Por Hynri Guzmán Jiménez
A un octogenario (a) se le adormecen los recuerdos. Pero no deja de sentir. A su memoria se le escapa la inmediatez de la cotidianidad. Es ley de la vida que sus parientes más cercanos se manifiesten en cuidarlo. Y si en la infancia, o desde el momento que naciste ese octogenario cuidó de ti, te cambió el pañal, te alimentó, es hora de compensar ese tiempo entregado con abnegación.
En algunos casos los grupos familiares se desentienden unos de otros. En algunas culturas el hijo es responsabilidad de los padres hasta los 21 años y le piden que deje el hogar y construya uno nuevo. En estas sociedades es de suponer que los padres deben tener planes ya hechos para cubrir sus necesidades propias en la vejez.
Hay casos en que las personas de tercera edad pasan a otra etapa al llegar a la última hora. Se plantean tantas cosas como el túnel de la luz, imaginan que un familiar les viene a buscar. Es como una fiebre de delirio mental. Los recuerdos de toda la vida llegan como una película.
Sin embargo, también existen culturas en las que las personas nunca se abandonan y la ley de la reciprocidad se manifiesta hasta en la adultez. Y el hijo no abandona el nido. En otros casos, se prepara para formar una familia aparte y las relaciones cotidianas no se pierdes. En algunos cosas padres e hijos son vecinos, o tienen comunicación constante telefónicamente a diario.
Si los humanos se percataran de la importancia del roce familiar y la vinculación que se crea entré los abuelos y los nietos, que lejos de ser un problema, son un catalizador, una manera de despertar sentimientos, que originan salud, ya que somos seres de convivencia, por lo tanto, dependientes de todos. La visita de los nietos o de los abuelos a los nietos dan un motivo para vivir, unos horizontes nuevos para compartir. Los niños son seres limpios y puros y en los cuales hay que formar valores y afectos.
Los nietos deben jugar con los abuelos preguntarles sobre Historia, cuentos, canciones. Realizar actividades que hagan crecer los lazos de integración familiar. La vida tiene múltiples razones para deteriorar la memoria inmediata y una de ellas es el distanciamiento de los parientes. La tecnología nos aleja de momentos para compartir. Las maquinas son como un anestésico que nos abstrae de nuestra realidad inmediata. La inocuidad es peligrosa, saca de nosotros todos los recuerdos.
No hay palabra bonita para expresarnos de un ancianato, una casa de reposo o un geriátrico, por mucho que existan valores de los que están al frente de estos centros. Allí la gente sufre por falta del calor humano. Son lugares donde el familiar se olvida que tiene un ser viviente con sentimientos arrumados, que alguien está recluido como si fuere un traste viejo, sin ningún valor.
Lo único puntual para estos centros donde reina la indolencia por parte de los parientes que abandonan a su madre, padre abuelita(o) entre otros, es un cheque.