Por Sandra Parra
Veníamos- ya oscureciendo- por la autopista La Guaira-Caracas, hablando de lo bien que la pasamos en la playa Candilejas. También comentábamos de política, de poliamor y otros cuentos. Entrábamos al túnel Boquerón I, y como a mitad de tramo, en el camino rápido, mi hermana tuvo que esquivar una tremenda tronera con una habilidad inigualable de chica resteada rodando carreteras. Mientras cantábamos victoria, pum, explotó el caucho delantero izquierdo en la inesperada tronera siguiente.
Comencé a recrear el panorama: de noche, en el túnel más largo de la tierra, caucho espichao y chicas a bordo. Me dispongo a llamar enseguida a otro superconductor de la familia: mi hermano. “Estamos espichadas subiendo a Caracas, sin caucho de repuesto, recuerda que ya se lo robaron hace poco, apúrate”.
Mientras tanto nuestra “Milka Duno”, logra salir del túnel, el caucho aguantó espichao unos 100 metros más. Nos orillamos, en un sobreancho de tierra, esperando el rescate. Ahí se encontraban dos guardias nacionales, en moto, a quienes solicitamos protección. Los oficiales nos indicaron que estaban en recorrido pero que se quedarían un ratico.
A los pocos minutos llegó una grúa pero no teníamos la plata que pedían hasta Caracas.Uno de los guardias nos aconsejó llamar a un gruéro de confianza pero igual decidimos esperar; nuestro piloto confiable ya venía en camino.
[the_ad id=”3209″]Al poco tiempo se fueron los guardias para continuar su recorrido y comenzó en mi memoria la historia de la actriz baleada con su familia en otra carretera. Los secuestrados que se llevaron a ruletear mientras reunían la cantidad y en fin, mil historias horribles que no dejaban ver que logramos salir del túnel: hay dos faroles inmensos que nos hacen ver como protagonistas de una obra de teatro, a cien metros hay un puesto de la Guardia, menos mal fue sólo un caucho, pudo haber sido tres. En fin, no había terminado mi mente mona de parar mi particular película de terror cuando se acercó una camioneta de Patrullaje Inteligente, con cuatro guardias más, quienes amablemente nos estuvieron acompañando.
Uno de ellos se me acercó y me preguntó si era música, (la playa como que me da aspecto musical, jejeje). Me reí y pensé retomar mis olvidadas habilidades musicales si salíamos de esta. Al irse, igualmente, nos mandaron otra patrulla motorizada con dos guardias, que nos ayudaron con nuestras improvisadas capacidades de cambiar cauchos, (anhhh, ¿¿¿ para eso era la palanquita que se conecta con el gato y hace que suba más rápido la carrocería???, preguntábamos asombradas).
Nos dijeron: “ustedes son el número 28”. Mi hermana y yo nos miramos sonreídas porque ese era el número de suerte de mi papá. Éramos el carro número 28 al que se le habían espichado los cauchos, ese día, en la que estimo sea la tronera más famosa de la autopista Caracas-La Guaira.
Por fin como a las 8:30 pm mi hermano lanzó su silbido característico. Montamos el caucho de repuesto y nos abrazamos felices, no sin antes rogarles a los guardias que nos aceptaran una colaboración por acompañarnos y ayudarnos tan desinteresadamente, pero insistieron en no aceptar.
FIN
Pues no, no termina la historia aún. El carro se negaba a arrancar, hacía un ruido metálico y se quedaba frenado. Ah, pensaba, ahora sí nos quedaremos todos aquí, solos mientras vienen mafiosos y nos rematan.
El rin del caucho que nos trajo mi hermano se atascaba en un saliente del freno de las ruedas delanteras. Un guardia nos solucionó el problema: “pongan el caucho de la rueda trasera en la parte de adelante y el de la rueda de repuesto atrás, ya que atrás el sistema de frenos es de tambor, distinto del que está adelante”, nos indicó.
Así que, ahora sí, otra vez a abrazarnos felices. Nos despedimos con infinitas gracias de los Guardias de la Tropa de la autopista Caracas-La Guaira.