1026 Km para comenzar bien

Por Julio César Blanco

Aún recuerdo claramente la cara del hombre que me atendió en la oficina de Migración Colombia, y cada palabra que martilló por horas mi cabeza –“Búsquese una visa que le permita quedarse esa cantidad de días”-. También recuerdo que salí consternado porque al final creí que sí me habían dejado pasar. Como si todo el viaje que había realizado, de más de 17 horas seguidas sin problemas, no podía verse obstaculizado por nada o nadie. Pero más allá de ser un trámite, nunca sonó sobre el pasaporte el golpe del sello húmedo y eso era lo que todos buscaban al entrar a esa oficina.

Ya nada tenía sentido para mí en ese instante. Desde ese momento ingresar o permanecer en el país era ilegal. Decir la verdad no ayudó en absoluto y pude confirmar que las aduanas, consulados u oficinas de migración, poco saben de nuestros viacrucis, de nuestras horas sin comer o dormir, de las necesidades que nos llevan a buscar otros lugares.

Pero el chofer del carro por puesto que nos llevaba me calmó, me explicó con detalle todo lo que debía haber dicho y lo que debía hacer después que pasaran los tres días en los que el sistema de migración te bloquea. No había marcha atrás, regresar después de ese viaje no era una opción y entrar ilegalmente no era complejo mientras me mantuviese bajo perfil, y eso hice.

Con cada alcabala que se detenía el bus o cada policía que pasábamos por un lado me ponía nervioso. Durante tres días debía esperar para seguir las indicaciones de aquel abogado del diablo, para poder intentarlo de nuevo ¿Y si era mentira? ¿Y si al final no podía obtener el sello? Ya estaba pensando los posibles planes para regresarme, me negaba a estar en un lugar donde el nervio tuviese uniforme en cada esquina. Interioricé que el miedo ante la autoridad vivaracha y ventajista lo traía adquirido mucho antes de cruzar la frontera.

342 km por tierra son los que separan la frontera de mi lugar de estadía. Preparado mentalmente para lo que sucediese, volví al tortuoso reposo de ocho horas seguidas en bus desde Barranquilla hasta Maicao. Pagando a un mototaxi recorrí los 10 km que separan el terminal de la línea. El mototaxi me argumentó que me esperaría porque le daba flojera regresar solo (menos cuando había dinero de otra carrera por delante).  En la oficina de migración venezolana (Saime), tras excusarme, pude anular mi sello de salida anterior y obtener uno nuevo.

Camino a la oficina de Migración Colombia saqué el suéter y me lo puse al hombro para aparentar venir de un viaje largo. Entré de manera determinante cargando una excusa o varias, memorizando un número de teléfono y dirección exacta de un lugar al que aún no conocía bien. Comencé a hacer la fila y con cada persona que pasaba mi resolución comenzaba a tambalear (o quizá eran mis piernas no lo sé). Saqué un libro para fingir leer y vi la misma cara de hace tres días interpelando a una chica, intimidando y preguntando con severidad. Solo deseaba no encontrarme otra vez con él. Era mi turno.

Por suerte otro funcionario me atendió, pero me temblaba la mano, ¿A que temía ahora? Dejé el pasaporte en la ventanilla para que no me viese temblar y puse cara de póker ¿A dónde se dirige? ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué profesión tiene?, una verdad, una mentira, una verdad y esta vez vi el sello marcando el pasaporte.

Al salir de allí aun dudaba si todo estaba bien. El mototaxista cumplió su palabra y retornamos 10 minutos en moto por el mismo camino solitario de La Guajira, que me pareció incluso admirable esta vez. Estaba apreciando todo con otros ojos. Después de otros 342km seguidos de retorno en autobús, ya no había miedo. Supuse que esa debía ser la sensación que debía haber experimentado hace unos días, pero esta vez realmente sentí que comenzaba el viaje.

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