Sombríos relatos de un corazón delator

Por Aída Osobampo

Perdí la cuenta de las veces que en callada soledad
me oí decir tu nombre.
Dejé de contar los días y empecé a borrar los años.
No sé si te olvidé o me olvidaste.
No sé si yo te amé y me adoraste.
En este cuento no hay princesa.
Sólo relatos sombríos de un corazón delator.
No hay principios de llanto, ni finales felices.
Aquí nadie ha comido perdices.

No creas que por decir “te pienso”
significa que te extraño.
O que los domingos por la tarde
volveré a besar tus ojos cansados.
Tus ojos tranquilos, como sin alma,
como en sueños de una vida compartida.
Que no volveré a mirarlos en mi cama
o en la sala, que no estaré al final del pasillo,
ni mucho menos al final de tu jornada.

 

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No creas que por decir “nos vemos”
significa que te espero.
Porque de camaradas no nos quedan ni las radas.
Pues después de tantas lunas de compartir miradas,
después de tantas ganas de que no te alejaras.
Después de entregarte tantos años y tanta vida,
no imaginaba que a mitad de la aventura te perdía.

No sé si fue mi error o mi impaciencia
la de escribir este capítulo durante tu siesta.
Pero ya no hay letras que describan lo que fuiste
y no hay más nadie que me diga que te fuiste.

No creas que por escribir -te- inmortalizo.
Pues lo eterno de tu historia es un infierno.
Anda narra otra fábula de tu compendio,
enumera con su encanto tu siguiente microcuento.

Que yo empleo nuestro relato sombrío
para equilibrar la mesa
donde escribo mi siguiente libro.

 

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