Adormecidos

Por Marian Martínez Perdomo

Uno estudia para ser periodista. Desde que uno está en la universidad siente el vértigo ante una nueva historia. Cada vez que en el aula uno escucha sobre la vida de grandes autores y, luego, en la soledad lee un reportaje o una crónica de esas que dejan marca, uno se siente lleno de vigor, de ganas de comerse el mundo. Así como cuando niños se acercaba la hora de ir a jugar, después de hacer los deberes, y uno apelaba a toda su energía para hacer de esos momentos los mejores. Eran minutos de encuentro con lo nuevo, de descubrimientos. Y eso ocurre cuando uno va a ejercer el oficio y le toca mirar, escuchar y sentir para luego narrar.

Uno va con una idea, una línea que marca la pauta y regresa- por fortuna-  lleno de voces, de sentires, de olores, de testimonios. Toca luego analizar lo recopilado; sopesarlo, contrastarlo, imprimirle un poco de nuestra voz y construir con ello las historias. Pero luego se encuentra uno con la rutina y la inmediatez. Dos grandes enemigos que terminan por mecanizar la mente del periodista. Entonces se apagan la luces en la sala, el sonido de los dedos en el teclado se ralentiza y, poco a poco, se diluye el periodista para dar paso al transcriptor- reproductor de declaraciones.

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Así el sistema – custodiado por indecentes jefes, indecentes editores- apunta al adormecimiento de unos profesionales cuya consigna debería ser valentía, pasión y “ojos frescos y bien abiertos”. Al ser repetidores de lo que dicen los poderosos, poco se quiere ir a la calle a preguntar, a escuchar, a acercarse al otro. Y las alarmas se encienden cuando uno se da cuenta que esa fibra, esa guía que nos mantenía alerta, curiosos, se está extinguiendo. Cuando el estado inerme en el que nos encontramos no nos permite arriesgar el pellejo por algo, aunque sea una causa mínima, porque primero hay que garantizar “estabilidad”.

Esa misma “estabilidad” que va matando el olfato periodístico, que nos lleva a las mazmorras de las oficinas. Entonces sales un día y te das cuenta que hay que tomar decisiones porque, como dijo Soledad Gallego-Díaz, “el periodismo ha servido a la democracia y a la sociedad y sigue siendo vital para su sostenimiento. Sobre todo en estas épocas de incertidumbre”.

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