Por Aida Osobampo / @aida.osobampo
A veces me parece haber vivido muchas vidas. Tengo tantas cicatrices en el alma que hacer de ellas un museo no parece mala idea. Las imagino como arte en galería, colgando de un pequeño clavo sobre una pared blanca contando su propia historia. “Miren esta de cuando perdí la inocencia”. “Aquí les presento esta otra de cuando en plena miel se me rompió la ilusión”. Y así en silencio y contemplación recorrer la sala como quien atestigua una vida. ¿No les suena conocido este relato? ¿Quién podría, por más que lo intentara, componer un saco remendado?
Así vivimos, remendando sacos, sanando heridas y contemplando cicatrices. Así vivimos, contando historias, imaginando cuentos y escribiendo fábulas.
[the_ad id=”3726″]
Mientras relato lo que mis memorias no pudieron hablar y mientras sobre el papel dibujo lo que mis ojos no se atrevieron a contar se consume la luz de mi existencia y las paredes blancas pierden su pureza. Qué es el arte sino el resultado del incansable intento y de la absurda necesidad de entender la vida misma. Qué es el artista sino el intérprete de sueños. Y qué es el poeta sino el amante perverso de las letras.
No me digas que comprendes lo que has visto. Un espectador es sólo eso; un corrompido juicio, esclavo de pre-concepciones. El espectador clama por tener la libertad de un ave mientras construye su jaula y recoge plumas del pavimento para tejer atrapasueños que coloca sobre su cabecera. El espectador no quiere alas, quiere plumas.
Sólo se vive una vez si tu talento es observar, pero mis cicatrices dicen que mi alma es inmortal.