Por Jennifer Rolong Ibáñez
Sé que te he dicho que quiero hablar contigo, y también sé que lo he evitado con la excusa de no ser el momento o de no ser el lugar; excusas tengo y tendré de sobra. Siempre he sabido que soy cobarde para hablar y torpe para expresarme, por eso, y aunque sé que no es la mejor manera, decidí hacerlo por escrito, porque creo (y espero no equivocarme) que de ti heredé la facilidad para que mi mano pueda decir lo que mi boca no se atreve.
Tal vez no he encontrado las palabras para decirte que esta, sin duda alguna, es y seguirá siendo una extensión de tu ser, una semilla de ti, una pequeña esponja que ha absorbido todo lo que le has enseñado y también aprendido (o por lo menos lo he intentado) de tus errores, que para mí siempre han sido muy pocos.
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Es cierto que no te he mirado a los ojos, por cobardía, por miedo a lo que pueda encontrar en ellos, por terror a sentir que me miran de una manera diferente a como me han mirado desde mi nacimiento; pero te aseguro, que nunca por vergüenza.
Desde mi adolescencia, que a veces no me queda claro que etapa de mi vida fue esa, supe que el máximo miedo que tenía era decepcionarte, de no lograr ser alguien de quien tú y mi madre pudieran sentirse orgullosos. Ese miedo me acechó desde entonces, acompañándome a cada lugar, en cada momento, en cada rincón de mi mente y hoy, siento que se ha cumplido.
Pienso en las cosas que pasarán por tu mente y por la de ella, en cómo me miran, en cómo me hablan, en cómo piensan en mi ahora; pienso innumerables cosas que me aterran, que me han hecho sentir como la niña incapaz de dormir con la luz apagada por miedo a que la oscuridad se la lleve con ella.
Siento nudos en la garganta todo el tiempo, siento el pecho oprimido, los pies cansados, la mirada perdida; siento el miedo que solo puedo comparar con el que puede sentir un funambulista al saber que con un paso en falso caerá al vacío sin ningún remedio.
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No intento explicarte quien soy, no pretendo que a través de estas letras lo sepas. Para conocernos hemos tenido desde el inicio de mi vida, y tendremos hasta el final de las nuestras. Solo quiero decirte, que tal vez soy diferente a otras mujeres, pero soy yo, soy la misma de siempre, con los mismos valores, los mismos principios que siempre me fueron inculcados.
Soy la misma que vieron crecer, llorar, patalear, reír, enloquecer de vez en cuando; esa misma que siempre prefirió un libro a cualquier otra cosa que hubiera querido una niña de su edad; soy la misma de siempre, con el mismo amor, que tal vez nunca he podido demostrar muy bien, por ti y por ella. Sé quién soy y se por quién lo soy y a quien le debo mi vida entera.