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	<title>Crónicas &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Crónicas &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Sentir frío</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2019/01/sentir-frio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Jan 2019 16:31:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires]]></category>
		<category><![CDATA[Inflacción]]></category>
		<category><![CDATA[Pobreza]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Blanca Hurtado Nederr Llegué a Buenos Aires, Argentina, un día de junio del año pasado. Iba preparada&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>



<p>Llegué a Buenos Aires, Argentina, un día de junio del año pasado. Iba preparada para el frío. Amigos radicados en esta ciudad me advirtieron de las bajas temperaturas. Así que desde que salí de Venezuela traté de abrigarme todo lo que fuera posible. Arribé a Buenos Aires en plena madrugada y me trasladé directo al hotel. Una vez ahí, sentí la frescura caribeña que en algunas épocas se percibe en mi país.</p>



<p>El panorama cambió cuando me tocó salir del hotel: el viento rebotaba fuertemente en mi cara, la brisa era fría, mis dedos empezaban a entumecerse. Esa sensación duró mientras esperaba, afuera, un taxi. Minutos después, transitaba por la avenida 9 de Julio cuando un semáforo detuvo la marcha. Noté que a mi izquierda estaba una mujer vestida con mono y suéter rosado, que llevaba en sus manos un pote para recolectar dinero. Los conductores hicieron caso omiso. Ni siquiera bajaron el vidrio.</p>





<p>Faltaba poco para que el semáforo cambiara de luz y aquella mujer comenzó a alejarse. La observé en su paso lento, cansado. Subió una acera y llegó hasta donde se encontraba un coche. Dentro había una niña recién nacida, abrigada apenas con un manto. Tenía los labios morados y las mejillas rojas, notablemente quemadas por el frío.</p>



<p>Aquel día, el primero que me regalaba Buenos Aires, cambió mi perspectiva de la ciudad. Y entonces pensaba en las palabras de un argentino que me comentó que apenas empezaba el frío. Pensaba en mi, en el frío que llegué a sentir en apenas minutos. Pensaba que por aquellos días de junio, en los que el peso llegó a devaluarse cuatro puntos en una semana, se acercaban -como ocurrió- días más fríos para muchos argentinos.</p>
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		<title>La plegaria a monseñor Romero que salvó a Cecilia</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/11/la-plegaria-a-monsenor-romero-que-salvo-a-cecilia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 23 Nov 2018 13:52:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Blanca Hurtado Nederr]]></category>
		<category><![CDATA[canonización]]></category>
		<category><![CDATA[El Salvador]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[monseñor Romero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Blanca Hurtado Nederr Se lanzó al suelo y tomó una Biblia que perteneció a su abuela. La&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>
<p>Se lanzó al suelo y tomó una Biblia que perteneció a su abuela. La abrió y encontró una estampita de monseñor Romero. No se consideraba su seguidor. Sin embargo, se aferró a la imagen del arzobispo y rezó la oración que tenía impresa para pedir su intercepción.</p>
<p>Aquella tarde del 29 de agosto de 2015, Alejandro Rivas quedó sin fuerzas. De sus labios solo salían oraciones cargadas de fe. Estaba ahí -frente a Dios- en medio de una circunstancia adversa, que científicamente era imposible resolver. Esa tarde buscaba un refugio y, acompañado de una presencia espiritual, lo encontró. Sus palabras -dotadas de fervor- hicieron lo que la ciencia ya no podía: devolverle la vida a su esposa.</p>
<p>30 y 31 de agosto. 1ero, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9 y 10 de septiembre de 2015, un día que quedará marcado para siempre en la vida de Cecilia Flores y en la historia de los salvadoreños, fieles devotos a monseñor Óscar Arnulfo Romero, a quien el parte médico y la Iglesia católica atribuyen el milagro de la recuperación de Cecilia.</p>
<p>Pasaron tres años para que, este 14 de octubre, en una ceremonia realizada en la plaza San Pedro del Vaticano, el Papa Francisco concretara la canonización de monseñor Romero, acto que permitió al pueblo de El Salvador celebrar la declaración de su primer santo.</p>
<p><strong><span style="color: #6e4d8b;">En coma</span></strong></p>
<p>El 27 de agosto de 2015, Cecilia ingresó al Instituto Salvadoreño del Seguro Social viendo luces y con la presión alta. Tenía programada una cesárea para los primeros de septiembre, pero su grave estado de salud cambió todo. Le encontraron preeclampsia y fue necesario hacerle una cesárea de emergencia. Luis Carlos, su tercer hijo, nació el 28 de agosto. Antes había perdido cuatro embarazos.</p>
<p>A solo horas del nacimiento de Luis Carlos, a Cecilia le diagnosticaron síndrome de HELLP (hemólisis, enzimas hepáticas elevadas, disminución de las plaquetas). Para estabilizarla, los médicos decidieron practicarle un coma inducido. .</p>
<p>Las esperanzas de vida eran prácticamente nulas, por eso la pronta recuperación de Cecilia &#8211; en 12 días- sorprendió a los médicos, un acontecimiento que abrió las primeras puertas a la canonización de monseñor Romero. Así, en marzo de 2016, Cecilia y su esposo Alejandro ofrecieron su primera declaración y empezó un proceso que incluyó entrevistas, testigos y expedientes médicos para dar por hecho el milagro.</p>
<p>Dos años después, en marzo de 2018, el Vaticano anunció que haría santo a monseñor Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospital Divina Providencia, ubicada en San Salvador.</p>
<p>Las fuerzas militares de la época, involucradas en su muerte, fueron responsables de los más 40 fallecidos y 200 heridos que dejó su funeral, realizado el 30 de marzo. Desde entonces, se desató una guerra civil en El salvador que permaneció por 12 años con aproximadamente 75.000 víctimas, entre ellas casi una veintena de periodistas.</p>
<p>Fue en 1993 cuando una Comisión de la Verdad, creada por la Organización de las Naciones Unidas, concluyó que el mayor del ejército y líder derechista Roberto D&#8217;Aubuisson ordenó el asesinato de monseñor Romero.</p>
<p><strong><span style="color: #6e4d8b;">Una fe manifestante</span></strong></p>
<p>Óscar Arnulfo tenía una personalidad muy particular y, de él, es mucho lo que se desconoce. Era, además, de ferviente católico un aficionado de la fotografía. Visitaba a los enfermos, a quienes regalaba monedas. Repartía la canasta básica a los más humildes, también invitaba a los indigentes al seminario y les ofrecía alimentación.</p>
<p>En vida, fue un fiel defensor de los derechos humanos y luchó para detener la represión.  Con el objetivo de buscar una solución a la grave situación de su país viajó a Roma para reunirse con el Papa Juan Pablo II y no lo logró.</p>
<p>Posteriormente, en febrero de 1980, monseñor Romero envió una carta al expresidente de Estados Unidos Jimmy Carter en la que le pidió concluir con la ayuda militar a El Salvador.</p>
<p>“Garantice que su gobierno no intervenga directa o indirectamente con presiones militares, económicas, diplomáticas, etc en determinar el destino del pueblo salvadoreño”, escribió como parte de la misiva.</p>
<p>Al día siguiente, una bomba destruyó la radio católica YSAX. El propósito era callar a monseñor Romero, quien imploraba  -a policías y militares en su homilía dominical- terminar la violencia.</p>
<p>En medio de su fe, este salvadoreño nunca dejó de denunciar las injusticias cometidas en su país. Este accionar ejemplar lo llevó a ser ampliamente reconocido, incluso por el entonces Papa Juan Pablo II, quien pasó de ignorarlo a visitar su cripta en 1983 y, luego, en 1996.</p>
<p>Lo mismo hicieron los expresidentes Barack Obama (EEUU), Luiz Ignacio Lula Da Silva (Brasil), Rafael Correa (Ecuador), Luis Guillermo Solís (Costa Rica) y Otto Pérez Molina (Guatemala).</p>
<p><strong><span style="color: #6e4d8b;">El día de la beatificación</span></strong></p>
<p>Sin imaginar que meses más tarde le salvaría la vida, Cecilia Flores acudió junto a su familia al acto de beatificación de monseñor Romero, efectuado el 23 de mayo de 2015. Sabía que atravesaba un embarazo de alto riesgo y, aprovechó, para pedirle al hoy santo por su salud y la de su hijo.</p>
<p>Es como si monseñor la hubiese escuchado, porque la protegió y solo se necesitó la plegaria de Alejandro para traerla de vuelta. Aunque no era la primera vez que Cecilia enfrentaba una situación dura. De pequeña sufrió el abandono paterno, circunstancia que la unió, años después, a su actual esposo, víctima como ella de la desintegración familiar.</p>
<p>Frente al complicado estado de salud de Cecilia, la petición hecha por Alejandro -por allá en septiembre 2015- aceleró el largo proceso de santificación de monseñor Romero, antes declarado Siervo de Dios, beato y, finalmente, santo, tal como lo ordena la Iglesia católica.</p>
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		<title>Y el profesor no tiene agua</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/10/y-el-profesor-no-tiene-agua/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Oct 2018 13:58:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Escasez de agua]]></category>
		<category><![CDATA[Falcón]]></category>
		<category><![CDATA[Gobierno]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Juan Zavala Despierto sobresaltado. Miró mi teléfono y dejo escapar un breve suspiro. 2: 45 de ese&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Juan Zavala</strong></p>
<p>Despierto sobresaltado. Miró mi teléfono y dejo escapar un breve suspiro.</p>
<p>2: 45 de ese miércoles.</p>
<p>Enciendo el televisor en busca de alivio y dejó pasar el tiempo entre malas películas de terror y alguna que otra de la serie de &#8220;Rápidos y Furiosos&#8221;, clásicos de esas horas. A las 4: 25 decido tomar todas mis ganas para vivir (literal) y logro salir de la aquella necesaria cárcel de sábanas. Noto que las luces de la sala son encendidas y que mis padres optaron por acompañarme en mi madrugador primer día de mi penúltimo semestre en la universidad. Rápidamente me preparo mientras termino de acomodar mis cosas (es un decir, solo mi fiel carpeta seguía mi ritmo), engullo de forma apresurada una arepa con queso y mantequilla y una generosa taza de café (una combinación tan perfecta) y salgo rápidamente.</p>
<p>Les pido la bendición a mis papás y ellos me la dan en voz alta y me desean buenos augurios, como si fuera la primera vez. Salgo cubierto por la inmensidad de la oscuridad y camino rápidamente, volviendo la cabeza nerviosamente cada tanto. En el camino -hacia la Plaza Bolívar de mi localidad- me encuentro con algunos conocidos y otros no tanto. Intercambiamos miradas y seguimos cada quién a lo suyo. Unos diez minutos luego de haber salido de mi hogar, por fin llego a la mencionada plaza y me coloco a esperar transporte por una media hora y con aproximadamente una treintena de personas delante de mí. Dicho y hecho, pasado el tiempo llega una buseta que asume a casi todos los pasajeros, incluyéndome.</p>
<p>Previo pago del pasaje, arribo a la unidad. Lo que se suponía un camino de casi cuarenta minutos entre Los Taques y Punto Fijo se alarga de forma notoria al encontrarnos con una tranca. Las personas que viven en las adyacencias pedían celeridad en su caso ya que tenían más de medio día sin luz eléctrica y casi un mes y medio sin tubería. Mientras las discusiones entre choferes, usuarios y manifestantes crecen en volumen y empleo de groserías, simbólicamente los separan, a modo de frontera, una rudimentaria línea de palos y piedras dispuestas en la carretera.</p>
<p>Cruzo la &#8220;frontera&#8221; y me dispongo a esperar alguna unidad que me permita llegar a mi destino. Cuarenta minutos después yo seguía en el mismo sitio. Poco después, un Transfalcón (el nombre asignado para el Estado Falcón de la línea de transporte terrestre de la empresa china Yutong) hizo acto de aparición y tras salir del asombro (pensaba que la falta de repuestos había llevado a la extinción a estos &#8220;dragones rojos&#8221;) y junto a otras personas logro llamar su atención y que se detenga.</p>
<p>8:15 am. Arribo a la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda y me dispongo a buscar el aula mientras reviso mis papeles y al fin logro llegar. Vacío.</p>
<p>A través de otro compañero me entero que el profesor había dado clases hasta las 8. Cabizbajo, decido irme a otro módulo a esperar mi siguiente clase. Al rato otro profesor avisa que el nuestro no vendrá a la universidad ¿Razón? No tiene agua.</p>
<p>Suspiro con cierto deje de rabia y decepción. Me despido de los pocos compañeros que me acompañan en esta recta final de carrera y me voy a esperar transporte a mi casa. En el camino me avisan que en otra comunidad acaban de trancar la carretera. Solo diré que llegué a la 1:00 pm cansado, molesto y hambriento. Solo las ganas de crecer y superarse sustentan este horror. Respeto y reconocimiento eterno a los que seguimos el camino y superamos &#8220;fronteras&#8221; diariamente.</p>
<p>@zavalajuan_</p>
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		<item>
		<title>Una historia en el Saime: Ir de prisa</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/10/una-historia-en-el-saime-ir-de-prisa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Oct 2018 14:16:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Blanca Hurtado Nederr]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Pasaporte]]></category>
		<category><![CDATA[Saime]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Blanca Hurtado Nederr El día que conocí a la señora Yen me encontraba en Santa Mónica, Caracas.&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>
<p>El día que conocí a la señora Yen me encontraba en Santa Mónica, Caracas. Andaba atareada, aunque todavía faltaba un mes para mi viaje. A Yen, en cambio, le quedaban escasamente cuatro horas para el suyo. España era su destino.</p>
<p>Coincidí con ella en la oficina del <strong>Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime)</strong>. Yo intentaba<strong> tramitar mi prórroga</strong> y la señora Yen buscaba resolver el pasaporte extraviado de su hija, con quien viajaría a este país. A pesar de la premura, ella portaba una serenidad increíble, tanto que al verme entrar a esta oficina se mostró sonriente y eso me permitió saber que quería conversar.</p>
<p>Empezamos a hablar de nuestras profesiones. Ella socióloga. Yo periodista. Ambas egresadas de la<strong> Universidad Central de Venezuela (UCV)</strong>. Orgullosa de su título, me contó de aquel momento de su vida que calificó como uno de los más maravillosos. “La UCV me dio tanto”, me dijo. “Fíjate que a mi esposo lo conocí ahí. Si te contara cómo”.</p>
<p>Rememoró que quedaron flechados durante un concierto en el Estadio Universitario y que, desde entonces, no se han separado. “Él tenía su novia y yo mi novio, pero ninguno de los dos llegaron a ese concierto. Así que aprovechamos. Lo que es para uno, es para uno. Nunca lo olvides”, concluyó entre risas.</p>
<p>Yen también me detalló la manera en que disfrutó parte de su juventud. Y hasta narró que participó en la denominada <strong>Marcha de los Pendejos</strong>, realizada en Caracas el 15 de junio de 1989, como un contundente pronunciamiento ante la corrupción de la época.</p>
<p>La conversación siguió hasta que Yen me preguntó cuántos años le calculaba. “68”, le dije. “Si le restas 20, el total es mi edad”, respondió. Me sentí apenada. Luego, decidí conocer el motivo de su viaje. “Tengo un tumor en mi cabeza y me van a operar en España”. Comentó que familiares y amigos colaboraron para su operación y que si perdía ese vuelo, perdía prácticamente la vida. Quedé perpleja.</p>
<p>Al notar mi actitud, Yen trató de esquivar lo dicho y decidió indagar sobre mi viaje. Le hablé, entre otras cosas, de lo complejo que era tramitar esa prórroga para lo antes posible. “Tranquila, ese viaje es para ti”, me confirmó, como si estuviera totalmente convencida de lo que decía.</p>
<p>El tema del viaje quedó ahí y, justo en ese momento de la conversación, me tocó despedirla. La abracé y ella me dio la bendición. Todo fue tan rápido que no alcancé a pedirle el teléfono. Pasaron cuatro semanas y, en medio de muchas vicisitudes, <strong>mi viaje finalmente se dio.</strong></p>
<p>Tiempo después no olvido sus palabras y es como si las escuchara hoy, tiempo después me pregunto si se habrá operado, si vivirá. Tiempo después entendí que muchas veces asumimos -como únicas en el mundo- nuestras prisas.  Y que esas prisas suelen ser tan pequeñas como aquella que llevaba el día que conocí a la señora Yen.</p>
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		<item>
		<title>Trasladarse en Venezuela entre Fuertes y Soberanos</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/10/trasladarse-en-venezuela-entre-fuertes-y-soberanos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 04 Oct 2018 20:51:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Blanca Hurtado Nederr]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[La Bandera]]></category>
		<category><![CDATA[Transporte]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Blanca Hurtado Nederr Una larga cola de pasajeros espera con premura en el terminal de San Juan&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>
<p>Una larga cola de pasajeros espera con premura en el terminal de San Juan de los Morros, en el estado llanero de Guárico. Hay alrededor de 60 personas, quizás más. Esto indica que se requieren por lo menos dos autobuses para que el total de pasajeros pueda partir a Caracas y llegar al terminal de La Bandera.</p>
<p>A medida que pasan los minutos son muchos los que se suman a la tertulia antes de incorporarse a la cola. “¿Disculpen, cuánto cuesta el pasaje?”, pregunta un señor. “Sale en 10 Soberanos”, responden en coro dos pasajeras. El rostro del señor es de confusión. “Eso es 1.000.000 de los viejos, los Fuertes”, aseguran las mujeres.</p>
<p>Como él, también llegan otros y la pregunta es la misma. Todos hablan de la reconversión y empiezan a notar sus estragos. Para tener una idea: antes de este cambio del Cono Monetario el pasaje de San Juan a Caracas costaba 200.000 Bolívares Fuertes, hoy 2 Bolívares Soberanos, lo que se traduce en un aumento significativo que se acentúa con el déficit de efectivo que atraviesa el país.</p>
<p>Transcurre casi una hora para que por fin llegue la unidad de transporte. Los pasajeros se preparan y toman sus maletas. El colector se baja del bus de inmediato y ya tiene en sus manos la pila de efectivo. Sin duda, nadie más que él está preparado para cobrar el pasaje en Fuertes y Soberanos.</p>
<p>Entre quienes están en la cola, son poco más de 30 los que logran un puesto digno en el autobús. Mientras, otros se acercan al colector y le piden irse en el motor, en las escaleras y hasta de pie. Para ellos no hay rebajas.</p>
<p><strong>**</strong></p>
<p>El abordaje es rápido y de inmediato el bus arranca vía a la capital venezolana. Pasan segundos para que el colector se siente -por un estrecho del motor- a sacar cuentas. “Van 12 parados”, le comenta al chofer. Rápidamente, éste lo mira como queriendo conocer su traducción numérica. “120 Soberanos, 12.000.000 de los viejos”. El chofer le regala una sonrisa.</p>
<p>Continúa el viaje sin ningún tipo de inconvenientes hasta su arribo al peaje de La Villa. Un funcionario del Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana (CPNB) pregunta al conductor hacia dónde se dirige. Éste le responde que a Caracas y el funcionario cambia -de inmediato- su rostro de ogro. “Panita, necesito que me hagas una vuelta y lleves a mi tía”. El chofer le asegura que no hay ningún problema y la sube. Única pasajera exonerada.</p>
<h4 id="lee-tambien-la-odisea-de-transportarse-en-guarico-a-veces-en-yutong-a-veces-en-perreras"><a href="http://www.seisgrados.com.ve/2018/09/la-odisea-de-transportarse-en-guarico-a-veces-en-yutong-a-veces-en-perreras/"><span style="color: #6e4d8b;">Lee también <strong>La odisea de transportarse en Guárico: a veces en Yutong, a veces en ‘perreras’</strong></span></a></h4>
<p>Desde el pasado 20 de agosto cuando comenzó esta nueva Reconversión Monetaria para suprimir cinco ceros a la moneda, muchos precios se han duplicado y, debido al aumento del transporte -que debe ser cancelado en efectivo- se complica cada vez el traslado de los venezolanos.</p>
<p>En principio, mucha gente vio como un alivio la implementación del nuevo cono, ya que las entidades bancarias parecían regularizar el pago de billetes. Dos semanas después los bancos lucen colapsados de ciudadanos que pasan el día tratando de conseguir 10 Soberanos.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Casi tres horas más tarde, justo a las 11:15 de la mañana el bus por fin hace su última parada en el terminal de La Bandera. Frente a los buses hay colas interminables de gente que espera poder subirse a uno.</p>
<p>Dentro del terminal el panorama es el mismo y los taxistas tratan de pelotearse a los pasajeros. Nadie solicita el servicio. Solo se ven ríos de gente camino a la estación del Metro La Bandera. Otros tantos van a pie.</p>
<p>No hay efectivo, ni busetas. El jueves 30 de agosto tampoco había metro.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Así palpitan las calles de Caracas (Parte I)</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/09/asi-palpitan-las-calles-de-caracas-parte-i/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 30 Sep 2018 01:23:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Calles]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[crisis económica]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Cada calle de Caracas late con una frecuencia distinta. Sus avenidas, esquinas y autopistas&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo<br />
</strong></p>
<p>Cada calle de Caracas late con una frecuencia distinta. Sus avenidas, esquinas y autopistas son solo pasadizos para la mayoría de las personas que se trasladan de un lugar a otro. En ellos hay que protegerse en mayor medida cuando el sol se esconde y los bombillos de los postes (que todavía sirven) se encienden.</p>
<p>Para otros, por diversas circunstancias de vida, el asfalto, las aceras, los rincones de las estaciones del Metro de Caracas, los puentes o las esquinas de las plazas se convierten en su casa. Desde lejos ellos se ven como sombras, bultos cuyos detalles no se perciben en la oscuridad. Son, como me escribiría luego uno de ellos, “hijos de la calle”.</p>
<p><strong>La preparación</strong></p>
<p>Faltan solo minutos para las 9:00 pm del jueves 23 de marzo. En una esquina de San Martín un grupo de voluntarios dirigidos por Francisco Soares, presidente de la Organización No Gubernamental (ONG) Regala una Sonrisa, afina los últimos preparativos para ir, sin más pretensiones, a tender una mano y ofrecer comida y ropa a las personas en situación de calle. Si las palabras lo permiten algunas de ellas aceptarán subir a un autobús para ir a un centro de atención.</p>
<p>Antes de partir formamos un círculo. Los integrantes de la ONG explican a quienes asistimos por primera vez algunas consideraciones a tener en cuenta. Una de ellas es no abordar a las personas todos a la vez ni de manera abrupta. Luego, habla el pastor del centro al que llegarán los que decidan aceptar la oportunidad de dejar la calle. Pronuncia unas palabras a través de las cuales pide a Dios convertirnos en vehículos de su voluntad, luego nos invita a cerrar los ojos para dar gracias. Se escuchan a lo lejos unos disparos. La ciudad nos recuerda sus peligros.</p>
<p><strong>Alí, el lector. Diablo, su amigo</strong></p>
<p>El autobús empieza la marcha. Lo escolta una patrulla. Recorre unos metros y ahí está Alí, acostado en una acera. Parece estar durmiendo. Varios voluntarios se acercan y le hablan. Él se despierta, se sienta posando su espalda sobre la pared. Cuenta que no ha comido nada porque está mal del estómago y, por eso, prefiere dormir. Es delgado, cabello canoso.</p>
<p><em>“Ayer vi una propaganda del evangelio cambia”.</em> Desde entonces pensó en ir  a un centro, salir de la calle. “<em>Dios se adelantó antes de que me arrepintiera</em>”. Sube al autobús después de tomar su bolso y un periódico de esos que reparten las instituciones religiosas, quizá el mismo donde leyó el mensaje.</p>
<p>Diablo, un poco temeroso, le sigue y asciende. Es su perro, su amigo desde hace un año. El nombre responde al color pardo que tenían sus ojos cuando lo vio. <em>“Come más que el dueño”.</em>  Antes también estaba Revoltoso, pero se ensartó en una rueda de un jeep, el vehículo se movilizó y quedó malherido. No podía controlar cuándo hacer sus necesidades, entonces Alí tuvo que prohibirle que durmiera sobre él. Una noche, Revoltoso lo hizo. Al amanecer estaba muerto. <strong>¿Lloraste? </strong><em>“Lloré una semana”. </em></p>
<p>Alí va sentado en el primer puesto de la fila derecha del autobús. <strong>¿Hace cuánto tiempo estás en la calle?, </strong>pregunta alguien. <em>“Mejor no hablemos de eso”</em>.  El espacio se convierte en una reunión de amigos. De pronto, en algún momento de la conversación, él pronuncia la palabra <em>“irrisorio”.  </em>Entonces, detecté a un gran lector.  <strong>“¿Te gusta leer? </strong>“<em>Sí, de todo</em>”.</p>
<p>Los minutos pasan. Habla de su viaje a Suecia, lo ordenado de ese país. De la terquedad del ser humano, el “no querer entender”. Quizá ese sea su modo de llamar lo que lo llevaba a estar en la calle. Más adelante, con el dolor que aflora con ese tipo recuerdos, Alí le contó a una compañera que su mujer y su hija fallecieron en un accidente.</p>
<p>El malestar en el estómago no le permitía comer. Era el resultado de ingerir todas las noches unas hamburguesas que se ganaba ayudando a unos amigos. <em>“Tanto pan”.</em> En algún tiempo trabajó en una panadería. Lo hacía después de bañarse y asearse. También vivió unos días con un conocido, pero debía ceñirse a sus reglas. De amigos Alí no habla mucho, prefiere estar solo porque en la calle algunos son violentos.</p>
<p>Después de unas horas se anima a comer. Al rato, le dan ganas de vomitar. Lo intenta en vano. <strong>¿Tienes ganas de ir al baño<em>?</em></strong><em> “No, es dolor en la boca del estómago”.</em>  Alí cierra los ojos mientras seguimos el recorrido. Aparenta dormirse a ratos, así como hacia en la calle para olvidar el dolor. A veces pronuncia un chiste, sonríe y piensa algo que no sabré. Es paciente. Llegamos al centro y con ese mismo carácter espera que todos se ubiquen para él hacerlo luego. No tiene prisa, aprendió a esperar. Le doy un abrazo como si lo conociera desde hace años. Alí responde con una muestra de cariño aunque no esté acostumbrado.</p>
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		<title>Caracas se queda sin metro</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/09/caracas-se-queda-sin-metro/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 20 Sep 2018 01:19:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Blanca Hurtado Nederr]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Metro]]></category>
		<category><![CDATA[Transporte]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Blanca Hurtado Nederr Es jueves 30 de agosto y, como ocurre casi todos los días, lucen muy&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>
<p>Es jueves 30 de agosto y, como ocurre casi todos los días, lucen muy concurridas las dos cuadras que separan el terminal de pasajeros La Bandera de la estación del metro La Bandera. La mayoría de la gente, que va por la avenida Nueva Granada, camina apurada y mira a los alrededores. Hay cualquier cantidad de vendedores informales en medio de las dos cuadras. Desodorantes, afeitadoras, cargadores y cigarrillos se observan entre los productos. Algunos se detienen a preguntar precios, pero no compran.</p>
<p>Por la avenida Nueva Granada también transitan motos, muchas motos. Hay carros que van a toda velocidad. Cruzar para llegar hasta la estación del metro es una odisea. La avenida está dividida en dos canales de ida y vuelta. En el centro están, además, las dos vías y una estación del Bus Caracas, así que la gran mayoría de las personas se las arregla para pasar al otro extremo y por fin entrar al subterráneo.</p>
<p>Al llegar a la estación, abarrotada de ciudadanos, la mayoría trata de apurar más el paso. Hay mucha gente en los pasillos y nadie en la taquilla. Hace meses que el Metro de Caracas está completamente gratuito y, desde entonces, es como si ningún servidor público estuviera dispuesto a dar la cara. Son innumerables las situaciones que a diario se presentan en este tipo de sistemas de transporte. Este jueves 30 de agosto no sería la excepción.</p>
<p>Pasadas las 11 de la mañana un apagón detiene a la multitud, que apenas intenta pasar los torniquetes. Todo está completamente oscuro. Nadie hace reporte alguno. La multitud se empuja, la multitud se desespera, la multitud comienza a tratar de salir lo más rápido posible.</p>
<p><strong>**</strong></p>
<p>Fue justo este mes cuando se conmemoraron los 40 años de la creación de la C.A Metro de Caracas, cuya empresa comenzó a funcionar de manera oficial el 8 de agosto de 1977 y años después, en 1983, se inauguró el primer tramo de la Línea 1 Propatria &#8211; La Hoyada. Cuatro décadas después, la empresa Metro de Caracas parece estar en medio de la nada. Como solución a la grave situación que enfrenta el medio de transporte más usado en la capital venezolana, a partir de septiembre se aplicará un aumento de las tarifas, que ahora estarán ajustadas al nuevo Cono Monetario.</p>
<p>En medio de la muchedumbre hay varias personas de la tercera edad. No se ve absolutamente nada. Algunos, los más osados, optan por usar sus teléfonos para alumbrar. Así, muchos aprovechan para subir las escaleras. Los viejitos se quedan atrás, entre ellos se encuentra una señora que lleva bastón. La desesperación empieza a apoderarse de ella. Grita. Pide ayuda. Nadie es capaz de darle la mano. Todos buscan la manera de salir. Algunos la empujan. La señora llora. La señora no encuentra qué hacer. La señora se agarra, como puede, de alguien que va pasando. La señora, finalmente, logra salir.</p>
<p>Como ella y toda esa multitud, que no es ni siquiera la cuarta parte de la cantidad de usuarios que llegan a estar en horas pico en la estación Plaza Venezuela, suman a diario más de 3 millones personas las que se trasladan por este medio de transporte.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Una vez afuera, muchos se sienten aliviados después de haber superado los minutos más largos. No han pasado ni siquiera 10 minutos desde que se fue la luz y, sin embargo, la cantidad de gente en la avenida Nueva Granada es impresionante.</p>
<p>Las pocas camionetas que pasan van full. La gente comienza a aglomerarse. Muchos no llevan efectivo. Afuera de la estación del metro alguien lanza billetes de 1.000 Bolívares Fuertes. Son pocos quienes se detienen a tomarlos.</p>
<p>A los ciudadanos no les queda más que regresarse. Un grupo significativo se dirige, nuevamente, hacia el terminal de La Bandera. De ahí toman la vía que da al Paseo Los Ilustres. En esas paradas hay tanta gente como afuera de la estación. El sistema Metrobús tiene más de horas sin pasar.</p>
<p>“Ahora tenemos que pensarlo hasta para salir de la casa”, protesta una adulta mayor, notablemente extenuada por la espera, el calor y el sol.</p>
<p>La gente opta por seguir su rumbo a pie. Al notar la multitud, no hay buseta capaz de detenerse. Entre toda la gente hay dos señoras mayores. Ellas se van quedando atrás, al igual que otros tantos. Ellos no son más que el reflejo de una Caracas que colapsa cuando se queda sin metro.</p>
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		<title>La odisea de transportarse en Guárico: a veces en Yutong, a veces en &#8216;perreras&#8217;</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 07 Sep 2018 01:14:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Perreras]]></category>
		<category><![CDATA[Transporte]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
		<category><![CDATA[Yutong]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="la-mayoria-de-las-unidades-de-transporte-que-aun-circulan-en-venezuela-van-abarrotadas-de-gente-y-hay-quienes-no-tienen-mas-opcion-que-arriesgar-su-vida-en-las-llamadas-perreras"><span style="color: #6e4d8b;"><strong>La mayoría de las unidades de transporte que aún circulan en Venezuela van abarrotadas de gente y hay quienes no tienen más opción que arriesgar su vida en las llamadas  &#8216;perreras&#8217;</strong></span></h4>
<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>
<p>Un Yutong hace su parada en la avenida Miranda de San Juan de los Morros, estado Guárico, en los llanos centrales de Venezuela. Un sol abrasador acompaña a los presentes. El calor hace interminable la espera mientras unos suben y otros bajan del autobús. En la cola hay -en su mayoría- personas de la tercera edad. Los niños que van están notablemente enfadados y, al igual que los adultos mayores, reflejan en sus rostros la tristeza de una Venezuela que cada vez les exige más y les ofrece menos.</p>
<p>Son poco más de 2: 00 de la tarde. La gente se aglomera -como puede- a lo largo del bus. Los pasajeros tratan de darse aire con las manos. Abren las ventanas. No hay aire acondicionado, pues éste ha estado ausente durante los últimos meses de la ruta N 100 de este sistema de transporte, uno de los más usados en la capital guariqueña.</p>
<p>El autobús sigue su acostumbrado recorrido hasta llegar a la parada de la Casa Golfi, ubicada en el centro de la ciudad. La cola de gente es abrumadora y, apenas el bus se detiene, todos buscan la manera de acercarse para lograr abordar. “Caminen hasta el final del pasillo, por favor”, repite el conductor, quien se lleva miradas de odio de la mayoría de los pasajeros.</p>
<p>La próxima estación es ahora frente al Hospital Israel Ranuárez Balsa. Ahí, la cantidad de ciudadanos se pierde de vista. Al abrir la puerta todos se empujan sin compasión. En ese momento,  el conductor reitere su acostumbrado mensaje:  “Caminen hasta el final del pasillo, por favor”. Como respuesta, todos empiezan a protestar: “Será que nos vamos a montar unos sobre otros?, “Qué terrible lo que nos toca vivir en Venezuela“.</p>
<p>En esta parada apenas dos del total de personas que se montaron en la avenida Miranda van sentados. Sin embargo, el conductor rememora a los pasajeros que deben desplazarse a lo largo del pasillo para que muchos más puedan subir.</p>
<p><strong>**</strong></p>
<p>40 minutos después se llega a la Plaza Bolívar. Los olores ya han tomado el bus. La gente protesta y el chofer repite: “Caminen hasta el final del pasillo, por favor”. Hay en muchos pasajeros rostros de rabia, de cansancio, de querer bajarse, de correr, de tomar aire. Pero nadie es capaz de bajarse.</p>
<p>El Yutong continúa su ruta y pasan 20 minutos más para su parada en la Villa Olímpica, lugar que se proyectaba ser la ciudad olímpica de Venezuela y que hoy luce completamente descuidado.</p>
<h4 id="lee-tambien-caracas-se-queda-sin-metro"><a href="http://www.seisgrados.com.ve/2018/09/caracas-se-queda-sin-metro/">Lee <strong>también Caracas se queda sin metro</strong></a></h4>
<p>En la siguiente estación hay mucha gente que decide subirse para asegurar un asiento hasta que el bus vuelta a pasar por el centro, aunque eso implique llegar hasta el terminal de San Juan. Los pasajeros están a punto de explotar y el conductor lo nota. De inmediato, exige a alguien ceder el puesto a una persona de la tercera edad. Esto apacigua el ambiente y hay quienes  comentan -entre ellos- que en Venezuela no todo está perdido.</p>
<p>La mayoría de las unidades de transporte que aún circulan en Venezuela van abarrotadas de gente y hay quienes no tienen más opción que arriesgar su vida en las llamadas  &#8216;perreras&#8217;. Como consecuencia de lo último, en lo que va de año más 30 de personas han perdido la vida y otras 250 han resultado lesionadas, una situación que se ha agravado en los últimos meses y que se ha replicado en todo el país. <b></b></p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Desde principio de año una nueva figura del transporte ha tomado las calles de ciudades y poblaciones rurales del territorio nacional. Se conocen como  &#8216;perreras&#8217; y no son más que camiones 350, de volteo o cavas que van full de personas.<b> </b></p>
<p>En la avenida Sucre de San Juan de los Morros, en el centro de la ciudad, hay una parada fija. Ahí, hacen su cola quienes desean trasladarse a zonas como La Zamora, La Ceiba, Brisas del Valle y la Universidad Nacional Experimental Rómulo Gallegos.</p>
<p>Los camiones hacen las veces de las llamadas busetas en Venezuela. Un colector cobra el pasaje, generalmente muy por encima de la tarifa acordada y, tal como si se tratara de rebaños, la gente sube apenas agarrada de un par de barandas.</p>
<p>De cerca o de lejos, la cantidad de personas que van a bordo es completamente abrumadora. Se pierde de vista.</p>
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		<title>Crónica: Cómo sobrevivir con el salario mínimo en Venezuela</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/08/vivir-con-el-minimo-en-venezuela/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Aug 2018 01:54:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Economía]]></category>
		<category><![CDATA[FMI]]></category>
		<category><![CDATA[Maduro]]></category>
		<category><![CDATA[Por Julieta Márquez]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“En algunas de esas casas me dan comida y lo que hago es que me la llevo para&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="en-algunas-de-esas-casas-me-dan-comida-y-lo-que-hago-es-que-me-la-llevo-para-mis-hijos-ellos-se-alegran-cuando-me-ven-expresa-con-gesto-de-ingenuidad-como-si-en-ese-momento-dejara"><span style="color: #6e4d8b;">“En algunas de esas casas me dan comida y lo que hago es que me la llevo para mis hijos. Ellos se alegran cuando me ven”, expresa con gesto de ingenuidad, como si en ese momento dejara atrás los tantos años que todo esta situación le ha sumado a sus apenas 32 años de vida</span></h4>
<p><strong>*</strong></p>
<p>“Por favor, no te olvides de mí” , dijo. Mientras, palpaba mis manos como queriendo dar otro mensaje. Siguió un abrazo y al recibirlo me preguntaba:  “¿Qué puedo ofrecerle?”, “¿conseguiré más leche para su bebé?”.</p>
<p>Me despedía de un trabajo y, con él, también de María. Ella lo sabía.</p>
<p><strong>**</strong></p>
<p>María López labora como obrera en una institución pública venezolana, donde devenga salario mínimo (5.196.000 bolívares, calculado en el mercado paralelo en 1,5 dólares), un sueldo con el que no puede comprar un kilogramo de carne, tampoco un cartón de huevos, mucho menos leche. Sí, la que necesita para su hijo menor que apenas cumplió un año de edad. Con él ha tenido que pasar de todo para alimentarlo. Y, en este momento, quizás se encuentre en la peor situación: solo tiene para darle arroz como suplemento.</p>
<p>En los últimos dos meses, la crisis venezolana se ha agravado de tal magnitud que recientemente el Fondo Monetario Internacional (FMI) estimó la inflación en 1.000.000% al cierre de este año, estimación que hasta abril no pasaba el 14.000%. En hogares como el de María esto tiene consecuencias realmente dramáticas.</p>
<p>“Antes pensaba qué comeremos mañana. Ahora no sé qué nos tocará para el almuerzo, la cena. Si yo no tuviera tres hijos, creo que llevara esto con más calma”, reconoce apenada y calla.</p>
<p>Junto a sus hijos de 1, 5 y 7 años, María también está a cargo de su mamá, quien la ayuda con el cuidado de ellos. Así es cómo puede cumplir su jornada diaria en la administración pública y luego como doméstica.</p>
<p>“En algunas de esas casas me dan comida y lo que hago es que me la llevo para mis hijos. Ellos se alegran cuando me ven”, expresa con gesto de ingenuidad, como si en ese momento dejara atrás los tantos años que todo esta situación le ha sumado a sus 32 años de vida.</p>
<p>María es habitante de La Bombilla, una conocida zona popular caraqueña perteneciente al 23 de Enero. Ahí recibe su bolsa de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), distribuida a precio subsidiado por el Estado. Comentó que si bien se la entregan con regularidad, la cantidad de productos no es suficiente para el sustento de su numerosa familia.</p>
<p>“Una caja no alcanza para todos en la casa. Debo salir a hacer milagro con lo que gano para comprar algunas cosas”, contó notablemente extenuada por el cansancio  físico y mental.</p>
<p>Además de la compleja situación alimentaria, la crisis del transporte impacta en la calidad de vida de los venezolanos. Ella no escapa de esto y, por eso,  debe hacer largas caminatas diarias y subir un sin número de escaleras para llegar a casa, donde vive alquilada desde hace varios años.</p>
<p><strong>***</strong></p>
<p>María extendió aquel abrazo. Yo, que lo recibía, tocaba a un ser cadavérico, débil, ido, que apenas hablaba. Recordaba, entonces, que hace mes y medio no estaba así.</p>
<p>“Si tienes leche o arroz, por favor, me llamas”, fue su última petición —hecha con un poco de pena y una evidente necesidad—.</p>
<p>Esa mirada del hambre quedó grabada, similar a lo que describiera el periodista argentino Martín Caparrós en su libro El Hambre, páginas en las que cuenta su experiencia en países de África.</p>
<p>“&#8230;Seguimos hablando de sus alimentos y la falta de ellos y yo,  tilingo de mí, me enfrentaba por primera vez a la forma más extrema del hambre y al cabo de un par de horas de sorpresas le pregunté —por primera vez, esa pregunta que después haría tanto— que si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a un mago capaz de dársela, qué le pediría.</p>
<p>—Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo</p>
<p>comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.</p>
<p>—Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas.</p>
<p>—¿De verdad cualquier cosa?</p>
<p>—Sí, lo que le pidas.</p>
<p>—¿Dos vacas? Me dijo en un susurro, y me explicó:</p>
<p>—Con dos sí que nunca más voy a tener hambre.</p>
<p>Era tan poco, pensé primero.</p>
<p>Y era tanto”.</p>
<p>Fragmento tomado del libro de Martín Caparrós.</p>
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		<item>
		<title>Perro ladrón</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/07/perro-ladron/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Jul 2018 16:06:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Familia]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Mascotas]]></category>
		<category><![CDATA[Niñez]]></category>
		<category><![CDATA[Perros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Julio César Blanco Mendoza Para mí era muy fácil tener mascotas en mi infancia, ya que cualquier&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Julio César Blanco Mendoza</strong></p>
<p>Para mí era muy fácil tener mascotas en mi infancia, ya que cualquier pequeño bicho lo guardaba en mis bolsillos o buscaba un envase para conservarlo, desde cucarachas, grillos, lagartijas, sapitos o lo que me encontrara, incluso me fascinaba el orden de las hormigas, pero tenía mucho cuidado con las rojas ya que su mordida ardía mucho. Todo animal era un entretenimiento maravilloso a mi corta edad.</p>
<p>Llegó un cachorro de perro a mi casa que en poco tiempo creció a tamaño medio, aunque para mi estatura lo consideraba bastante grande y fuerte. Cuando jugaba con él siempre quedaba aporreado por su juego tosco y rudo; sus mordidas suaves igual maltrataban, era bastante juguetón salvo cuando comía, en ese momento se mostraba agresivo con cualquiera que pasara cerca. Fue un perro que se convirtió en mi compañero en las excursiones diarias en el pequeño terreno de mi abuela, que para mí era un enorme espacio de juegos y entretenimiento. Como todo perro, comenzó sus andanzas con mordidas de todo tipo, acabó con todas mis pelotas de plásticos, en un tiempo destrozó cualquier zapato que se dejaba al descuido. Fue un momento de gran sorpresa cuando descubrí que la desaparición de mis muñequitos de soldados plásticos se debía a que se los tragaba y sólo pude descubrirlo cuando en sus heces sobresalía la mitad de un soldado lanzando una granada.</p>
<p>Un día vino a la casa una compañera de escuela a realizar una tarea, no recuerdo si era parte tarea o parte juego, pero en fin, estaba en casa. Mi abuela se fue por un momento al abasto a realizar algunas compras, dejándonos adentro de la casa con la puerta cerrada ya que mi amiga tenía miedo al perro. Estuvimos bastante entretenidos entre la tarea y los juegos, en algún momento ella se acercó a la ventana para mirar al perro, el perro al parecer presentía el miedo porque se paró en dos patas frente a la ventana y ladró tan fuerte que agrietó uno de los vidrios, por supuesto el susto de ambos fue tal que casi nos caímos de la impresión. Al poco rato llegó mi abuela, a quien le conté lo sucedido, ella inmediatamente se molestó, mandó a mi amiga para su casa y me dio el mayor de los regaños. Yo insistía en contarle lo que había ocurrido y mi abuela no creyó en lo absoluto que el perro con su ladrido agrietó el vidrio, culpándonos a los dos de algo que no habíamos hecho.</p>
<p>Muy molesto e indignado por ser culpado de algo que no había hecho, salí de la casa hacia el terreno, me senté en las escaleras, quejándome y con mucha rabia, esa rabia que conservan los niños por largo rato sin entender los regaños de los adultos. El perro se sentó a mi lado como acostumbraba, cuando lo vi empecé a gritarle que por su culpa me regañaron y casi me pegan, que no se me acercara más, le grité varias veces ¡PERRO LADRÓN!, ¡PERRO LADRÓN!, el perro agachaba la cabeza y las orejas, me paré molesto y me fui a mi cuarto a llorar de la impotencia y con la rabia contenida.</p>
<p>Al pasar las horas se me fue pasando la rabia, igual que a mi abuela. Lo sucedido también fue disminuyendo en importancia, aunque no pude convencer a mi abuela que no fue mi culpa, lo que si se mantenía en mi mente eran las palabras que le había gritado al perro. Cuando el perro se me acercó de nuevo con las orejas agachadas y ojos de suplica, comprendí que se sentía igual que yo porque lo llamé incorrectamente LADRÓN, por la forma en que me miraba pensé que sentía tanta injusticia como yo sentí cuando me culparon. En ese momento no encontré la palabra adecuada para decirle que ladraba muy fuerte y LADRÓN fue la palabra que pude conjugar a mis pocos años y con mi conocimiento. Me arrodillé, le abracé y le pedí perdón, más nunca le llamaría PERRO LADRÓN. Fuimos grandes amigos, casi como hermanos. Murió después de doce años de vida, todavía lo recuerdo gratamente, mi gran perro fiel y protector.</p>
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