Puta

Por Laura Peña Betancourt

He vivido estos últimos días en el danzar etéreo de su cintura, aferrada por completo a su mirada de tigresa parida que celosa protege la cría que se alimenta en sus mamas.

Ella pasa vomitando pasiones y desgracias sobre mi camisa planchada, taconeando airosa por las aceras de la vida, meneando la teñida cabellera roja y lanzando puñales envenenados de lujuria con el verdor ficticio de sus ojos, pero con un gris en la mirada; gris como su historia, como sus sentimientos, como las bien pintadas uñas que exhibe en sus descueradas sandalias.

Y camina derrochando sensualidad y erotismo con sus labios rojos, con su perfume barato mezclado con olores añejos de nicotina y caña blanca, con su tristeza a cuestas, con su mejor sonrisa y su disfraz de puta, y lleva su verdadera historia clavada en el centro de sus senos que como frutos apetitosos exhibe.

Y en el humo del décimo primer cigarrillo de la madrugada leo sus penurias y oigo sus musas internas que debaten borrachas sobre la verdad de su vida, y la acompaño con la mirada mientras camina en la acera frente al teatro…

La felicito telepáticamente por la fabricación casi perfecta del disfraz de puta de sus días. Y mientras los humos de nuestros cigarrillos se encuentran por esa vía le pregunto que en qué momento se coloca el disfraz de la normalidad y con una carcajada me responde que ha preferido atornillar la vestimenta de meretriz en su piel para que pese menos y burlándose de mi inocencia me dice que los verdaderos disfraces los llevamos las mujeres que pretendemos no ser putas jamás.

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