Por Iris Martínez
Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído
Jorge Luis Borges
El día exacto no lo recuerdo pero la emoción que aquel hecho me produjo me ha acompañado toda la vida: Ya sé leer, ya puedo leer, ¿verdad que leer es maravilloso? Fueron esas las primeras frases que leí. Tendría yo unos seis años y cursaba el primer grado de educación primaria.
Por primera vez aquello no era una repetición de algo aprendido “de memoria” para decir la lección diaria. Después de aquel mágico momento ya nada sería igual. A mis escasos seis años había aprendido a descifrar aquellos códigos, ¡qué hazaña! Sentía que había entrado en otra dimensión. Sin embargo, creo que casi nunca pensamos en lo extraordinario y lo importante que es para nuestras vidas el acto de leer, porque lo vemos como un proceso “natural”.
La emoción que sentí fue tan intensa que lo recuerdo vívidamente, fue mi momento ¡EUREKA!, yo lo sentí así, lo viví así pero no recuerdo haberlo compartido, fue mi triunfo secreto. Comencé a leer todo lo que mis ojos veían y me invadía una felicidad indescriptible.
Muy temprano entendí su fin utilitario: podía leer direcciones, las listas de precios, los avisos de las calles, las instrucciones en las medicinas, los periódicos y más tarde llegó la literatura que fue mi “salvación” y la manera de superar esa etapa maravillosa y terrible que es la adolescencia.
Sufrí amargamente leyendo Las penas del joven Werther y luego junto a Vallejo me adentré en el dolor de la existencia: … hay golpes en la vida, tan fuerte, yo no sé. Con Cortázar y su Rayuela infinita, recorrí las calles de Buenos Aires y de Paris. Desde entonces la noción de lo otro se instaló en mi cabeza y comencé a buscar en cada cosa todos los lados posibles.
La educación formal insiste en presentarnos un mundo plano y convencional pero con Cortázar comenzamos a ver el derecho y el revés; el arriba y el abajo; comenzamos a descubrir el “otro lado” de eso que llamamos realidad. Este descubrimiento fue tan importante como haber aprendido a leer.
Con la lectura comenzó mi fascinación por las bibliotecas, para mí son como catálogos de posibilidades infinitas de acceso a otros universos; a otros modos de pensar; a la posibilidad de construir y construirnos intelectualmente. Es la llave al acervo cultural documentado de la humanidad.
Leer, ciertamente, es adentrarse en otros mundos sin desplazarnos a ninguna parte física. Algo de transgresor tiene este acto. Y algo de alquimia también.
Desde que leí El Aleph de Borges he pensado que es una metáfora de la lectura. Aquel encuentro de Borges con la maravilla, en el sótano de la casa de su amada Beatriz en la calle Garay se me antoja similar a la experiencia de leer: te sigues levantando a la misma hora, tus huesos siguen andando y desandando las mismas calles pero tienes la certeza de haber descubierto algo; por dentro sientes la primavera llegar; tu cabeza y tu corazón están viviendo y están vibrando impulsados por la maravilla. Algo mágico se gesta. Es tu felicidad secreta.
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