Estudios con hambre no dura

TO GO WITH AFP STORY BY GERARDO GUARACHE People queue up outside a supermarket in Valencia, 180 km west of Caracas on August 11, 2015. AFP PHOTO / FEDERICO PARRA

Por Moisés Alejandro Rojas Sufia

La vida  de un estudiante universitario es difícil,  es  llena de complejidades y obstáculos que poco a poco se van superando,  al final la mayor satisfacción es lograr ese anhelado título, dejando un sinfín de aprendizajes  que te preparan para formar un país.  Ahora,  es mucho  más compleja cuando el estudiante vive solo,  lejos de su familia y diariamente le toca sobrellevar la crisis que envuelve a una nación.

Venezuela, actualmente atraviesa una de las peores crisis sociales, políticas, económicas  de su historia.  Se ha convertido en agonía para los venezolanos.  Muchos deciden irse y emprender una nueva vida en otros lugares. Los que se quedan pasan por  atropellos, inseguridad, escasez, injusticias y corrupción de sus gobernantes. Muchos jóvenes  abandonan sus estudios para dedicarse a trabajar y aportar económicamente en su hogar,  o porque se les hace cuesta arriba pagar una educación privada por los altos costos de la matrícula.

Soy venezolano, decidí hace tres años dejar mi  pueblo natal,  El Tigre (Edo. Anzoátegui),  para radicarme en Caracas y emprender mis estudios universitarios en Comunicación Social. Muchas veces mis familiares más cercanos me advirtieron que no se me haría fácil, “la situación del país cada vez va peor, y debes estar seguro a lo que te vas enfrentar”, aseguraba mi mamá.

A través de los años la situación  se ha  acrecentado más;  la  política es tensa,  la comida escasa,  la inseguridad en sus índices más alarmantes,  y la inflación consumiendo el sueldo del venezolano. Sin embargo,  debo  sobrevivir estas adversidades porque así  lo decidí un tiempo atrás.

“Al entrar  a mi casa,  desesperadamente abrí el refrigerador y destapé el pote de mermelada y me lo comí con el pan”

Julio, martes, 4:00pm. Al  salir de un día lleno de actividades en la universidad, le comenté  a una  compañera mi preocupación por la situación que vivía,  “Ya tengo 12 horas sin comer,  no tengo comida en la residencia y mi familia no tiene dinero para depositarme,  solo me quedan 1000bs para la semana ” mi amiga sorprendida me dice que debo  comer,  abriendo   su morral y dándome una mandarina.  “Toma esta mandarina, con eso amortiguas hasta que encuentres que comer”..

Abordé el autobús y debía enfrentar el estrés caraqueño la llamada  “hora pico “, hora en la que las personas caminan rápidamente ansiosa por llegar a sus hogares, el tráfico se complica más y los choros están a la orden del día.  Suena mi   teléfono (ring,  ring). Aló,  mamá estoy en la calle y no puedo sacar el celular. Me pregunta si logré  almorzar,  y  para no preocuparla le respondo que sí.

AFP PHOTO / FEDERICO PARRA
AFP Photo/ Federico Parra

La cola del pan

En el autobús un vallenato sonaba,  el chofer montaba a los pasajeros pensando que tenía el Titanic, exclamando: ¡dale pa’ tras, rueden, rueden que si hay puesto! Yo  solo quería  llegar a mi hogar para ver que podía  comer, a lo lejos veo una cola y una señora dice: ¡Zulay,  mija, vente que están sacando  pan en la panadería! En ese instante me acordé de una mermelada que tenía guardada en la nevera,  “Voy a bajarme y haré la cola del pan,  me estoy muriendo de hambre y con la mermelada que tengo allá estoy resuelto hasta mañana”

Así fue, empecé  a hacer la cola del pan,  las personas desesperadas gritaban: ¡No se coleen,  todos queremos pan! De repente, el olor del pan en el horno hacía que las personas cambiaran de humor,  sus rostros  mostraban alegría;  todos esperaban el pan como  embarazada espera la llegada de su hijo.  El viento atraía un rico aroma, un  olor que se había extinguido de la zona,  olor que hacía la cola más larga,  olor que hacía que  mi  estómago  rugiera  como león; olor a pan recién horneado.  Con los ojos cerrados pedía a Dios que no se terminara, cada vez que salía un empleado del lugar mi corazón latía más rápido con el temor de escuchar el famoso: ¡se acabó!

La cola fue avanzando,  ya el reloj marcaba las 6:00 pm, cada vez  me acercaba al lugar en el que se encontraba el panadero.  De pronto,  una voz se escuchó desde la cocina: ¡se están terminando los panes,  ya no quedan muchos! La voz que no quería escuchar, las palabras que retumbaban en mi mente: “se acaban los panes”.  Temblaba,  mareado,  con dolor de cabeza solo quería comprar los famosos canillas.  “Ahora será un pan canilla por persona,  para que pueda alcanzar “, dijo el panadero.

El momento llegó, 6:30 pm. Iba a comprar mi anhelado pan. Cuando lo tuve en mis manos,  fue mi  mejor trofeo;  dos horas de cola por un pan y que no se acabaran antes de tiempo era una hazaña para mí.  Con emoción grité: ¡por fin,  gracias Dios mío!. Antes de pagarlo,  ya me había comido la mitad del pan caliente, pero sabía que tenía que dejar para acompañarlo con la mermelada de fresa que estaba en mi nevera.  Al entrar  a mi casa,  desesperadamente abrí el refrigerador y destapé el pote de mermelada y me lo comí con el pan. “Que vaina más buena,  tenía tiempo que no comía pan, soy un afortunado,  seguro en muchos hogares del país no hay ni eso, pensé.

Esa es la vida de los estudiantes universitarios venezolanos; jóvenes que deciden quedarse en el país  y enfrentar batallas,  jóvenes que apuestan a un futuro mejor y que ven de la crisis oportunidades. Sin duda, soy uno de ellos,  quizás si no hubiese comprado un pan, iba a terminar buscando comida en la basura o  comprando los ahora famosos “2 kilos de mangos” famosos porque eso es lo que tiene que comer una familia en Venezuela para no morir de hambre. Sigo mis estudios sacando de los tiempos difíciles aprendizajes y experiencias, estudiando lo que realmente me apasiona y luchando por la Venezuela que todos quieren; llena de oportunidades, desarrollo, Una Venezuela abastecida, segura,  y  en la que no sea necesario hacer colas para obtener comida, ni mucho menos comer mango porque no hay más nada en la nevera de los hogares del país.

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