Por Eilyn Diaz-Romero
Desde una visión estereotipada las pautas de crianza y la educación formal determinan el ser social de la mujer. Alarma el modo en que se supone debemos responder específicamente a la sociedad, según sus cánones de conducta y el modo como desde el inicio interactuamos en el mundo que nos circunda.
Tomar una posición frente a la vida siendo algo o alguien – para Simone de Beauvoir, no se nace mujer, sino que se llega a hacerlo– nos lleva a situaciones en las que parecemos tener posiciones contradictorias entre el pensar y el actuar. Durante décadas hemos luchado contra la ‘fatalidad’ social que nos condena a ser las que parimos los hijos de los hombres pero en el siglo XXI, en pro de encontrar un equilibrio, también luchamos por mantener el derecho a ser amas de casa sin que ello represente detrimento alguno.
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Recientemente me he topado con una serie de conversaciones propias y ajenas en ciudades distintas de países distintos y veo que aquí y allá seguimos pensando lo mismo; que nacimos determinadas para algunas cosas, y que estar fuera de ello rompe el patrón, pero que no siempre está mal – a juicio de la sociedad – siempre y cuando la mujer se convierta en una personalidad, por ejemplo, Gina Parody (Ministra de Educación de Colombia),Camila Chain (periodista),Darys Pardo(boxeadora).
En Caracas, en el metro, dos jóvenes de no más de 20 años hablaban a vox populi sobre sus hazañas sexuales con más de un chico. Según contaban ellas, el hecho de ser ya graduadas del colegio y ser productivas económicamente (una era vendedora en una zapatería y la otra en una panadería) les otorgaba esa licencia, razón por la cual ninguna de las dos querían seguir estudios académicos.
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Otras dos mujeres de más o menos 30 años, conversaban de la ropa que usaban y sobre lo mal que pensaba de esa ropa su madre y una supuesta tía anticuada:
– Pero a mí que no me venga con cuentos, si esto fue lo que me enseñó, yo nací para que los hombres me mantengan, y me mantengan bien, dijo una de ellas.
Interrumpió la conversación una llamada telefónica de su interlocutora y cuando respondió soltó una sarta de mentiras:
– Estoy en clases, ahora no puedo hablar mucho. ¿Los cinco mil bolívares? Ya los deposité, pagué la deuda del semestre. ¿Comprobante? ¡No! A mí no me dieron eso en el banco. ¡No se! ¿Ahora vas a dudar?
Se escucha por el altoparlante que hemos llegado a la estación Chacao.
– Chao, chao, de verdad estoy en clase. Se apresura a colgar. Y enseguida las dos mujeres estallan de la risa .
La que mentía estaba preocupada porque no sabía cómo justificar el dinero que le habia entregado uno de sus novios y que había destinado a otro fin (ese otro fin al parecer era otro novio)
– Chama, el que quiere andar con carajitas debe saber que eso tiene su precio, tú le armas un rollo y desempatas la vaina (le aconseja la amiga).
Todo lo anterior me hace pensar en las pautas de crianza. Albert Bandura, psicólogo ucraniano- canadiense, hablaba de cómo el ambiente causa el comportamiento, pero el comportamiento causa también el ambiente, a lo que en su teoría del aprendizaje social llamó Determinismo recíproco.
Mi preocupación aumenta porque mientras los esfuerzos estatales, gubernamentales y de instituciones privadas se sigan desarrollando pero la mujer no decida transformarse asimisma, su contexto social seguirá siendo igual. Una condena de antemano para las generaciones futuras a las que continuarán llamando el sexo débil. Gabriel Marcel, dramaturgo y filósofo francés, aseguraba que “cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive”.