Por Julio Blanco
La nostalgia nos evoca sentimientos, olores e incluso sabores. El habitual vacío de recuerdos que representa mi niñez se dibuja, y trae de vuelta aquellos días en que mi abuela me cuidaba y yo feliz la acompañaba.
Ahora que soy un sujeto cada vez más cerca de los 30, me he dado cuenta de lo afortunado que fui en vivir muchos momentos de mi pronta vida junto a mi abuela. Porque al final de cuentas y de la existencia misma, parece natural que mientras se va creciendo uno se va distanciando de sus antecesores, hasta encontrarse un día sin ellos, anhelando cada segundo perdido, cada abrazo dado.
Pero ella me “alcahueteaba”, era mi cómplice perfecto desde aquel momento en que mi mamá decidió prescindir de mi tetero, y ella continuó preparando y dándome aquel dulce atol, limitando la bebida a la taza, convirtiendo la ley de mi madre en una excepción bastante amigable.
[the_ad id=”3726″]Yo la acompañaba curiosamente durante cada semana en su expedición por el pueblo, para comprar los víveres y enseres del hogar. El pueblo no contaba con muchos lugares destacables, pero tenía la impresión de ser un mercado gigante que ofrecía lo que cada habitante necesitara. Y mi abuela esporádicamente requería de algo llamado chicharrón.
No comprendía esa palabra compleja de pronunciar y no sabía lo que era. Solo recuerdo que lo vendían en una pecera con ruedas donde uno podía ver y escoger lo que compraba. Ella le exigía al vendedor ambulante una prueba de fe, en forma de un pedazo dorado y después de probarlo le pedía sin faltar que incluyera en su pedido “pedazos que tuvieran carne”.
Sin saber a qué me enfrentaba, ella disponía de una parte en mis manos, y mientras caminabamos de regreso a casa, peleaba con mis dientes de leche por arrancar un tajo de aquella piel de cerdo frita, envuelta en una bolsa de papel marrón ya traslúcida.
Recuerdo que era crujiente, salada, deliciosa y como pude ver en mis dedos brillantes, grasienta. En el rostro de ella era evidente la contradicción que el consumirlo le acarreaba a su salud, pero solo esgrimía una sonrisa y una pregunta: ¿Sabroso verdad? Y desde entonces comprendí que seriamos gustosos, cómplices de por vida.