Por Gianni Mastrangioli*
“Para el litoral el primero de mayo, hay que arrancar como a las siete; eso se pone lleno”. Textuales fueron las palabras de mi mamá. Confieso que dudé al principio. Al haber visto el estado de abandono de Caracas, por un segundo pensé que, placeres turísticos como La Guaira, eran cosa de una lejanía pudiente. “Nadie tiene plata para salir”. Me fui autopista abajo. Boquerón I. Boquerón II. El calor, incesante, abrasador; tanto, que el vapor de los retrovisores creaba un efecto que hacía bailar a los postes de luz. Marina Grande, a la derecha; Aeropuerto Internacional de Maiquetía, a la izquierda. Nos frenamos de golpe. Tremendo tráfico, para mi sorpresa. Un letrero: Venezuela, la patria de Bolívar. García Carneiro, gobernador de Vargas. Parecía un cementerio de vehículos, a lo largo y ancho de la avenida principal. Con los codos fuera de los vidrios y las conservas encima de las cabezas ambulantes, la muchedumbre estaba lista para el tan anhelado perreo-intenso de feriado. Nos estacionarnos. Para pagar la entrada y pasar a Marina Grande, tuvimos que cumplir con la penitencia “del punto de venta lento”. Sed. Cuellos rosados. Un reloj que no avanzaba.
Yo, desarticulado ante tanta cola, empecé a considerar la opción de regresarme. Que playa un coño. Ya, aquí, ni disfrutar se puede. Verga, cuánto faltará. La gente sí es alcahuete. ¿Qué hora es? ¿Y si nos roban mientras esperamos? ¿Qué hora es que es? Pero nadie parecía estar preocupado. Por lo contrario, el “compadrazgo” se había apoderado de la escena. La de adelante, según alardeaba, tenía una empresa de repuestos de carro y ni por el carajo pensaba en irse para Chile. La de atrás; tampoco. A ella, de Venezuela, nadie la saca. Marica, tienes razón. Una lo que tiene que hacer es aprender a sobrellevar este peo. Negocio por allí, negocio por allá y resuelta la quincena. Marica, el papá de mi chamo es el que nos manda todo desde Panamá. Y así sucesivamente. Yo escuchaba, analizando cada versión de esas novelas en rodaje. Por fin pasamos. La orilla, atestada de tragos en vasos plásticos. Olor a ron pampero, a pescado recién frito y a tetas operadas. Plata, mi hermano. Plata “everywhere”. Se me pasó el mal humor. El venezolano, como por cuestiones místicas, no conocidas, me demostró que se las arregla en el desastre. Risas. Chino y Nacho. El único angustiado, mi persona. De resto, las tipas, meneando la chapa; los hombres, tomando cerveza.
Me acordé de ese letrero del túnel: Venezuela, la patria de Bolívar. En concordancia con la historia, fue en la independencia donde nos inauguramos como “patriotas”. Ello, en el sentido de un pueblo que luchó por sus intereses. Pero, ¿a qué tipo de intereses nos referimos? ¿colectivos? ¿individuales? En el día del trabajador, Venezuela nos estaba invitando a no trabajar. A olvidarnos de nuestras penas. De la pena hacia lo ajeno. De esa cola de problemas que no avanzan. A celebrar la felicidad de tísico, a celebrar la abundancia en la arena; de nuestras recreaciones imaginarias.
Una Guaira de dos refranes, como pude comprender:
1) Pan para hoy, hambre para mañana.
2) No dejes para mañana lo que puedes [disfrutar] hoy.
Depende desde qué lado de la orilla quieras interpretarla.
*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.