Por Cristina Martínez
En el año 2008 hubo inundaciones en Caracas. En ese entonces yo trabajaba en el Ministerio de Vivienda. Algunos funcionarios fuimos enviados a prestar apoyo a los afectados, quienes fueron trasladados a unos edificios dentro del Fuerte Tiuna. Durante varias semanas cumplí mis ocho horas laborales viendo cómo aquellas familias trataban de aliviar el dolor de sus pérdidas.
Entre las víctimas de la inundación había personas de nacionalidad colombiana. Recién llegados al refugio fueron atendidos con el mismo trato amable y acogedor que se les daba a los nacionales. Recibían todos los enseres básicos y sus hijos asistían a una sala improvisada –pero amplia– donde dos o tres voluntarios los animaban a leer cuentos, ver teatro o jugar.
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Después de que se realizara un censo, el sentido de solidaridad se diluyó. La jefa encargada de aquella loable tarea, al enterarse de que un porcentaje de los afectados eran extranjeros indocumentados (también cuatro haitianos figuraban en la lista), dijo que llamaría al Saime para que los deportara. Lo dijo tan alto en una reunión que al final no tuvo que materializar sus intenciones. Los mismos refugiados indocumentados, a tempranas horas del día siguiente, abandonaron el sitio sin previo aviso. Yo también lo abandoné. Renuncié al Ministerio.
Recientemente el vicepresidente colombiano Germán Vargas Lleras no contuvo –en acto público mediante– el desprecio que le produce la migración de venezolanos en su país. “Esto no es para los venecos”, dijo refiriéndose a un programa social de casas gratuitas. “Esto es para la población desplazada (…) no vayan a dejar meter aquí a los venecos, no, por nada del mundo, esto no es para los venecos”, solicitó el mandatario a los pobladores de un municipio llamado Tibú.
En el Sur es Vargas Lleras quien atiza contra los venezolanos. En el Norte Trump contra los mexicanos. Y así vamos. Dirigentes de países del Tercer Mundo y del primero coinciden en sacar sus banderas para humillar al forastero. Veo en Vargas Lleras, con diferencia de poder y de clase, a la mujer del Ministerio que quería contactar al Saime. ¿Cosas cómo estas es lo que llaman democracia?, ¿progreso?, ¿civilización?
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Explica el periodista Víctor Hugo Majano, que el término veneco aplica a colombianos con mucho tiempo establecidos en Venezuela o a hijos de colombianos que tienen nacionalidad venezolana. Es una forma acortada de venezolano-colombiano. Es despectivo pues intenta descalificar el carácter colombiano de la persona aludida”.
Ahora noto que soy perfectamente veneca: colombiana, con muchos años viviendo en Caracas, hija de colombianos nacionalizados en Venezuela. Como arepas en el desayuno y en las fiestas bailo vallenato. Esa mezcla es lo que soy. Esa me representa. Decía Lezama Lima: “cada palabra tiene preludios, huellas de dedos anteriores, cada una trae su desgaste”. Entonces, de las palabras ofensivas podemos ser carne atenuante. Con las palabras hirientes también podemos reiventarnos.