Autorretrato

Por Cristina Martínez

Yo llevaba años escribiendo pendejadas cuando alguien me hizo una pregunta indecorosa: ¿Por qué escribes? Entonces, sucedió aquello que nos sucede cuando algo nos hiere: empezamos a pensar en el dolor. Y yo, pichón de periodista-náufraga existencial, jamás había pensado sobre mi propia escritura. Jamás había dicho “escribo por esto o por aquello”. Tampoco sabía, lo confienso, que había que decir algo así.

Adopté una postura levemente irónica (estaba muy nerviosa) y respondí que escribía por amor al arte. Uno cree que el oficio de escribir contiene una verdad innegable, una obviedad casi ridícula que todo el mundo debe captar: uno escribe para que lo lean, ¿Para qué más? Era evidente que aquella pregunta me perturbaba, me obligaba a poner ciertas cosas en cuestión. Entonces decidí escribir una especie de diario y dije, no sé por qué, supongo que por mostrarme poética: “Escribo porque cuando no lo hago mi muerte se acelera a una velocidad impresionante”.

Después, sospecho que por razones de la edad o por despreciar el periodismo, dije cosas como estas: “Odio tener que escribir por encargo, como si se tratara de hacer la tarea del colegio, decir que la ciudad es mágica aunque se esté cayendo a pedazos. Omitir la autocrítica en tiempos de Revolución. Pero eso debo olvidarlo, debo resignarme. Pude ser aeromoza, pero me faltó estatura, belleza. Pude ser policía, pero tuve suerte y fui a la universidad”.

Tomás Eloy Martínez expuso en su libro Santa Evita que escribir tiene que ver con la salud, con el azar, con la felicidad y el sufrimiento, pero sobre todo tiene que ver con el deseo y que los relatos son un insecto que uno debe matar cuanto antes. Pero hay días, eso lo sabía Tomás mejor que yo, que cuesta matar aunque sea el más pequeño e insignificante de los insectos. Hay días en el que el insecto realmente no es el relato sino que es uno.

Sobra gente que construye alrededor de su escritura un halo de misterio. Hay quienes se jactan de tener almas más sensibles que el resto de los mortales. Y hablan, durante horas, en las fiestas o en los círculos de lectura de qué manera les llega la inspiración, si en la noche cuando se ponen el pijama o en las mañanas cuando toman agua.

Ya tengo una respuesta indecorosa para aquella pregunta indecorosa. Escribir es una excusa, un desvío, un espejo. Y yo escribo con el mayor de los cinismos: para comer, para elevarme el ego. Escribo, no miento, porque no aprendí a tiempo otro oficio.

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