Los ocho partidos de Croacia

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Pocas veces alguien homenajeó tanto el dorsal que viste. Modric contenía en su esencia la de los 10 jugadores de su equipo –pues hasta obstruía disparos, cual portero-; pero solo la de 10: porque el gol era cosa de otro(s).

Por Lizandro Samuel

Modric agarró la pelota y el reloj se movió a su antojo. Acomodó su cabello, entrecerró los ojos y limpió el sudor de su cara. Él, con una niñez marcada por el desplazamiento forzado por la guerra, sabía que su talento fluiría mientras tocase el balón. Si además manejaba el tiempo a su antojo, ninguna adversidad –ni siquiera el 1-0 en contra en el marcador– sería imposible de sortear. Para quien alguna vez fue un niño refugiado, el fútbol nunca deja de ser “solo” un juego.

Un juego que le salvó la vida.

Y entonces el ruido de la pelota empezó a imponerse por encima de la bulla de los espectadores. Ese tac, tac, tac, que marca los pases continuos. Esa sinfonía que solo producen los mejores maestros musicales: los que dominan el balón y el reloj a su antojo.

Corría el segundo tiempo e Inglaterra se fue convirtiendo en un flan hipnotizado por la música del 10 croata.

Porque este es el Mundial de los números redondos –hace 20 años Francia ganó su hasta ahora única Copa–, Croacia aspiraba llegar a la final de Rusia 2018 con una generación que se presentó ante los flashes en la Eurocopa de Austria y Suiza de diez años atrás. En ese entonces, Lukita jugaba en el Dinamo Zagreb y los grandes ojeadores del continente intuían que se convertiría en el director de orquesta de un club grande.

Modric, en ese entonces, llevaba el 14 sobre su espalda, una nariz aguileña y un cabello que revoloteaba cuando conducía el balón con la magia de los predestinados. Acaso por esto, muchos lo compararon con Cruyff, aquél que fuese apodado el Quinto Beatle. Pero lo de Luka no era el rock, era la perfección de la música académica.

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Foto Zimbio.com

Croacia es un país marcado por la guerra. Tragedias que no se borran de la piel. Cuatro jugadores de esta selección fueron o refugiados o nacieron en familias que migraron en busca de algo que creían que podían perder: vida. Quizá por todo esto, el camino de este combinado fue más largo que el de cualquier otro finalista de la historia. Si Francia llegó a la final evolucionando de a poco y, en ocasiones, sobrando a algún rival; Croacia lo haría venciendo a Inglaterra en medio de la tercera prórroga consecutiva que les tocaría jugar.

Y es que cuando la pizarra estaba 1-1 y el árbitro dio tres pitazos, los croatas se vieron entre sí: la sumatoria de las tres prórrogas bien podrían significar un partido en sí mismo. Croacia sumaría 90 minutos más que el resto de semifinalistas.

Pero Inglaterra no sabía esto, no se enteró o no quiso enterarse. O quizá solo se durmió, se confundió, o se mareó viendo a Modric pedir la pelota aquí y soltarla allá, enviar un pase de este lado a este otro, meterse entre sus centrales y luego ir a chocar contra los del rival. Pocas veces alguien homenajeó tanto el dorsal que viste. Modric contenía en su esencia la de los 10 jugadores de su equipo –pues hasta obstruía disparos, cual portero-; pero solo la de 10: porque el gol era cosa de otro(s).

Croacia empató en tiempo regular y se fue arriba en la prórroga. El arrogante Mandzukic apareció en la foto como el autor del tanto definitivo, pero también como el héroe que rato después debió salir cojeando porque ni todo el corazón basta para sostener un cuerpo agotado.

O eso dice la lógica, o eso dicen los médicos. Pues un Modric cansado, una Croacia cansada, unos jugadores cansados, apelaron a lo mejor de su amor propio para revivir el fútbol competitivo que los llevó a semifinales. Ahora, con un partido más, tendrá que hacer lo mismo ante la que ha sido –con el permiso de Brasil– la selección más sólida del Mundial.

Croacia ganará o perderá, pero seguramente Modric volverá a jugar no solo como todo un Balón de Oro, sino como un niño refugiado que sabe que cada minuto dentro de la cancha es un regalo de la vida.

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