Por Gianni Mastrangioli*
Cuando vivía sobre la línea tres del Metro de Caracas y solía bajarme en la estación Mercado, apretaba las hemorroides cada vez que llovía a cielo roto. Un instinto más efectivo que las predicciones atmosféricas del Observatorio Cagigal. Tres gotas caídas y ya sabía yo que vendría el caos: barro, gente remojada entre uniformes de trabajo, empujones y un montón de usuarios/hormigas a merced de la desesperación.
“Pero claro, todo eso se solucionará después de que me establezca afuera del país” en Londres, pensé. Pues no. Qué iluso. Resulta que la nieve es más caótica que los chaparrales de agua, así como lo es también la visión de nación desarrollada, de la perfección del sistema primermundista.
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En marzo del mes pasado tuve que emprender una travesía al estilo de Moisés en el desierto para llegar hasta la compañía donde laboro. Cuatro horas de anticipación para recorrer este blanco desierto de panorama triste. Los trenes, todos congestionados. Cual usuarios de la línea Tres, a los que pertenecí por largo tiempo, todos aquí nos hallamos sometidos a la inclemencia de estas brusquedades climatológicas. Y lo peor del caso es que todavía no sé adivinar el cambio en la nubosidad para saber si vendrá alguna mejoría con el paso de las horas.
Quizás mis hemorroides, como también mi memoria, siguen atascados en algún retraso de la estación Mercado.
*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.
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