Por Gianni Mastrangioli*
Conversando por teléfono, me comenta mi papá que ahora no se sale tan temprano. La última vez que se le ocurrió cruzar la autopista Guarenas – Caracas antes del amanecer, se tropezó con una bolsa de escombros que de broma no lo mató en seco.
– A partir del Distribuidor Mampote, estás a merced de los huecos-traga-carros, hijo. Te lo juro. Iluminación, cero. ¿Qué los postes de electricidad, qué? No, chico, esos están todos quemados como la colilla de un cigarro. Pero no lograron atracarme porque seguí rodando. Malditos malandros. Por eso es que yo no madrugo, hijo, además que ya no es necesario. Medio mundo se ha ido. Se acabó el infierno de la Cota Mil, el embudo de la Gran Mariscal después del colegio. Esa Francisco Fajardo repleta de tostones. Somos los que somos. O los que quedamos.
Transeúntes de y en la chatarra, convertidos en meros elementos de conjunto que se deshacen en el silencio del azar. Alejandro piensa lo mismo que mi papá. En Sabas Nieves, observa a Caracas desde lo alto.
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Secándose el sudor de la frente con un trapo, nota que está solo. Verga. Nadie que hiciera ejercicio; nadie que hiciera cola para comprar helados de paleta. Sábado, 31 de marzo. 9:00 A.M. Parece que fuera feriado. Se pone las manos en la cadera y, con la mirada puesta más o menos por la loma de Petare, sonríe. Sí. Caminar ha sido su rutina de los fines de semana. Respirar El Ávila, oxigenarse con esos viejos tiempos donde, helicóptero arriba, el área metropolitana era suya de punta a punta. Entonces cierra los ojos y escucha el sonido de las turbinas. Micrófono listo. Pendiente. Dale, dale:
– Buenos días, amigos de Traffic Center: La avenida Rómulo Gallegos, desde Parque Miranda a Boleíta, presenta retraso en ambos sentidos; tomen precauciones. Veo que el túnel y viaducto La Cabrera están trancados en dirección a Caracas. Vamos a comerciales. Principal de Mariperez con buena movilidad. Hoy hace calor como para comerse un chupi-chupi.
Oye cornetas. Desorden. Adrenalina. Taquicardia. Sin embargo, abre los ojos y mira la hora. 9:15 A.M. Aún Sabas Nieves. A su alrededor no hay ni un alma. Nadie que hiciera ejercicio; nadie que hiciera cola para comprar helados de paleta.
Congestión vehicular. Tránsito lento. Cola fuerte. A veces era tanta la bulla que tenía que pegarse el micrófono de la boca para poder hablarle a Caracas cuando ésta se ponía gritona.
Él era la voz omnipresente de millones de conciencias estresadas que apretaban la chola para llegar a la oficina. Mira de nuevo la hora. 9: 30 A.M. Y es que no fue fácil, piensa. Cuando le ofrecieron ese proyecto de sobrevolar el valle caraqueño, en 1999, supo que estaba completamente perdido en relación a esquinas, direcciones. Pero ¿qué es de la vida de alguien que no se deba a su ciudad? Pana, el tipo buscó mapas, escuchó al taxista, a la mamá, al estudiante y de allí aprendió a ubicarse. A estar cerquita de sus radio-oyentes. Decirles que se metan por la derecha, que giren por la redoma. Que vamos a comerciales.
Era un oficio de comunicar que se daba en el “nosotros”, si bien no lo dejasen volar más allá de Plaza Venezuela.
Pero el silencio de ahora le perturba. Parece que fuera feriado; un eterno primero de enero. Una ciudad sin ciudadanos, cada vez más tangible. Los espacios públicos son los principales afectados, debido al terror que se desata después que el sol se oculta por el oeste, a la altura del 23 de Enero.
Urbanizaciones privadas, candados, rejas. Manojos de llaves que no caben en los bolsillos. Ya ni siquiera la cultura del centro comercial representa la preferencia recreacional del venezolano moderno porque movilizarse es imposible. Para 2016, la escasez de repuestos automotrices superó el 50%, según la presidencia de la Cámara de Comercio de Autopartes del país. Nos transportan en camiones como cochinos, sentados en una cava que no coincide con las complejidades urbanas actuales. Cada portón, cada garita de vigilancia recién puesta declara la muerte de nuestras aspiraciones de interactuar los unos con los otros.
Declara la muerte de Caracas, la metrópolis del claustro.
– Te hablo en serio, hijo, ahora no se sale tan temprano. En estos días fui a darme un paseo por Altamira y ¿tú crees que había alguien sentado en la plaza? Esas calles sucísimas, con uno que otro saliendo del trabajo para almorzar. El Arturo’s que está por el Centro Plaza, desierto también. La poca gente se encierra en las ferias de comida, cual expresidiarios, sin comprar absolutamente nada, hijo. Cada uno con su lonchera. Creo que, si vi uno o dos potes plásticos con carme, fue demasiado.
Me quedé callado, sin respuestas. Al cabo de unos minutos, se cayó la llamada y con ello puse fin a ese túnel de nostálgicas conversaciones. Un túnel sin electricidad donde el sujeto que aún vive en Venezuela se encuentra atascado en el hombrillo de la soledad.
Un túnel donde, sin lugar a dudas, Alejandro decidió no salir.
Viernes, seis de abril. 8:00 A.M. Alejandro está parado en la ventana de su apartamento, de donde se ve un trozo de montaña. Sabe que mañana no irá a El Ávila. Que no irá más. Como de costumbre, no durmió nada la noche anterior.
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Todavía sigue teniendo ese sueño extraño donde le estaban aplaudiendo en la ceremonia de conmemoración del Premio Nacional de Periodismo Informativo. Año 2007. La gente del gremio lo felicitaba llamándole “Reportero Alejandro Cañizales, la voz del aire”. Se siente feliz. O se sentía.
O nos sentíamos todos.
De repente todo se pone como oscuro, nublado. Alejandro se frota los ojos y abre más la cortina. Nada. Casi no logra distinguir el reflejo de los árboles a través del vidrio. Una náusea que le nace de la boca del estómago lo obliga a irse a la cama. Duerme. Y como en Sabas Nieves, escucha cornetas, turbinas, aplausos, cornetas otra vez. Sonríe. Al fin todo parece ser como antes.
Pero la realidad es que la bulla sólo está en nuestras mentes, en la desesperación de no poder salir tan temprano.
*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.
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