Por María Cristina Martínez
Aprendí de niña, por instrucción de mi abuela, varias oraciones que aún tengo memorizadas. Oraciones demasiado elaboradas que nunca entendí hasta hacerme adulta. Después supe, con más o menos acierto, qué era eso de estar “sentado a la derecha de Dios”.
Amé a Dios con pasión y temor –así como lo recomiendan– hasta mis diez años. Pero una noche, en el patio de la casa, escuché a mi padre y a una amiga discutir sobre su existencia y a partir de allí se me impregnaron unas cuantas dudas que me atormentaron.
[the_ad id=”3726″]
He conocido gente, a lo largo de mi vida, con buenos argumentos en defensa de Dios. Aunque después de todo, si uno cree no necesita mayores justificaciones. En eso consiste la creencia, en sentir mucho, reflexionar poco. “No todo es la razón”, me decía una filósofa que solía poner velas a las ánimas.
No he ido a misa más que por cumplir preceptos sociales en circunstancias donde no parece haber muchas opciones: cuando un familiar ha muerto. O cuando estudiaba en un colegio presbítero donde la misa no se llamaba misa sino asamblea, donde no había cura sino capellán y donde en lugar de cánticos tediosos había una banda que alababa a Dios con estilo rockero.
Esta semana andaba con un par de amigas por Chacao. La lluvia nos sorprendió cuando estábamos en la Plaza Bolívar. Eran la seis de la tarde. No teníamos dónde refugiarnos, así que entramos a la iglesia que queda al lado. Nos sentamos, guardamos silencio. Mantuvimos el rigor de un devoto.
El Padre que daba la misa era joven y tenía un corte de cabello bastante inusual para los de su secta (un mechón de pelo le caía sobre el ojo izquierdo). Eso me llamó la atención, después me di la explicación que me he dado desde que tenemos un Papa que carga su propio maletín: los agentes de la Iglesia necesitan verse más terrenales.
La lluvia arreciaba. Unas personas entraron y se quedaron de pie, entonces el padre dijo: “Este es un lugar santo para hablar de la palabra de Dios. Si no se quieren mojar vayan a los centros comerciales”. Luego, cuando hizo la comunión, advirtió: “la hostia debe consumirse en la iglesia delante del ministro porque debido a la influencia cubana de los últimos tiempos las personas la utilizan para ritos esotéricos”.
La discusión sobre la existencia de Dios me es infértil. Una cosa es discutir sobre el papel de la Iglesia en la Historia. Otra, intentar convencer a alguien para que deje de creer. Allí hay una arrogancia de fondo que terminaría por irritar a cualquier persona por más candorosa que sea.
Ya no me interesa esa discusión, pero después de ir a misa en la iglesia de Chacao tengo otras dudas: que si Dios existe le ofenda que sus hijos se resguarden de la lluvia dentro de su templo. Que los ritos esotéricos en Venezuela existan por los cubanos.
Siempre he pensado que lo irresistible de las religiones son esos discursos sobre la fraternidad, la solidaridad, la paz. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” es una frase que suena sabia y bella, pero el problema es que del prójimo se sospecha hasta para darle una hostia.