Por Cristina Martínez
El cuento es este. Un jueves de julio entro al sitio digital de una institución del Estado. Descubro allí cursos de periodismo y comunicación. Me interesa Redacción para la web 2.0. Llamo para verificar que tengan cupos disponibles. Me contesta una chica y me asegura que sí, que debo preinscribirme virtualmente. El paso siguiente es cancelar mediante transferencia y luego enviar el número de comprobante de pago por correo. “La otra opción es venir a formalizar la inscripción acá a nuestra oficina”, me sugiere.
“Uno, por supuesto, debería desconfiar de una persona que lo haga esperar tres veces en un mismo día”
Le hago caso. Voy al día siguiente. La recepcionista –limándose las uñas (perdonen el inevitable lugar común)– me pide que espere a alguien de Mercadeo. A los 20 minutos llega alguien. Ese alguien me indica que pase por caja. El señor que atiende la caja, ¡oh, sorpresa!, no está en su puesto. “Fue un momento al banco”, lo excusa un vigilante. Miro el reloj y ha pasado un cuarto de hora. Empiezo a sentir vértigo. Intento distraerme viendo fotos en el celular. Al rato me dicen: “Ya el cajero llegó”. Me acerco a la caja. El cajero me pregunta por el curso que quiero pagar. Le indico el nombre. Comienza a hundir las teclas del PC.
Me vuelve a hacer la misma pregunta. Continúa su operación. Insiste en preguntarme lo mismo. Sospecho que no oye bien. Le respondo subiendo el tono. Me mira esta vez a los ojos y me comenta, glacialmente, que en el sistema no aparece ese curso, que debe ir a verificar con Fulana en el piso tres.
Lo espero una vez más. Regresa. Me cobra y dice que ya estoy inscrita. Le pido factura. “Es que la impresora está dañada”, explica. Le digo que la necesito. “Te toca esperar que imprima en otro lado”. Le digo que sí, que vaya e imprima, de ser necesario en la Patagonia (esto último lo pienso, no lo digo). Va con cara de tres cañones. Pasa una hora y el cajero no vuelve.
Realmente ha ido a la Patagonia. Uno, por supuesto, debería desconfiar de una persona que lo haga esperar tres veces en un mismo día. Estoy dispuesta a largarme con o sin factura. Da igual. Pero el hombre reaparece. Por fin puedo irme. He logrado algo muy difícil en mi vida: inscribirme en un curso. Es lo más maravilloso que me ha ocurrido nunca.
Pasan seis días –a cuatro de iniciar el curso– y recibo un correo con la notificación de que no fui inscrita. Pero que a fin de mes el curso se repetirá, que me escriba a tiempo, que no pierda esa oportunidad. Pues “es un curso con alta demanda y cuanto antes logre formalizar la inscripción es mejor”.
Respondo el correo –ya con mi carácter estoico demolido– especificando el día, la hora, los detalles, las peripecias de mi trámite, y adjunto una prueba infalible: la copia de la factura. Me contestan, casi de inmediato: “¿Cuándo envió usted el comprobante de pago? No lo tenemos, por lo tanto no se encuentra usted matriculada”. Aquí, en este punto, me llega un pensamiento absurdo y aterrador: estuve en un lugar inexistente. Y nunca hubo recepcionista, ni vigilante, ni cajero, ni institución, ni nada.