Por Marian Martínez Perdomo
Estaba de rodillas frente al hombre cuando la policía llegó a buscarlos bajo el puente. No se sorprendió. No sintió pena, no se arrepintió. Sus curvas aun no estaban bien definidas, incluso las señas de su desarrollo apenas se evidenciaban en dos bultitos que mostraba en el pecho. Su tez era morena, su cabello a la altura de los hombros se veía descuidado. En sus ojos achinados no quedaban rastros de la inocencia que un día tuvo.
Antes de estar de rodillas frente al hombre e intentar bajarle el pantalón, ella se le insinuó a un transeúnte que pasaba a esa hora por la plaza. “Si me das diez mil bolívares te lo mamo”, dijo con la frescura de un vendedor de café. El hombre, menor que ese que horas después aceptó la propuesta, se paralizó ante el ofrecimiento. A los segundos, respondió a la pequeña con un grupo de improperios.
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Se alejó de ella, pero siguió atento a lo que hacía. Fue por esa razón que vio cuando el otro hombre le sonrió y caminó junto a ella hacia el puente. Ese otro señor, que más tarde estaría de manos atadas en un comando de policía, tenía más de 60 años, cabello canoso y manos plagadas de arrugas. Como la mayoría de los buenos hombres, acababa de salir del trabajo cuando pasó por la plaza y los ojos achinados lo miraron.