Aunque la crisis me joda, yo sigo leyendo

Por Malena Svetlana

En palabras de Emily Dickinson, no hay nave voladora capaz de llegar tan lejos como un libro. Esa fue precisamente la sensación que tuve la primera vez que leí a Gabriel García Márquez; un escritor lugar común, sí, es cierto, pero hay lugares comunes a los que llegamos porque son maravillosamente inevitables. Cien años de soledad, que tiene más de realidad que de ficción (es una compilación de mitos y cuentos de los pueblos del Caribe), me dejó una marca de fuego. Después vinieron otros autores, más profundos, más poéticos, y en un orden casi grotesco: Rulfo, Alejandra Pizarnik, Benedetti, Whitman,  Cortazar, Dostoievski, Roberto Bolaño, Virginia Woolf…

Sé que existen motivos científicos para que cualquier ser humano decida hacer de la lectura un hábito, sin embargo, el acto de leer conserva, desde tiempos antiguos, un atractivo irresistible, “una oferta imposible de rechazar”: placer. Sí, simplemente el placer por el placer. Leer nos adentra no solo al mundo que el autor ha planteado (a veces fascinante, a veces oscuro y complejo) sino que ese mundo, posiblemente diferente al propio, des-estrecha nuestra mente, la vuelve más creativa e imaginativa.

Paulo Freire tenía una visión de la lectura verdaderamente interesante. Para Freire, uno de los más importantes teóricos de la educación del siglo XX,  “el acto de leer no se agota en la descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se prolonga en la inteligencia del mundo”. Antes de llegar al texto hemos estado en un contexto. Lo olores, lo sabores, la percepción del dolor o el amor en un texto, por poner un ejemplo, es posible porque ya lo hemos experimentando en el mundo físico en el que vivimos. Es justo a lo que se refería Freire: “Lenguaje y realidad se vinculan anímicamente en la lectura”.

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El diccionario de la RAE, define magia como el “arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales”. Por tanto, magia y  lectura, son de algún modo, conceptos inseparables. Las emociones que produce un texto bien escrito son comprables a la ilusión que logra provocar en nosotros el mejor de los magos. En tanto, el escritor -puede decirse- es un mago de la palabra. La palabra es magia si está bien escrita.

En la Venezuela de hoy -crisis mediante- leer por el mero placer, leer buscando la magia, es un acto de resistencia. Y leer con sentido crítico (que no necesariamente excluye el placer), es decir, ejerciendo la reflexión, puede resultar ventajoso, en cuanto nos ayudaría a tomar distancias de las tragedias colectivas y personales, para luego reencontrarnos con éstas desde otra mirada, desde otra postura. No se trata de una evasiva, se trata de buscar distintas posibilidades de encuentro con el otro, con uno mismo. La reflexión, nos dice la investigadora chileno-venezolana, Pamela Astudillo, “es una acción que demanda tanta audacia como un deporte extremo (…) es como bajar desde la cima en una bicicleta montañera. Hay que estar presente, alerta, y hay que ser dúctil para adaptarse a todo aquello que salga por el camino para darse cuenta y fluir sin caer, o para caer y seguir”.

Lo más valioso que una crisis económica termina por aniquilar no son los bolsillos si no el espíritu. No acabo de descubrir la receta del agua tibia, pero sé que no está demás recordarlo. Sobrevivir requiere algo más que la fuerza física. Sigo leyendo, en medio de la crisis, mientras hago cola en el supermercado, en el banco, en la panadería o soporto el calor y los empujones en el metro de Caracas. Dónde hay desesperanza, puede haber reinvención. Y la lectura, que nos permite emociones profundas, es capaz de abrir puertas y ventanas, para que una luz nos atraviese.

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