Pink Floyd en escena (Parte II y final)

Tras la salida de Waters comenzaron una serie de conflictos legales iniciados por él mismo. Waters pretendía que la banda nunca usara el nombre Pink Floyd, estimaba que sin él, la banda sencillamente debía disolverse

Por Mariana Eulalia

Este año se cumplen 45 años desde que la icónica banda de rock progresivo, Pink Floyd, publicara uno de sus álbumes más famosos: The Dark Side of the Moon. Pero el año pasado ya se habían cumplido 50 años desde la publicación de su primer disco, The Piper at the Gates of Dawn. Visto en retrospectiva, la vasta vida artística de la banda inglesa podría, tal vez, ser leída como el guion de una ambiciosa ópera rock.

 

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The Wall (1979)

Existen obras artísticas totales. Y luego, está The Wall. Del género ópera siempre se ha dicho que consiste en una de las artes más completas, ya que involucra teatro y literatura, arquitectura y escenografía, música lírica, etcétera. The Wall bien podría ser considerado una ópera rock, que además involucró la cinematografía, incluyendo la animación.

Ideado como un álbum conceptual, Waters construyó la historia ficticia de una estrella de rock agobiada por sus frustraciones, el joven Pink, cuya personalidad oscura lo perfilaba como una suerte de anti-héroe. En la obra, narrada track por track como una pista continua, vemos los traumas sufridos por Pink a corta edad tras la pérdida de su padre en la Segunda Guerra Mundial, luego sus tímidos pasos durante su tránsito por una convencional escuela inglesa, represiva y autoritaria, y finalmente su vida adulta, marcada por el éxito y al mismo tiempo el tormento de sus complejos autodestructivos y, finalmente, la locura.

A lo largo del disco, en varias estrofas de distintas canciones, la voz de Pink (cantada por Waters) anuncia su deseo de levantar un muro que terminará de aislarlo del mundo, una pared que hiciera tangible su distancia con respecto del mundo exterior. El estrado enjuiciador al que Pink es sometido, metafóricamente, concluye que su pena será derribar ese muro, y exponerse.

Para la producción del show, Waters deseaba, literalmente, levantar un muro que separara la banda del público. Un ambicioso proyecto que consiguió llevar con éxito. El 8 de febrero de 1980, la banda inaugura los conciertos de The Wall en Los Angeles Sport Arena. Un muro se levanta en el escenario. En él se proyectan imágenes animadas que parecen sacadas de un universo onírico, y que son el resultado del trabajo de Gerard Scarfe.

Si bien durante los conciertos de la gira los cuatro Floyds estuvieron presentes, el teclista y miembro fundador, Rick Wright, ya no formaba parte de la banda en ese momento. Tocó a sueldo. Durante la grabación del disco en estudios, las diferencias entre Waters y él (y entre el resto de la banda, es importante recordar) terminaron por hacerlo salir. Prácticamente, Roger lo había despedido. Gilmour estaba en abierto desacuerdo con esta decisión pero en este punto, Waters había consolidado una especie de dictadura dentro de la banda.

Durante el año 1982 la Metro-Goldwyn-Mayer filmó la versión cinematográfica del álbum, titulándolo Pink Floyd The Wall. Alan Parker fue su director y Bob Geldof, líder de The Boomtown Rats, interpretó el papel de Pink. La película está bastante apegada a la estructura musical del álbum, y su guion fue elaborado por el mismo Roger Waters. Se incluyeron aquellas importantes escenas de animación de Scarfe que habían sido proyectadas durante los conciertos de la gira.  Fue estrenada durante el Festival de Cannes en 1982.

A comienzos del año siguiente, Waters ya tenía otro disco grabado bajo el nombre de Pink Floyd. Se trata de The Final Cut, el trabajo final de Waters con la banda. Durante las sesiones de grabación las tensiones entre Waters y Gilmour, y también Mason, sencillamente tocaron un punto de no retorno. Pink Floyd nunca llevó este disco de gira.

Este último álbum también tenía el mismo estilo de ópera rock de su predecesor, y cuatro cortometrajes fueron producidos a partir de su concepto, que esta vez también abordó la guerra desde una perspectiva crítica.

Tras la salida de Waters comenzaron una serie de conflictos legales iniciados por él mismo. Waters pretendía que la banda nunca usara el nombre Pink Floyd, estimaba que sin él, la banda debía disolverse. Pero Gilmour y Mason tenían una idea muy distinta. De manera que iniciaron una larga e histórica disputa, bastante enconada, por los derechos de autor y las regalías de los álbumes.

Años más tarde, Waters reconocería su error. Sencillamente no era su decisión que la banda continuara o no, sin él. Pero otros puntos de la disputa, sí llegó a ganarlos: los derechos por el uso de la imagen de Algie, el cerdo, le correspondían a él. Todo el álbum The Wall, también sería considerado íntegramente, suyo. Lo mismo con The Final Cut.

Luego de esta división, varias cosas pasaron. Cada uno de ellos empezó a explorar sus carreras en solitario, cosechando mayores o modestos éxitos. Wright tuvo un caluroso recibimiento de la crítica con su disco Broken China, en 1996. Pero esto sería dar un salto en el tiempo. Antes de eso, Mason y Gilmour consiguieron su regreso a la banda –primero como artista invitado, luego finalmente reincorporado– y en 1987, Pink Floyd volvería al ruedo con A momentary Lapse of Reason, y el álbum de gira, en 1988, Delicate Sound of Thunder.

El Acto final

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El mundo jamás hubiese pensado que existiría razón alguna que lograra que estos cuatro hombres, Waters, Gilmour, Wright y Mason, se reunieran una vez más para tocar en vivo, o en estudios, o donde fuese. Parecía algo virtualmente imposible.

Sin embargo, en 2005, el músico, activista y viejo amigo de los Floyds, Bob Geldof, los invitó a tocar en la serie de conciertos titulados Live 8, que tenían por noble objetivo pedirle al G8 –el grupo de 8 países capitalistas más poderosos- que redujeran la deuda de los países africanos, y que se comprometieran activamente en el combate de la pobreza.

En el Hyde Park londinense, la atención del mundo estuvo enfocada mientras Pink Floyd, con Roger Waters incluido, tocó cinco de sus más entrañables canciones. Como gesto político, esta reunión sin duda posee un valor discursivo imponente. Pero como ejecución artística, la crítica no estuvo tan a tono con las celebraciones. Algo no terminaba de encajar. Después de todo, fueron ellos mismos quienes enseñaron a toda una generación de músicos y oyentes/espectadores, cómo debía hacerse un buen performance en escena.

El 15 de septiembre de 2008, Wright dejó este mundo. Apenas tenía 65 años. En 2014, Gilmour produce el último disco de la banda, A Endless River, descrito como una suerte de canto de cisne para Rick. El álbum contenía una serie de pistas inéditas tomadas de las sesiones de grabación del último disco, The Division Bell. El audio, originalmente nombrado como The Big Spliff, contenía varios minutos de lo que los tres Floyds estuvieron de acuerdo en catalogar como “música ambiental”. Tras veinte años, el sonido de Wright merecía ser revisitado.

 

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De todos los Floyds, Roger Waters fue quien con más afán buscó hacerse su camino en solitario, logrando que su nombre fuese una franquicia. El Roger Waters Show es, en sí mismo, un producto de colección. Durante más de veinte años, ha producido su teatral proyecto The Wall Alive, logrando que cada experiencia sea inolvidable. La tecnología usada para la proyección de los visuales animados por Scarfe,  soportados por un costoso montaje en escena que involucra siempre más de 40 personas apoyando la logística y enormes andamios, han recorrido el mundo entero. Waters es un visionario de la industria musical, y no podríamos negarle su coraje para la innovación.

Este año, Waters emprendió una gira mundial con el nombre Us + Them. Las reseñas de su pasado concierto en Barcelona, España durante el mes de abril, han sido efusivas. Su gira europea termina en agosto, y en octubre comienza su recorrido por varios países de América, empezando por el gigante sureño, Brasil. Le sigue Argentina, Chile, Perú, Colombia y México. Sin duda, la experiencia será maravillosa.

Pink Floyd tiene seguidores ciegos y detractores. Sin contar la inmensa cantidad de melómanos que consideran Dark Side y The Wall los cimientos de toda una cultura rock. Después de todo, estamos hablando de medio siglo de trayectoria musical.

Desde los tiempos de Syd en el escenario íntimo del underground psicodélico londinense donde marcaron pauta, pasando por los años en que Rick, Nick, Roger y Dave lograron dar con ese algo que los hacía auténticos -aquello que era el núcleo de Pink Floyd-, su posterior desmoronamiento, los arranques de megalomanía de Waters sumado a la dispersión de los demás miembros que atendían sus vidas personales, todo ello, en suma y en retrospectiva, es el súmmun de una gran obra artística cuyo legado, todavía hoy, llena los estadios, derriba los muros, y hace que los cerdos vuelen por encima de las multitudes.

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