Por María Cristina Martínez
Me asombran las imprecisiones del periodismo actual. Quiero decir, me asombra el modo en que algunos periodistas hablan y escriben sobre ciertos temas de los que no tienen ninguna base. No voy a decir más de lo que he dicho en ocasiones anteriores sobre la falta de fuentes serias, uso de datos, referencias, etcétera. No se trata de impartir una clase mediante un escueto artículo. Hay gente, en este oficio, que hace un trabajo admirable y esa es una razón suficiente para no hablar de los periodistas como si fuesen una legión con pensamiento homogéneo.
En un foro realizado en Caracas, una periodista de un reconocido medio impreso dijo que al papel –como soporte de prensa– le quedaba “más o menos unos cincuenta años” de existencia, porque “el impacto ambiental es muy fuerte” para seguir sosteniendo periódicos y libros en físico. Habló de la tala de arbolitos (así en diminutivo y con un tono sentimental) como motivo principal para migrar definitivamente a las plataformas digitales.
O sea, según su percepción –aunque la expone como la conclusión de largas noches de estudio–, la migración al mundo digital pasa esencialmente por un tema ecológico y no por un nuevo modelo de negocio. Esa, no hay duda, es una manera ingenua de mirar el mundo porque, entre otras cosas, la fabricación de aparatos electrónicos también lleva implícito un agresivo impacto ambiental (ya me imagino a los dueños de la industria cultural con las pupilas insomnes por no poder superar el dilema de matar arbolitos o hacer crecer sus cuentas bancarias).
En el libro Blanco Nocturno, de Ricardo Piglia, un comisario le dice a un periodista: “Ya se que ustedes escriben con el firme propósito de informarse después”. Esa afirmación es un clavo que te atraviesa una mano. Es igual que decirle a un político (es solo un ejemplo) que no pierda su tiempo jactándose de militar en el Pensamiento Crítico. Que nunca el Pensamiento Crítico ha consistido en hablar mal de sus adversarios ni tampoco en insultar y menoscabar cada cosa que le desagrade.
Digo que es igual porque, en teoría, el político –al admitir tal asunto– tendría que abandonar ese discurso pendenciero y ramplón. Olvidarse, al menos parcialmente, de esa recurrida posición de farsante. En cuanto al periodista, deduzco tendría que cambiar su manera de investigar y contar los hechos. Ambas situaciones producen dolor y exigen sacrificio. Pero ya se sabe, hay políticos y periodistas que los une la misma causa: la profanación de su propio templo.