Por Marian Martínez Perdomo
Alguien me dijo que si una escritora deja de escribir está en decadencia. Desde entonces quedé reflexionando. Recordé una columna de la periodista Leila Guerriero en la que comparó el oficio de escribir con el de amasar el pan. “Hay que escribir como si todo estuviera al fin por acabarse o al fin por empezar y aún sin ganas de hacerlo”, afirmó. Y caí en cuenta que la persona que me hizo el comentario tiene razón. Que todo este desastre de año se convirtió en 11 meses de excusas del dejar para mañana. No es fácil enfrentarse a todo lo que nos ha tocado este año en Venezuela, a unos con más desgracias que a otros, pero doloroso para todos al fin. Saber que dejé de contar tantas historias me rompe el corazón porque recuerdo que precisamente fue la escritura la que me salvó varias veces de caer en ese abismo de aturdimiento al que podían llevarme los problemas. Era un paracaídas, un salvavidas, la vía para evitar mayores daños. Al saber que eso está distante uno se siente un poco vacío. La crisis económica afecta, de eso no hay duda, pero esta crisis resta más.