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	<title>Cancer &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Cancer &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Médico especialista explica la alta predisposición al cáncer de piel en Venezuela</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Jun 2019 18:31:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Cancer]]></category>
		<category><![CDATA[Domingo Luciani]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr </strong></p>



<p>Andrés Eloy Soto Montenegro es Cirujano Plástico, Estético, Reconstructivo y Maxilofacial. Desde el Hospital Dr. Domingo Luciani, ubicado en El Llanito, Caracas, cumple junto a otros adjuntos una labor incansable y heroica: la de tratar pacientes con múltiples patologías y graves lesiones en la piel como quemaduras, cicatrices patológicas, labio paladar hendido y cáncer de piel, entre otras, esta última con alta predisposición en Venezuela debido a su condición de país tropical.</p>



<p>La constante exposición a los rayos ultravioleta, el tabaquismo y la alimentación son factores de riesgo que los venezolanos deben tener en consideración desde temprana edad para evitar un efecto acumulativo. Recibir formación sobre el tema resulta fundamental y por esa razón el próximo 13 de junio se realizará, en el piso de 2 de este hospital caraqueño, la VIII Jornada de Despistaje de Cáncer Piel, actividad a la que pueden asistir -de manera gratuita- niños y adultos.</p>



<p>Aunque para muchos las pecas representan un elemento estético, sus cambios de tamaño y color son razones para asistir a una consulta médica. Ocurre igual con los lunares que crecen, presentan prurito, escamas y -en algunos casos- sangran. <br /><br />Adicional al servicio que ofrece en el Hospital Domingo Luciani, el doctor Andrés Eloy Soto Montenegro tiene una consulta privada en el Centro Médico Quirúrgico Medina’s , situado en Chuao, Caracas,  donde realiza tratamientos estéticos como rinoplastia, mamoplastia de aumento, blefaroplastia y rejuvenecimiento facial, entre otros. <br /><br />El equipo de <strong>Seis Grados</strong> conversó con este médico venezolano para conocer qué tan común es el cáncer de piel en el país y la importancia de la detección temprana. El encuentro también sirvió para hablar sobre la rinoplastia, la cirugía estética más solicitada por pacientes.</p>



<p><strong>-Cuando hablamos del cáncer de piel, ¿qué aspectos se deben tener en consideración para que una persona diga: ‘esto es alarmante y me debo tratar’?</strong><br /><br />Si hay una reciente lesión que tenga bordes irregulares, que sea de múltiples colores, que sea pruriginosa, que sea escamosa, que no sane o si se trata de alguna lesión, lunar o tipo de mancha en la piel que estuvo toda la vida con una persona de manera igual y de pronto comienza a cambiar, a crecer, a escamar, a sangrar, todo eso debe ser motivo de consulta para que el especialista -sea el cirujano plástico reconstructivo o el dermatólogo- pueda evaluarlo, orientarlo y -si es necesario- tomar biopsia para hacer diagnóstico. <br />No es que porque soy pecoso no voy a ir al dermatólogo, al cirujano plástico. Hay que estar consciente de eso. <br /><br /><strong>-¿Cuáles son las áreas más propensas a padecer cáncer de piel? </strong><br /><br />Las áreas de exposición al sol son las más frecuentes: la cara, el cuello, el tórax, la parte de las manos y de los brazos. Eso no quiere decir que los rayos ultravioleta no traspasan la ropa o que la gente que está trabajando bajo techo piense que no le pega la luz ultravioleta o que hay otras luces que no le afecten, y si es así.<br /><br />Otro aspecto es que el efecto de la luz solar es acumulativo, el daño sobre la piel es acumulativo, es decir, que si una persona tomó muchísimo sol durante 30 años y después lo dejó de tomar, tiene una gran predisposición a poder producir un cáncer de piel porque ya estuvo 30 años llevando mucho sol, entonces cualquier cosa extra ya va a sumar. No es que dejó de tomar sol y ya eso quedó allí. No, ya ese acumuladito está, entonces hay que tener mucho cuidado, por eso las personas de la tercera edad son las que más presentan cáncer de piel porque ya han llevado mucho sol y existen muchos otros factores: hay factores intrínsecos, extrínsecos que son muy variables y otros que son inherentes a cada individuo. <br /><br />–<strong>¿Además del sol influyen otros factores? </strong><br /><br />Muchos, la gente de piel muy blanca está más predispuesta y el factor genético. Hay personas que ya tienen una carga genética, va ese gen allí y pues tienden a manifestar este tipo de cáncer más frecuentemente que otras personas. También el tabaquismo, la alimentación, el estrés, todos estos factores influyen muchísimo en que las personas puedan presentar o no lesiones de cáncer de piel. <br /><br /><strong>-¿Qué tan frecuente es el cáncer de piel en Venezuela? </strong><br /><br />Más de lo que nos imaginamos y cada vez más porque evidentemente sabemos el alto costo de la vida, de los protectores solares, etcétera, y para muchas personas la prioridad es comer, es transporte, es colegio y estamos en modo supervivencia en Venezuela, pero también no podemos olvidar que nuestra salud es lo primero. Sin salud no hay nada y buena parte de cuidar la salud implica poder usar estos protectores solares. <br /><br />Venezuela es un país tropical y los rayos ultravioleta son los que más motivan o hacen que aparezca el cáncer de piel. Las personas deben saber cuidarse en un clima como este. Usar protector solar en la mañana, al mediodía y en la tarde, es decir, cada cuatro horas. Eso lo hacen muy pocas personas, pero es algo que todos deberían hacer. <br /><br /><strong>– En esta oportunidad se llevará a cabo la VIII Jornada de Despistaje de Cáncer de Piel,  ¿cómo se desarrollará la actividad? </strong><br /><br />A los pacientes se les darán charlas orientadoras sobre cómo cuidar la piel, qué es la piel, cuáles son los más comunes y cuál es el tratamiento. Posteriormente se evalúa paciente por paciente, todos los que tengan alguna lesión o tengan alguna inquietud, alguna sospecha de cáncer de piel. <br /><br />Luego le diremos si necesita una biopsia. Dependiendo del resultado, si es el algo benigno o maligno, se le realizaría el tratamiento quirúrgico y ya la persona estaría curada. <br /><br />La idea es educar, prevenir y, además, si hay personas que tengan estas sospechas o estas lesiones, tratarlas adecuadamente. Es un apoyo que venimos prestando en el Servicio de Cirugía Plástica, Reconstructiva Y Maxilofacial del Domingo Luciani por iniciativa propia. <br /><br />Antes trabajábamos en conjunto con los dermatólogos, porque también teníamos Servicio de Dermatología en el hospital, pero desde que se fueron los últimos doctores del país lo estamos haciendo nosotros. Lo ideal es trabajar con dermatólogos que son los encargados no de la parte quirúrgica pero sí de la piel.  Sin embargo, este año se invitó a la Sociedad de Dermatología que prestará el apoyo con la asistencia de algunos dermatólogos a esta jornada.</p>



<p><strong>– Aproximadamente, ¿cuántas personas atienden en estas jornadas y de ese total cuántas han tenido un diagnóstico de cáncer de piel? </strong></p>



<p>Es variable. Ha ido incrementando. Antes había 80 personas cuando se comenzó, luego 100 – 200 – 300, ya vamos por 500 pacientes, un número bastante grande. De allí más o menos 50 – 80 pacientes el año pasado tuvieron un diagnóstico y se trataron en el hospital sin ningún problema.</p>



<p><strong>– En su condición de cirujano plástico seguramente es muy solicitado para tratamientos estéticos, ¿considera que han mermado por el momento país?</strong></p>



<p>Sí, muchísimo. Hasta hace unos años era más económico hacerse estos tratamientos aquí en Venezuela, ya eso no es así. Las prioridades del venezolano han variado, la prioridad ahora es para la comida, el transporte, para las cosas básicas y ya no les alcanza para hacerse los tratamientos estéticos como se los hacían anteriormente.</p>



<p><strong>– De los tratamientos faciales y corporales que ofrece, ¿cuáles son los más frecuentes y por qué? </strong></p>



<p>La rinoplastia y mamoplastia son las dos cirugías más solicitadas en mi consulta privada. La rinoplastia porque es una cirugía muy frecuente, hay personas que no se sienten a gusto con su nariz y eso tiene efectos en su vida. Tengo pacientes que antes ni siquiera se tomaban una foto, después de la cirugía se toman muchas selfies porque se sienten más seguros.</p>



<p>En cuanto a la mamoplastia pasa igual. He tenido pacientes que en la primera consulta no se atrevían ni a mostrar sus mamas y después de la cirugía lo hacen sin ningún problema porque se sienten a gusto con su imagen y aumentan su autoestima.</p>



<p><strong>-¿Ha recibido en su consulta pacientes con Trastorno Disfórmico Corporal? </strong></p>



<p>Muchos. A la mayoría los he logrado detectar gracias a mi formación. Este tipo de pacientes hay que remitirlos de inmediato a médicos psiquiatras para que puedan tratarlos de manera adecuada.</p>



<p><strong>– Algunas personas piensan que se puede prescindir de los tratamientos estéticos, ¿cómo lo ve siendo cirujano plástico?</strong></p>



<p>Para mi la estética va mucho más allá de cómo se puede ver una persona. Asumo la estética como un equilibrio entre lo interno y externo. Si hay algo de eso que se pueda cambiar o mejorar para sentirse mejor y crecer o seguir creciendo como persona, perfecto lo hago.</p>



<p>La coherencia es la clave para mi en la vida, así como también lo es llevar el equilibrio entre el crecimiento espiritual, científico, profesional y físico. A veces uno por el trabajo o por el estilo de vida abandona un poco el físico, eso no está bien.  </p>



<p>Considero que la competencia tiene que ser siempre contigo mismo, además de tener siempre las mejores intenciones y esforzarte por ser mejor día a día como ser humano, como profesional. Mi único objetivo es superarme a mí mismo todos los días y reconocer dónde pueden estar mis fortalezas y fallas.</p>



<p>Andrés Eloy Soto Montenegro se graduó de médico en la Universidad de Carabobo. Posteriormente, se trasladó a Caracas para cursar el postgrado de Cirugía General en el Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño y el postgrado de Cirugía Plástica, Reconstructiva y Maxilofacial en el Hospital Dr. Domingo Luciani.</p>



<p>En sus consultas públicas y privadas ha realizado más de 10.000 operaciones. Ha asistido a más de 500 congresos y cursos nacionales e internacionales.</p>





<p>El Servicio de Cirugía Plástica, Reconstructiva y Maxilofacial del Hospital Domingo Luciani se encarga de toda la parte reconstructiva y estética. Se realizan cirugías reconstructivas en pacientes que tienen traumatismos faciales, se hacen cirugías estéticas en cara y cuerpo y cirugías post bariátricas. Igualmente, se trabaja todo lo relacionado a la parte reconstructiva oncológica. Se tratan malformaciones congénitas, se llevan a cabo cirugías de mano en conjunto con el Servicio de Cirugía de Mano y -de manera conjunta con el Servicio de Neurocirugía- se ayuda a la reconstrucción de los pacientes que nacen con Mielomeningocele.</p>


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		<title>Otro primer día de quimios</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/otro-primer-dia-de-quimios/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Apr 2018 12:26:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Cancer]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Erick Lezama Aranguren]]></category>
		<category><![CDATA[Quimioteriapia]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[Salud pública]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Yo me curé, tras seis ciclos de quimioterapia. En 2016, mis exámenes no arrojaron indicio alguno de la&#8230;</p>
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<p><strong>Por Erick Lezama Aranguren </strong></p>
<p>Mi mamá y yo entramos al Instituto Oncológico Doctor Luis Razetti antes de las 7:00 de la mañana. Con prisa porque vamos tarde, subimos al piso dos. Entregamos los informes médicos en una pequeña oficina. Una chica amargada chequea cuáles quimioterapias necesitamos. “Siéntense; esperen a que les llamemos”, nos dice atropellando las palabras y sin mirarnos a la cara.  Nos llamará horas después para informarnos que ya le trajeron los medicamentos del almacén, y que nos dirijamos a una sala amplia que está en el piso 1,  donde le aplicarán el tratamiento.</p>
<p>Pero ahora salimos de la oficina tomados de la mano y nos sentamos. El lugar, en las entrañas de Cotiza, un barrio del centro-norte caraqueño, es una vieja estructura neoclásica construida en las primeras décadas del siglo XX.  Dos pisos, largos corredores, baños sucios; y un jardín interno –con un enorme y hermoso pino verde en el medio-  que  inunda todo de luz natural. Hace frío pero es un día soleado, de un cielo muy azul.</p>
<p>El pasillo está repleto de pacientes, casi todos calvos y algunos –no todos- lucen demacrados. Los médicos van y vienen con sus batas blancas y estetoscopios al cuello.  Aquí, en esta sala de espera, siento que estamos esperando para abordar el tren que nos llevará de vuelta a ese territorio que el británico Cristopher Hitchens –en Mortalidad, libro escrito durante su tratamiento contra el cáncer– llamó <em>el país de la enfermedad</em>. Una cuesta, un perímetro árido, una zona boscosa sin atajos; donde al entrar, insiste Hitchens, “es como que te dijeran: vamos a necesitar unas cosas tuyas: tus papilas gustativas, tu capacidad de digerir, el pelo de tu cabeza”.  Y sí. “Se le puede quitar el apetito, tendrá nauseas, diarrea, pero no deje de hidratarse, porque se puede descompensar”, nos advertirá la chica amargada.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Le señalo con el dedo a mi mamá una gigantografía de Jesús de la Misericordia que reza “<em>Jesús, yo confío en ti</em>”, frase que hemos convertido en un mantra. Ella hace una media sonrisa. “La risa es un escudo ante el miedo”, escribió mi amigo Nolan, en un texto sobre el cáncer de su madre. ¿Tendrá miedo? No parece. ¿Será que, madre al fin, está disimulando para que yo no me angustie? ¿Estará tranquila, como me dice,  como genuinamente me muestran sus ojos?</p>
<p>Yo la abrazo. Estoy nervioso, pero no se lo digo. Es que tengo aún muy fresco el recuerdo de mi primera quimioterapia. Fue en julio de 2015, apenas días después de que me diagnosticaran un linfoma no hodgkin, grado IV. Cuando aquella cristalina solución comenzó a entrar a mi cuerpo, me empapé de sudor y sentí un calor sofocante, dolores, nauseas, mareos y asfixia. Todo a la vez. Tuvieron que reducir el ritmo del goteo, porque no lo soportaba. Y pasé siete horas conectado. Después mi hemoglobina y mis plaquetas se derrumbaron; por lo cual estuve 15 días hospitalizado recibiendo transfusiones sanguineas.</p>
<p>Nadie quiere que algo así le pase a su madre.</p>
<p>Yo me curé, tras seis ciclos de quimioterapia. En 2016, mis exámenes no arrojaron indicio alguno de la enfermedad. El cáncer, sin embargo, a veces es esquivo, terco y caprichoso. Volvió a finales de ese año, pero en el cuerpo de mi madre. En su útero había un tumor grande, de 5 centímetros, que extirparon; y que ahora, en 2018, está recreciendo de nuevo. Necesitaremos quimioterapias y radioterapias. Y por eso aquí <em>estamos </em>de nuevo; disueltos en frustración aunque aferrados nuestra fe.</p>
<p>Conscientemente escribo en plural porque –luego de ser tanto paciente como acompañante- estoy convencido de que es cierto lo que leo en uno de los muchos carteles pegados en una pared del hospital: “Cuando alguien tiene cáncer, la familia y todo aquel que lo ama también”, cita atribuida a la guitarrista y cantante canadiense Terri Clark, cuya madre falleció de esa enfermedad. Uno se siente impotente por no poder hacer más. Por no poder aminorar el vómito, el dolor de espalda, el remolino en que se convierte el estómago. Por no poder tener a la mano todos los medicamentos, esa tarea bestial para quienes vivimos en Venezuela y sufrimos los embates de una turbulencia económica que repercute en la salud pública.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>-¡Miguelina! ¿cómo estás? ¿estás lista? ¿Con ánimo? ¿Desayunaste?</p>
<p>La mujer que enérgicamente saluda a mi mamá se llama Maguela. Ayer se conocieron mientras se practicaban los análisis de laboratorio necesarios antes del tratamiento. Tiene 45 años y cáncer de mama. Lo superó una vez, pero volvió nueve años después, con metástasis en el pulmón y en los huesos. La acompaña su madre, que es sobreviviente del mismo tipo de cáncer. Al rato, cuando mi mamá se sumerge en una larga conversación con nuestra querida amiga San, quien ha llegado a acompañarnos con su sonrisa, Maguela se sienta a mi lado y me cuenta su historia.</p>
<p>–El año pasado, por esta fecha, estaba mal, muy mal. Me tuvieron que drenar dos veces el pulmón, porque lo tenía lleno de líquido. Qué dolor tan grande, me privé de llanto. Me han puesto muchas quimios y ahora es que me falta. Pero mírame como estoy de bien.</p>
<p>Y tiene razón: se ve muy radiante: tiene pelo, la piel tersa, la cara maquillada y la mirada suave saliendo de sus ojos claritos.</p>
<p>-Quiero vivir – continúa-. Quiero vivir por mis nietos. Hace un tiempo, cuando ya no podía con los malestares, la más pequeña llegó de la playa, me dijo: “Abuela, me encanta el mar, porque me recuerdas tus ojos”. Yo ahora valoro más la vida. Cada cosa que me como, cada detallito por pequeño que sea. Dale mucho apoyo a tu mamá. Claro que es posible salir de esto.</p>
<p>No puedo evitar decirle que la entiendo, que tuve cáncer, que es así, que claro que se puede salir.</p>
<p>A la conversación se incorpora una chica que viene de los Valles del Tuy, una ciudad dormitorio cercana a Caracas.</p>
<p>-Buen día, Maguela. Voy llegando tarde porque anoche me quedé hasta tarde en la casa de una sobrina. Me reí mucho, mucho. Tenía años que no me reía así. Eso hace falta.</p>
<p>(La escucho y pienso en una hermosa frase del escritor y periodista Enric González: “Hay momentos en los que hace falta escuchar risas. Incluso si son falsas. Ahuyentan la náusea. Espantan la muerte”).</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hablan tendidamente. Me doy cuenta que aquí, en estos pasillos, se ha fraguado entre ellas una amistad. En algún momento dejo de prestar atención. Trato de leer un libro; no me concentro y lo cierro. Me distraigo. Veo a lo lejos a una señora, que ayer conocimos en el laboratorio y también nos contó parte de su historia. Nos dijo que vive en Maturín, capital del estado Monagas, en el oriente del país; y que cada 21 días viene para el tratamiento. Nos comentó que se siente bien, que su tumor en el seno se ha hecho más pequeño con las quimioerapias, pero que Doxorrobucina, uno de los medicamentos –que por cierto también requiere mi mamá– no hay en el hospital y que no tiene forma de traerlo del exterior, donde cada ampolla puede costar hasta 90 dólares. La veo a lo lejos, sonriente y maquillada y la saludo agitando la mano.</p>
<p>Vuelvo a escuchar a quienes tengo a mi alrededor.</p>
<p>-Él tuvo cáncer también y se curó- le dice Maguela a su amiga, al percatarse de que les estoy prestando atención.</p>
<p>Sonrío.</p>
<p>Un señor obeso con los ojos llorosos que escuchaba, interviene.</p>
<p>-Oye, tan joven. A mí me diagnosticaron cáncer de piel el año pasado. Me operaron y salí bien. Pero desde entonces sufro ataques de pánico. Es horrible, horrible, siento que me estoy muriendo. Vine al psiquiatra.</p>
<p>-Carlos, pero piensa que estás vivo. Claro que vas a poder – le responde Maguela.</p>
<p>Ha pasado un rato y escucho que llaman a mi mamá. San y yo vamos con ella. Caminamos a la sala de espera del salón de quimio, en planta baja. Y un par de horas después, la llaman para que ingrese. Y siento taquicardias. Quiero llorar, pero no lloro. No quería que eso le ocurriera. “Tranquilo, mi amor”, me dice San, con su voz tan dulce, mientras mi mamá se aleja. Debemos esperarla aquí.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Pasa una hora.</p>
<p>Pasan dos horas.</p>
<p>Pasan tres horas.</p>
<p>Siento que han sido más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>San habla; yo la escucho. Yo hablo; ella me escucha. A veces nos quedamos en silencio y  escuchamos cosas las que dicen.</p>
<p>Cosas como: “Ahorita a una allá adentro se le explotó un seno”.</p>
<p>Cosas como: “No llores, no llores para que ella no te vea así”.</p>
<p>Cosas como: “Hay que tener mente positiva; hay que ser fuerte”.</p>
<p>“En los hospitales nos sentimos cosificados y empequeñecidos. Tanteamos nuestras limitaciones, recordamos que el esqueleto nos duele. Constatamos que el cuerpo se corrompe y el baile se acaba”,  reflexionó en una de sus crónicas el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Comienzan a salir pacientes de ese salón que para algunos ha sido una máquina demoledora: entraron risueños y ahora son escupidos por esa puerta vueltos añicos.</p>
<p>La chica de Los valles del tuy sale pálida. Mientras espera que llegue un familiar a buscarla, cuenta a quienes tiene alrededor cómo comenzó todo.</p>
<p>-Tenía una pelotica en el seno. La teta se me puso dura, el pezón se tornó más oscuro, pero yo no le paré. Seguí dando clases, porque soy maestra. Pero un día, con miedo, le comenté a una sobrina. Le dije: “Mira como tengo esto”. Y ella se alarmó. Me dijo que fuera al médico, pero yo no quería. Cuando fui obligada, me lo detectaron. Fue descuido mío, lo sé. Pero en este hospital no han tenido todo el tratamiento y eso me ha complicado. Me lo ha cambiado el esquema de quimioterapias varias veces. Por eso el cáncer se me fue a los huesos. Los dolores son horribles. Pero si he resistido tanto, si este cuerpecito ha aguantado tanto, por algo será. Así que pa´lante.</p>
<p>Maguela sale al rato. Chao. Me da un beso en la mejilla. “Me encantó conocerte -me dice-.  Me siento mal”.</p>
<p>Y se va.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>A ratos, sobre todo ahora que muchos pacientes se han ido, los familiares podemos pasar a monitorear a quienes tenemos dentro. Con miedo, me dirijo a ver cómo va mi mamá. Temo encontrarla marchita, quejándose. Pero no: la veo sonriendo, comiendo los caramelos que le compré para que minimizara el sabor metalizado en la boca que produce el tratamiento.</p>
<p>-¿Cómo te sientes?</p>
<p>-Fina, como si nada.</p>
<p>-¿Segura?</p>
<p>-Claro. Mírame.</p>
<p>Y debe ser verdad, porque le veo buen semblante. Hago payasadas para que se ría y ella se ríe. Hacemos un video para mi hermana, quien en noviembre migró a Perú, y desde allá está al pendiente: “Hija, te amo. Mírame. Me siento bien, tranquila”.  Salgo. Entra San. Sale ella y, otra vez,  entro yo. “¿Cuánto falta?”, le pregunto a la enfermera. “Poquito, poquito. Ya casi”, nos responde.</p>
<p>Paciencia, digo.</p>
<p>“No pidas paciencia mi amor, que las cosas se hacen más largas”, me increpa San.</p>
<p>Yo vuelvo a entrar. Al poco tiempo después, veo cómo la última gota entra al cuerpo de mi mamá. Y, como hicieron mis amigos y familiares cuando terminé mi primera quimio en 2015, la aplaudo. Porque cuando se tiene cáncer hay que celebrar cada victoria, por pequeña que sea. La enfermera le retira la vía y nos vamos. Caminamos a la salida del hospital.</p>
<p>Tengo la certeza de que aunque queda camino por andar, comenzamos con buen pie. Y lo que comienza bien, bien termina, dice mi mamá. Y yo le creo.</p>
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