Por Eileen M.
Quizás en mi ignorancia por mi corta edad y con un largo camino aún por recorrer, te anhelaba mucho. En uno de esos días cuando lo imaginé te llamé Victoria. Y entre chanchas y juegos te convertiste en realidad.
Quizás en ese momento Dios quería enseñarme ese inexplicable amor que solo una mujer puede sentir y que tú, mi pedacito de vida, podías hacer cambiar mi mundo en un instante. Imaginé tantas veces como serías, a quién te ibas a parecer, que cambios iban a seguir pasando ya que en unos meses más solo tu serías mi prioridad, la razón de mi vivir.
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Mi instinto maternal se activaba al cien por ciento. No me explico por qué llegaste justo cuando no te podía tener, solo sé que lo poco que viví contigo, dentro de mi, cambió mi mundo. Mamá olvidó peinarse, maquillarse, hasta hizo a un lado la ropa que ya no iba a poder usar. Y las veces que provocaste nauseas, te decía: “pequeña, mamá te ama, no le hagas sentir mal, pórtate bien”. Aunque ella se sentía muy sola porque tu papito no podía estar. Tú eras mi motorcito.
Pequeña, aunque mis ganas de tenerte eran inmensas esta vez no era el momento. Tú estabas cubierta de un medicamento que causaba daños mortales en tu formación. Un ochenta por ciento de ti no estaba sano y me tocó tomar una cruel decisión: desprenderte de mí, pedacito de mi vida.
Durante cuatro meses de tu existencia pude ver tu figura dos veces y me desbordaba la felicidad, pero esta vez no pude conocerte y aunque no te lograste formar bien sabes que serás siempre mi Victoria, mi ángel por siempre.
Mamá