Los desórdenes que construyen los sueños a veces arrojan una belleza inesperada e insuperable
Por Cristina Martínez
Anoche soñé que alguien, no recuerdo si hombre o mujer, me preguntaba el significado de la palabra “causa”. Respondí-mientras señalaba con el dedo índice hacia un río- que “causa” provenía de la lengua náthuatl y significaba “narrar”, y que a su vez “narrar” era sinónimo de amar a los dioses.
La verdad es que todavía no he aprendido a amar ningún dios (al menos no conscientemente), ni es cierto que “causa” venga del náthuatl. Tampoco significa “narrar”. Incluso, no estoy convencida de que “narrar” tenga que ver con amar a alguien que no sea a uno mismo.
Los desórdenes que construyen los sueños a veces arrojan una belleza inesperada e insuperable. A veces nos traen mensajes aparentemente indescifrables, pero esta mañana nada más abrí los ojos supe ver, como en un acto de fe, lo que durante un cuarto de siglo no pude: amo narrar, porque narrar es mi dios. Es mi río (inmenso y turbulento), es mi causa, quizá la única.
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