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	<title>Chocó &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Chocó &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>La travesía de Wikdi</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 21 Jan 2018 19:27:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Chocó]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
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		<category><![CDATA[Wikdi]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Autor: Alberto Salcedo Ramos (Colombia) En la áspera trocha de ocho kilómetros que separa a Wikdi de su&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2018/01/la-travesia-wikdi/">La travesía de Wikdi</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Autor: Alberto Salcedo Ramos (Colombia)</strong></p>
<p>En <span class="il">la</span> áspera trocha <span class="il">de</span> ocho kilómetros que separa a <span class="il">Wikdi</span> <span class="il">de</span> su escuela se han desnucado decenas <span class="il">de</span> burros. Allí, además, los paramilitares han torturado y asesinado a muchas personas. Sin embargo, <span class="il">Wikdi</span> no se detiene a pensar en lo peligrosa que es esa senda atestada <span class="il">de</span> piedras, barro seco y maleza. Si lo hiciera, se moriría <span class="il">de</span> susto y no podría estudiar. En <span class="il">la</span> caminata <span class="il">de</span> ida y vuelta entre su rancho, localizado en el resguardo indígena <span class="il">de</span> Arquía, y su colegio, ubicado en el municipio <span class="il">de</span> Unguía, emplea cinco horas diarias. Así que siempre afronta <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span> con el mismo aspecto tranquilo que exhibe ahora, mientras cierra <span class="il">la</span> corredera <span class="il">de</span> su morral.</p>
<p>Son las 4:35 <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> mañana. En enero <span class="il">la</span> temperatura suele ser <span class="il">de</span> extremos en esta zona del Darién chocoano: ardiente durante el día y gélida durante <span class="il">la</span> madrugada. <span class="il">Wikdi</span> —trece años, cuerpo menudo— tirita <span class="il">de</span> frío. Hace un instante le dijo a Prisciliano, su padre, que prefiere bañarse <span class="il">de</span> noche. En este momento ambos especulan sobre lo helado que debe <span class="il">de</span> haber amanecido el río Arquía.</p>
<p>—Menos mal que nos bañamos anoche —dice el padre.<br />
—Esta noche volvemos al río —contesta el hijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Diagonal adonde ellos se encuentran, un perro se acerca al fogón <span class="il">de</span> leña emplazado en el suelo <span class="il">de</span> tierra. Arquea el lomo contra uno <span class="il">de</span> los ladrillos del brasero, y allí se queda recostado absorbiendo el calor. Prisciliano le pregunta a su hijo si guardó el cuaderno <span class="il">de</span> geografía en el morral. El niño asiente con <span class="il">la</span> cabeza, dice que ya se sabe <span class="il">de</span> memoria <span class="il">la</span> ubicación <span class="il">de</span> América. El padre mira su reloj y se dirige a mí.</p>
<p>—Cinco menos veinte —dice.</p>
<p>Luego agrega que <span class="il">Wikdi</span> ya debería ir andando hacia el colegio. Lo que pasa, explica, es que en esta época clarea casi a las seis <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> mañana y a él no le gusta que el muchachito transite por ese camino tan anochecido. Hace unos minutos, cuando él y yo éramos los únicos ocupantes despiertos del rancho, Prisciliano me contó que el nacimiento <span class="il">de</span> <span class="il">Wikdi</span>, el mayor <span class="il">de</span> sus cinco hijos, sucedió en una madrugada tan oscura como esta. Fue el 13 <span class="il">de</span> mayo <span class="il">de</span> 1998. A Ana Cecilia, su mujer, le sobrevinieron los dolores <span class="il">de</span> parto un poco antes <span class="il">de</span> las tres <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> mañana. Así que él, fiel a un antiguo precepto <span class="il">de</span> su etnia, corrió a avisarles a los padres <span class="il">de</span> ambos. Los cuatro abuelos se plantaron alrededor <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> cama, cada uno con un candil encendido entre las manos. Entonces fue como si <span class="il">de</span> repente todos los kunas mayores, muertos o vivos, conocidos o desconocidos, hubieran convertido <span class="il">la</span> noche en día solo para despejarle el horizonte al nuevo miembro <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> familia. Por eso Prisciliano cree que a los seres <span class="il">de</span> su raza siempre los recibe <span class="il">la</span> aurora, así el mundo se encuentre sumergido en las tinieblas. Eso sí —concluye con aire reflexivo—: aunque lleven <span class="il">la</span> claridad por dentro arriesgan demasiado cuando se internan por <span class="il">la</span> trocha <span class="il">de</span> Arquía en medio <span class="il">de</span> tamaña negrura.</p>
<p>Prisciliano —treinta y ocho años, cuerpo menudo— espera que el sacrificio que está haciendo su hijo valga <span class="il">la</span> pena. Él cree que en <span class="il">la</span> Institución Educativa Agrícola <span class="il">de</span> Unguía el niño desarrollará habilidades prácticas muy útiles para su comunidad, como aplicar vacunas veterinarias o manejar fertilizantes. Además, al culminar el bachillerato en ese colegio <span class="il">de</span> “libres” seguramente hablará mejor el idioma español. Para los indígenas kunas, “libres” son todas aquellas personas que no pertenecen a su etnia.</p>
<p>—El colegio está lejos —dice— pero no hay ninguno cerca. El que tenemos nosotros aquí en el resguardo solo llega hasta quinto grado, y <span class="il">Wikdi</span> ya está en séptimo.<br />
—<span class="il">La</span> única opción es cursar el bachillerato en Unguía.<br />
—Así es. Ahí me gradué yo también.</p>
<p>Prisciliano advierte que con el favor <span class="il">de</span> Papatumadi —es decir, Dios— <span class="il">Wikdi</span> estudiará para convertirse en profesor una vez termine su ciclo <span class="il">de</span> secundaria.</p>
<p>—Nunca le he insinuado que elija esa opción —aclara—. Él vio el ejemplo en casa porque yo soy profesor <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> escuela <span class="il">de</span> Arquía.</p>
<p>¿Podrá <span class="il">Wikdi</span> abrirse paso en <span class="il">la</span> vida con los conocimientos que adquiera en el colegio <span class="il">de</span> los “libres”? Es algo que está por verse, responde Prisciliano. Quizá se enriquecerá al asimilar ciertos códigos del mundo ilustrado, ese mundo que se encuentra más allá <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> selva y el mar que aíslan a sus hermanos. Se acercará a <span class="il">la</span> nación blanca y a <span class="il">la</span> nación negra. <span class="il">De</span> ese modo contribuirá a ensanchar los confines <span class="il">de</span> su propia comarca. Se documentará sobre <span class="il">la</span> historia <span class="il">de</span> Colombia, y así podrá, al menos, averiguar en qué momento se obstruyeron los caminos que vinculaban a los kunas con el resto del país. Estudiará el Álgebra <span class="il">de</span> Baldor, se aprenderá los nombres <span class="il">de</span> algunas penínsulas, oirá mencionar a Don Quijote <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> Mancha. Después, transformado ya en profesor, les transmitirá sus conocimientos a las futuras generaciones. Entonces será como si otra vez, por cuenta <span class="il">de</span> los saberes <span class="il">de</span> un predecesor, brotara <span class="il">la</span> aurora en medio <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> noche.</p>
<p>—Las cinco y todavía oscuro —dice ahora Prisciliano.</p>
<p>Anabelkis, su cuñada, ya está despierta: hierve café en el mismo fogón en el que hace un momento tomaba calor el perro. Su marido intenta tranquilizar al bebé recién nacido <span class="il">de</span> ambos, que llora a moco tendido. Nadie más falta por levantarse, pues Ana Cecilia y los otros hijos <span class="il">de</span> Prisciliano durmieron anoche en Turbo, Antioquia. En el radio suena una conocida canción <span class="il">de</span> despecho interpretada por Darío Gómez.</p>
<p>Ya lo ves me tiré el matrimonio<br />
y ya te <span class="il">la</span> jugué <span class="il">de</span> verdad<br />
fuiste mala, ay, demasiado mala<br />
pero en esta vida todo hay que aguantar.</p>
<p>El fogón es ahora una hoguera que esparce su resplandor por todo el recinto. Cantan los gallos, rebuznan los burros. En el rancho ha empezado a bullir <span class="il">la</span> nueva jornada. Más allá siguen reinando las tinieblas. Pareciera que en ninguna <span class="il">de</span> las 61 casas restantes del cabildo se hubiera encendido un solo candil. Eso sí: cualquiera que haya nacido aquí sabe que, a esta hora, <span class="il">la</span> mayoría <span class="il">de</span> los 582 habitantes <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> comarca ya está en pie.</p>
<p><span class="il">Wikdi</span> le dice hasta luego a Prisciliano en su lengua nativa (“¡kusalmalo!”), y comienza a caminar a través del pasillo que le van abriendo los cuatro perros <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hemos caminado por entre un riachuelo como <span class="il">de</span> treinta centímetros <span class="il">de</span> profundidad. Hemos atravesado un puente roto sobre una quebrada sin agua. Hemos escalado una pendiente cuyas rocas enormes casi no dejan espacio para introducir el pie. Hemos cruzado un trecho <span class="il">de</span> barro revestido <span class="il">de</span> huellas endurecidas: pezuñas, garras, pisadas humanas. Hemos bajado por una cuesta invadida <span class="il">de</span> guijarros filosos que parecen a punto <span class="il">de</span> desfondarnos las botas. Ahora nos aprestamos a vadear una cañada repleta <span class="il">de</span> peñascos resbaladizos. Un vistazo a <span class="il">la</span> izquierda, otro a <span class="il">la</span> derecha. Ni modo, toca pisar encima <span class="il">de</span> estas piedras recubiertas <span class="il">de</span> cieno. Me asalta una idea pavorosa: aquí es fácil caer y romperse <span class="il">la</span> columna. A <span class="il">Wikdi</span>, es evidente, no lo atormentan estos recelos <span class="il">de</span> nosotros los “libres”: zambulle las manos en el agua, se remoja los brazos y el rostro.</p>
<p>Hace hora y media salimos <span class="il">de</span> Arquía. <span class="il">La</span> temperatura ha subido, calculo, a unos 38 grados centígrados. Todavía nos falta una hora <span class="il">de</span> viaje para llegar al colegio, y luego <span class="il">Wikdi</span> deberá hacer el recorrido inverso hasta su rancho. Cinco horas diarias <span class="il">de</span> <span class="il">travesía</span>: se dice muy fácil, pero créanme: hay que vivir <span class="il">la</span> experiencia en carne propia para entender <span class="il">de</span> qué les estoy hablando. En esta trocha —me contó Jáider Durán, exfuncionario del municipio <span class="il">de</span> Unguía— los caballos se hunden hasta <span class="il">la</span> barriga y hay que desenterrarlos halándolos con sogas. Algunos se estropean, otros mueren. Unos zapatos primorosos <span class="il">de</span> esos que usa cierta gente en <span class="il">la</span> ciudad —unos Converse, por ejemplo— ya se me habrían desbaratado. Aquí los pedruscos afilados taladran <span class="il">la</span> suela. El caminante siente las punzadas en las plantas <span class="il">de</span> los pies aunque calce botas pantaneras como las que tengo en este momento.</p>
<p>—¡Qué sed! —le digo a <span class="il">Wikdi</span>.<br />
—¿Usted no trajo agua?<br />
—No.<br />
—Apenas nos faltan tres puentes para llegar al pueblo.</p>
<p>Agradezco en silencio que <span class="il">Wikdi</span> tenga <span class="il">la</span> cortesía <span class="il">de</span> intentar consolarme. Entonces él, tras esbozar una sonrisa candorosa, corrige <span class="il">la</span> información que acaba <span class="il">de</span> suministrarme.</p>
<p>—No, mentiras: faltan son cuatro puentes.</p>
<p>En <span class="il">la</span> gran urbe en <span class="il">la</span> que habito, mencionar a un niño indígena que gasta cinco horas diarias caminando para poder asistir a <span class="il">la</span> escuela es referirse al protagonista <span class="il">de</span> un episodio bucólico. ¡Qué quijotada, por Dios, qué historias tan románticas las que florecen en nuestro país! Pero acá, en el barro <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> realidad, al sentir los rigores <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span>, al observar las carencias <span class="il">de</span> los personajes implicados, uno entiende que no se encuentra frente a una anécdota sino frente a un drama. Visto desde lejos, un camino <span class="il">de</span> herradura en el Chocó o en cualquier otro lugar <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> periferia colombiana es mero paisaje. Visto desde cerca es símbolo <span class="il">de</span> discriminación. Además se transforma en pesadilla. Cuando <span class="il">la</span> trocha se sale <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> foto <span class="il">de</span> Google y aparece debajo <span class="il">de</span> uno, es un monstruo que hiere los pies. Produce quemazón entre los dedos, acalambra los músculos gemelos. Extenúa, asfixia, maltrata. Sin embargo, <span class="il">Wikdi</span> luce fresco. Tiene <span class="il">la</span> piel cubierta <span class="il">de</span> arena pero se ve entero. Le pregunto si está cansado.</p>
<p>—No.<br />
—¿Tienes sed?<br />
—Tampoco.</p>
<p><span class="il">Wikdi</span> calla, y así, en silencio, se adelanta un par <span class="il">de</span> metros. Luego, sin mirarme, dice que lo que tiene es hambre porque hoy se vino sin desayunar.</p>
<p>—¿Cuántas veces vas a clases sin desayunar?<br />
—Yo voy sin desayunar, pero en el colegio dan un refrigerio.<br />
—Entonces comes cuando llegues.<br />
—El año pasado era que daban refrigerio. Este año no dan nada.</p>
<p>Captada en su propio ambiente, digo, <span class="il">la</span> historia que estoy contando suscita tanta admiración como tristeza. Y susto: aquí los paramilitares han matado a muchísimas personas. Hubo un tiempo en el que adentrarse en estos parajes equivalía a firmar anticipadamente el acta <span class="il">de</span> defunción. El camino quedó abandonado y fue arrasado por <span class="il">la</span> maleza en varios tramos. Todavía hoy existen partes cerradas. Así que nos ha tocado desviarnos y avanzar, sin permiso <span class="il">de</span> nadie, por el interior <span class="il">de</span> algunas fincas paralelas. Doy un vistazo panorámico, tanteo <span class="il">la</span> magnitud <span class="il">de</span> nuestra soledad. En este instante no hay en el mundo un blanco más fácil que nosotros. Si nos saliera al paso un paramilitar dispuesto a exterminarnos, lo conseguiría sin necesidad <span class="il">de</span> despeinarse. Sobrevivir en <span class="il">la</span> trocha <span class="il">de</span> Arquía, después <span class="il">de</span> todo, es un simple acto <span class="il">de</span> fe. Y por eso, supongo, <span class="il">Wikdi</span> permanece a salvo al final <span class="il">de</span> cada caminata: él nunca teme lo peor.</p>
<p>—Faltan dos puentes —dice.</p>
<p>Solo una vez se ha sentido en riesgo. Caminaba distraído por un atajo cuando divisó, <span class="il">de</span> improviso, una culebra que iba arrastrándose muy cerca <span class="il">de</span> él. Se asustó, pensó en devolverse. También estuvo a punto <span class="il">de</span> saltar por encima del animal. Al final no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que se quedó inmóvil viendo cómo <span class="il">la</span> serpiente se alejaba.</p>
<p>—¿Por qué te quedaste quieto cuando viste <span class="il">la</span> culebra?<br />
—Me quedé así.<br />
—Sí, pero ¿por qué?<br />
—Yo me quedé quieto y <span class="il">la</span> culebra se fue.<br />
—¿Tú sabes por qué se fue <span class="il">la</span> culebra?<br />
—Porque yo me quedé quieto.<br />
—¿Y cómo supiste que si te quedabas quieto <span class="il">la</span> culebra se iría?<br />
—No sé.<br />
—¿Tu papá te enseñó eso?<br />
—No.</p>
<p>Deduzco que <span class="il">Wikdi</span>, fiel a su casta, vive en armonía con el universo que le correspondió. Él, por ejemplo, marcha sin balancear los brazos hacia atrás y hacia adelante, como hacemos nosotros, los “libres”. Al llevar los brazos pegados al cuerpo evita gastar más energías <span class="il">de</span> las necesarias. Deduzco también que tanto <span class="il">Wikdi</span> como los demás integrantes <span class="il">de</span> su comunidad son capaces <span class="il">de</span> mantenerse firmes porque ven más allá <span class="il">de</span> donde termina el horizonte. Si se sentaran bajo <span class="il">la</span> copa <span class="il">de</span> un árbol a dolerse del camino, si solo tuvieran en cuenta <span class="il">la</span> aspereza <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span> y sus peligros, no llegarían a ninguna parte.</p>
<p>—¿Tú por qué estás estudiando?<br />
—Porque quiero ser profesor.<br />
—¿Profesor <span class="il">de</span> qué?<br />
—<span class="il">De</span> inglés y <span class="il">de</span> matemáticas.<br />
—¿Y eso para qué?<br />
—Para que mis alumnos aprendan.<br />
—¿Quiénes van a ser tus alumnos?<br />
—Los niños <span class="il">de</span> Arquía.</p>
<p>Deduzco, además, que para hacer camino al andar como proponía el poeta Antonio Machado, conviene tener una feliz dosis <span class="il">de</span> ignorancia. Que es justamente lo que sucede con <span class="il">Wikdi</span>. Él desconoce las amenazas que representan los paramilitares, y no se plantea <span class="il">la</span> posibilidad <span class="il">de</span> convertirse, al final <span class="il">de</span> tanto esfuerzo, en una <span class="il">de</span> las víctimas del desempleo que afecta a su departamento. En el Chocó, según un informe <span class="il">de</span> las Naciones Unidas que será publicado a finales <span class="il">de</span> este mes, el 54% <span class="il">de</span> los habitantes sobrevive gracias a una ocupación informal. Allí, en el año 2002, el 20% <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> población devengaba menos <span class="il">de</span> dos dólares diarios. En esta misma región donde nos encontramos, a propósito, se presentó en 2007 una emergencia por desnutrición infantil que ocasionó <span class="il">la</span> muerte <span class="il">de</span> doce niños. <span class="il">Wikdi</span>, insisto, no se detiene a pensar en tales problemas. Y en eso radica parte <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> fuerza con <span class="il">la</span> que sus pies talla 35 devoran el mundo.</p>
<p>—Ese es el último puente —dice, mientras me dirige una mirada astuta.<br />
—¿El que está sobre el río Unguía?<br />
—Sí, ese. Ahí mismito está el pueblo.</p>
<p>***</p>
<p><span class="il">La</span> Institución Educativa Agrícola <span class="il">de</span> Unguía, fundada en 1961, ha forjado ebanistas, costureras, microempresarios avícolas. Pero hoy el taller <span class="il">de</span> carpintería se encuentra cerrado, no hay ni una sola máquina <span class="il">de</span> modistería y tampoco sobrevive ningún pollo <span class="il">de</span> engorde. Supuestamente, aquí enseñan a criar conejos; sin embargo, <span class="il">la</span> última vez que los estudiantes vieron un conejo fue hace ocho años. Tampoco quedan cuyes ni patos. En los 18 salones <span class="il">de</span> clases abundan las sillas inservibles: están desfondadas, o cojas, o sin brazos. <span class="il">La</span> sección <span class="il">de</span> informática causa tanto pesar como indignación: los computadores son prehistóricos, no tienen puerto <span class="il">de</span> memoria USB sino ranuras para disquetes que ya desaparecieron del mercado. Apenas cinco funcionan a medias. Recorrer las instalaciones del colegio es hacer un inventario <span class="il">de</span> desastres.</p>
<p>—Este año no hemos podido darles a los estudiantes su refrigerio diario —dice Benigno Murillo, el rector—. El Instituto Colombiano <span class="il">de</span> Bienestar Familiar, que es el que nos ayuda en ese campo, nos mandó un oficio informándonos que volverá a dar <span class="il">la</span> merienda en marzo. Hemos tenido que reducir <span class="il">la</span> duración <span class="il">de</span> las clases y finalizar las jornadas más temprano. ¡Usted no se imagina <span class="il">la</span> cantidad <span class="il">de</span> muchachos que vienen sin desayunar!</p>
<p>Ahora los estudiantes del grupo Séptimo A van entrando atropelladamente al salón. Se sientan, sacan sus cuadernos. En el colegio nadie conoce a nuestro personaje como <span class="il">Wikdi</span>: acá le llaman ‘Anderson’, el nombre alterno que le puso su padre para que encajara con menos tropiezos en el ámbito <span class="il">de</span> los “libres”.</p>
<p>—Anderson —dice el profesor <span class="il">de</span> geografía—: ¿trajo <span class="il">la</span> tarea?</p>
<p>Mientras el niño le muestra el trabajo al profesor, reviso mi teléfono celular. Está sin señal, un trasto inútil que durante <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span> solo me ha funcionado como reloj despertador. <span class="il">La</span> “aldea global” que los pontífices <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> comunicación exaltan desde los tiempos <span class="il">de</span> McLuhan, sigue teniendo más <span class="il">de</span> aldea que <span class="il">de</span> global. En el mundo civilizado vamos a remolque <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> tecnología; en estos parajes atrasados <span class="il">la</span> tecnología va a remolque <span class="il">de</span> nosotros. Allá, en las grandes ciudades, al otro lado <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> selva y el mar, el hombre acorta las distancias sin necesidad <span class="il">de</span> moverse un milímetro. Acá toca calzarse las botas y ponerle el pecho al viaje.</p>
<p>—América es el segundo continente en extensión —lee el profesor en el cuaderno <span class="il">de</span> Anderson.</p>
<p>Se me viene a <span class="il">la</span> mente una palabra que desecho en seguida porque me parece gastada por el abuso: ‘odisea’. Para entrar en este lugar <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> costa pacífica colombiana que parece enclavado en el recodo más hermético del planeta, toca apretar las mandíbulas y asumir riesgos. El trayecto entre mi casa y el salón en el cual me encuentro este martes ha sido uno <span class="il">de</span> los más arduos <span class="il">de</span> mi vida: el domingo por <span class="il">la</span> mañana abordé un avión comercial <span class="il">de</span> Bogotá a Medellín. <span class="il">La</span> tarde <span class="il">de</span> ese mismo día viajé a Carepa —Urabá antioqueño— en una avioneta que mi compañero <span class="il">de</span> viaje, el fotógrafo Camilo Rozo, describió como “una pequeña buseta con alas”. En seguida tomé un taxi que, una hora después, me dejó en Turbo. El lunes madrugué a embarcarme, junto con veintitrés pasajeros más, en una lancha veloz que se abrió paso en el enfurecido mar a través <span class="il">de</span> olas <span class="il">de</span> tres metros <span class="il">de</span> alto. Atravesé el caudaloso río Atrato, surqué <span class="il">la</span> Ciénaga <span class="il">de</span> Unguía, hice en caballo el viaje <span class="il">de</span> ida hacia el resguardo <span class="il">de</span> los kunas. Y hoy caminé con <span class="il">Wikdi</span>, durante dos horas y media, por <span class="il">la</span> trocha <span class="il">de</span> Arquía.</p>
<p>El profesor sigue hablando:</p>
<p>—Chocó, nuestro departamento, es un puntito en el mapa <span class="il">de</span> América.</p>
<p>¡Ah, si bastara con figurar en el Atlas Universal para ser tenido en cuenta! Estas lejuras <span class="il">de</span> pobres nunca les han interesado a los indolentes gobernantes nuestros, y por eso los paramilitares están al mando. En <span class="il">la</span> práctica ellos son los patronos y los legisladores reconocidos por <span class="il">la</span> gente. ¿Cómo se podría romper el círculo vicioso del atraso? En parte con educación, supongo. Pero entonces vuelvo al documento <span class="il">de</span> las Naciones Unidas. Según el censo <span class="il">de</span> 2005, Chocó tiene <span class="il">la</span> segunda tasa <span class="il">de</span> analfabetismo más alta en Colombia entre <span class="il">la</span> población <span class="il">de</span> 15 a 24 años: 9,47%. Un estudio <span class="il">de</span> 2009 determinó que en el departamento uno <span class="il">de</span> cada dos niños que terminan <span class="il">la</span> educación primaria no continúa <span class="il">la</span> secundaria. En este punto pienso, además, en un dato que parece una mofa <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> dura realidad: el comandante <span class="il">de</span> los paramilitares en el área es apodado ‘el Profe’.</p>
<p>Anderson regresa sonriente a su silla. Me pregunto adónde lo llevará el camino al final del ciclo académico. Su profesora Eyda Luz Valencia, que fue quien lo bautizó con el nombre <span class="il">de</span> “libre”, cree que llegará lejos porque es despabilado y tiene buen juicio a <span class="il">la</span> hora <span class="il">de</span> tomar decisiones. Existen razones para vaticinar que no será un ‘profe’ siniestro como el <span class="il">de</span> los paramilitares, sino un profesor sabio como su padre, capaz <span class="il">de</span> improvisar una aurora aunque <span class="il">la</span> noche esté perdida en las tinieblas.</p>
<h5 id="nota-esta-cronica-recibio-el-premio-ortega-y-gasset-de-periodismo">Nota: Esta crónica recibió el Premio Ortega y Gasset <span class="il">de</span> Periodismo.</h5>
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