En el vagón de mis pobres felices

Vagón de la línea 1 del metro de Caracas, se desplaza abarrotado de usuarios. Caracas, 10-05-2016 (JORGE SANTOS JR / EL NACIONAL)

Por Gianni Mastrangioli*

Cuando llegué a la Estación Mercado, fue como si me quitasen una bolsa plástica de la cara. O una almohada. Después que estuvimos atascados y agonizantes en el túnel de la línea 3, salimos de los torniquetes cual procesión de cadáveres en busca de oxígeno. Entonces era cierto. No exageraron cuando, aun estando yo por allá lejos, me dijeron: “El sistema está más mierda de cuando tú te fuiste; prepárate”. Pero ese retraso ya había quedado atrás, junto a mis vacaciones, y ahora yo iba sentado no en dirección La Rinconada sino rumbo a Londres, donde nadie cruza palabras con nadie. Cero apretón de nalgas o roces corporales, puesto que la confianza, en Inglaterra, se reserva el derecho de admisión.

El viejo con cara de perro que tenía en frente iba leyendo el periódico London Evening Standard: “La ciudad ha sido cubierta por nieve. Menos cuatro grados en el centro de Londres. El Reino Unido está siendo golpeado por uno de los inviernos más fríos desde 1991. Tomen previsiones para el caos venidero”. Sin embargo, los caraqueños somos difíciles de impresionar. Leí de reojo, me puse los audífonos y dejé que Rubén Blades me siguiera cantando su temazo El Apagón.

[the_ad id=”3726″]

El tren se frenó de pronto. Nevaba a torrenciales. A partir de allí, media hora. Cuarenta y cinco minutos. Una hora y media. Nada. Según los pasajeros y sus relojes de pulsera, un retraso indiscutiblemente insostenible. Una situación que violaba sus derechos humanos. Sus vidas. Sus corbatas y elegantes costumbres. Un tipo uniformado apareció y gritó: “Ladies and Gentlemen, evacúen la unidad; este tren no puede continuar por fallas eléctricas”. En cuestión de segundos, un escenario familiar al de la línea 3, o sea, a la ley del más avispao’, por supuesto… ¿Me lo van a decir a mí? Bebés que chillaban como guacamayas, brazos preparados para matar y aquel desfile de impelables maldiciones. Ingleses sometidos a cumplir con un pacto de complicidad que da cuenta de aquello que se colectivizó en una sorpresiva significación imaginaria: Sobrevivir.

No más torturas. No abran el hoyo. Se fue la luz. ¡Qué viva el sub-desarrollo!

Mojados de sudor y por la nieve que caía y se derretía con el aliento de los transeúntes, caminamos sobre la superficie sin electricidad. ¿Estarían también por aparecer los vendedores ambulantes, los pregoneros evangélicos, el sonido de las bolsas de chucherías y la asfixia de una nación que nos había dejado allí tirados a la deriva? Esta experiencia la viví el 03 de marzo de 2018, donde, según el diario Mirror, “un policía del Transporte Británico dijo que ningún arresto fue hecho, pero no descarta procesamientos legales a futuro. La oficina de transporte público solicitó la ayuda de la policía y las brigadas contra incendios después de la frustración de varios pasajeros en cuatro trenes en Lewisham, sur de Londres, echados a andar por los rieles”.

Antes de ser emigrante, fui usuario “ida y vuelta” del Metro de Caracas por veintitrés años. ¡Qué mejor entrenamiento! ¿No? De Propatria a Palo Verde, aprendí -por obligación- que la camaradería forzada garantiza la supervivencia y da sentido (y sin sentido) al mundo social en que vivimos (los caraqueños). Algo así como una especie de falso amiguismo que da rostro a la ciudad que queremos ver. Bástese que el sistema tenga retraso para saber que a la chica embarazada, esa que quedó atrapada en medio del pasillo sin poder sujetarse, no le alcanza la quincena. Que cuál nombre le pondrá a su carajita. Que qué crisis pero que, gracias a Dios, a uno no le falta nada. Que alguien se cagó. Que qué bolas. Risas. En los vagones sin aire acondicionado del Metro de Caracas, nos renovamos todos como tristes compadres. Sí. Es un servicio pensado para los pobres; es decir, no para la ciudadanía, con una concepción de usuarios de Estado que sirve a su población y que, usarlo, es parte de los derechos de cualquier persona. Pero nos seguiremos montando, nos seguiremos lamentando y nos seguiremos riendo en una agridulce felicidad.

Cuando llegué a la Estación Mercado, fue como si me quitasen una bolsa plástica de la cara. O una almohada. Recuerdo que me senté en el mueble de mi apartamento de las Residencias Venezuela, Coche, y abrí el Twitter. Diario El Nacional. “En La Bandera, más de treinta personas abordaron un camión de carga a sus hogares. Otros ciudadanos caminaron hasta El Valle y los que iban más lejos abordaron las unidades hasta abarrotarlas en la avenida Intercomunal de dicha parroquia. El servicio del Metro en la Línea 3 fue restituido en el transcurso de la noche. Entretanto, el temor a una nueva falla persiste entre los usuarios como el calor en las estaciones…”. Pero nos seguiremos montando. Y estornudaremos encima del otro. Y nos reiremos. Y flatulencias. Y nos taparemos la nariz a carcajadas y reiremos. Risas en un tren y país atascados en un retardo sin salida.

Total es que la nevada cesó y logramos reacomodarnos en otro tren que nos condujo finalmente hasta Londres. Una vez dentro y reestablecido el orden, mis amigos pasajeros se concentraron otra vez en el silencio; cuerpos de ingleses petrificados en la compostura. Sin significaciones, intensidades, afectaciones. Quizás como debería ser. Supongo.

Me vuelvo a poner los audífonos y dejo que Rubén Blades siga cantando:

Aquí en el Sub-D: Olor a miau y a perfume. Aquí en el Sub-D. Todo lo que baja sube. Somos la envidia de Europa. Nuestra magia les provoca.

*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.

Síguelo en:

Instagram: @mastranglioligianni

Twitter: @MastranGianni

Facebook: @laEsnogotaOnline

Más contenido que te recomendamos