te imaginaste beber mientras eras el mandadero de aquel diputado que estuvo preso por secuestrador y que el pueblo rescató de la cárcel eligiéndolo al Congreso. Fue increíble como se te olvidó que en las constituciones existe la inmunidad parlamentaria que no respetaste y que disfrutaste cuando al dirigente de tu partido lo dejaron libre por los tiempos en que algo se respetaba de esa carta magna.
Te adueñaste de todo el poder comprando a los jueces que elegiste entre los miembros de tu partido, a los que manejaban el poder electoral y sobre todo a los militares, a quienes dejaste con empresas en las minas de oro y las petroleras. Pero lo peor Nico fue el robo descarado. Las cuentas en los paraísos fiscales de tus amigos y de los amigos de los amigos que nunca quisiste que investigaran, porque tenías en tus manos todo el poder que te daban las armas de la república, bajo las órdenes de generales ávidos de divisas.
Ves ahora que yo tenía razón, Nico. No te importó un carajo que la gente votara por una nueva asamblea si podías oponerte triunfante a sus decisiones. No te importaron los organismos internacionales ni las noticias que se corrían por el mundo. Fue una lástima que tu estupidez inveterada te mantuviera los ojos cerrados, así como ahora, cuando el sudor y las lágrimas inundan tus pestañas, mientras te retuerce la incertidumbre en ese único rincón que te queda.
Ya están cerca Nico. Las paredes parecen amplificar las voces. Tus fotos gigantes, las del Comandante y muchos de tus lujos son ahora cenizas. Las fuertes pisadas de las botas se confunden con el traquetear de los fusiles, con las vivas a la democracia y con las voces de mando. Hay un bullicio. Cruje la madera y el golpe contra el suelo te hace chirriar los dientes. Es el instante más largo de tu historia. Aprietas los ojos y… recuerdas que acabó tu tiempo Nico. Que Dios te ampare.