<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Emigración &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
	<atom:link href="https://www.seisgradosblog.com/etiqueta/emigracion/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://www.seisgradosblog.com</link>
	<description></description>
	<lastBuildDate>Mon, 11 May 2020 21:39:48 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=5.4.4</generator>

<image>
	<url>https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/cropped-Icono-App-512px-150x150.png</url>
	<title>Emigración &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
	<link>https://www.seisgradosblog.com</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/de-caracas-a-lima-hasta-pronto-patria-querida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[wmseisgrados]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 31 May 2018 15:16:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[emigar por tierra]]></category>
		<category><![CDATA[Emigración]]></category>
		<category><![CDATA[Emigrar]]></category>
		<category><![CDATA[Lima]]></category>
		<category><![CDATA[Venezolanos en emigracion]]></category>
		<category><![CDATA[Venezolanos en Lima]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.seisgradosblog.com/?p=5476</guid>

					<description><![CDATA[<p>Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2018/05/de-caracas-a-lima-hasta-pronto-patria-querida/">De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="los-aeropuertos-y-los-terminales-de-autobuses-en-venezuela-se-han-convertido-en-lugares-de-adioses-que-llevan-implicito-un-miedo-sofocante-ver-partir-a-un-familiar-sin-saber-si-habra-posible-reencuen"><span style="color: #6e4d8b;">Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro</span></h4>
<p><strong>Por Pierina Sora / @pierast</strong></p>
<p style="text-align: left;">He visto a muchos venezolanos en las calles de Lima vendiendo bombas, tizanas, arepas, empanadas, limonada. En el Óvalo de Santa Anita, un lugar muy concurrido de la ciudad, suelen estar como un ejército de hormigas. Se les distingue a leguas, pues llevan dos sellos distintivos: la gorra tricolor y la camiseta de la Vinotinto.</p>
<p>El paisaje, a primera vista, es realmente desolador. Algunas de esas personas tenían un empleo formal en Venezuela; eran maestros, ingenieros, comunicadores o ejercían algún oficio. En Lima, como en otras ciudades del mundo a donde van a parar los venezolanos de la diáspora, el objetivo más inmediato es lograr reunir un poco de dinero para comer y pagar una habitación, es decir, sobrevivir.</p>
<p>Sobrevivimos al rencor, a los políticos mediocres, al primer novio, a la cursilería. Gabriel García Márquez lo resumía mejor: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Pienso en esto, y una verdad –dura y aplastante como una roca– viene del golpe sobre mí: Hay que sobrevivir, ya no a los permisos negados de los padres para ir a una fiesta, ya no a la clase de matemáticas, ya no al Metro de Caracas, sino al hecho de ser emigrante.</p>
<p>Hasta enero de este año, según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 100 mil venezolanos permanecen en este país. Mi pareja y yo, afortunadamente, conseguimos empleo (en una agencia digital) la misma semana que llegamos a Lima. Aunque pasamos a engrosar la cifra de venezolanos sin permiso de trabajo, hemos contando con una especie de “suerte” que parece reservada a unos cuantos. Al menos, por ahora, tenemos un sueldo fijo. No trabajamos lo fines de semana (los peruanos normalmente trabajan de lunes a sábado). A veces me perturba pasar más de nueve horas diarias en la oficina, pero agradezco no tener que estar de pie, bajo la inclemencia del sol, vendiendo algún tipo de producto.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p style="text-align: left;">Lima, la capital de Perú, huele a sazón. Algunos alegan que es el centro gastronómico de Suramérica. Se nota que a sus habitantes les gusta comer y por montón. Deleitar ceviche y tomar una chicha morada parece un ritual diario. Los jugosos trozos de pescado blanco envueltos en el jugo de limón pueden ser digeridos por cualquier peruano a las siete de la mañana. Un plato que parece ser pesado para esas horas, al menos para mí que estoy acostumbrada a desayunar pan o arepa. A la par, en calidad de comida, están los restaurantes Chifa; comida china con ingredientes peruanos. Cualquier plato puede ir acompañado con el refresco clásico Inca Kola.</p>
<p style="text-align: left;">Los ruidos ensordecedores de los automóviles y los comerciantes con sus puestos de comida hacen vida en las calles limeñas creando una gran urbe. Cuando camino por algunas de sus aceras noto que estoy en un país que tiene un rico contraste en el que se puede estar en el pasado pero también en el presente. Que, aunque sea un país de tradiciones, le están sucediendo cambios. Cualquier peatón se puede encontrar con una calle pavimentada que termina siendo de tierra.</p>
<p style="text-align: left;">Lima es una ciudad en donde algunos de sus distritos predomina el polvo y los colores arenosos, esto se debe a los grandes edificios que están en construcciones. Su cielo no es nada predecible, un día puede estar un sol radiante, pero al otro totalmente nublado. El tráfico es abrumador. Las autopistas a toda hora tienen gran cantidad de vehículos. Cada persona que está frente al volante tiene sus propias reglas. Hay contaminación sónica por las bocinas de los carros; los fruteros que ofrecen, por altoparlantes, las bicocas; los colectores de las busetas- aquí con nombre de jalador- que gritan las rutas de su trayecto.</p>
<p>En el bus que agarro todos los días para el ir al trabajo se suele subir una mujer venezolana con una caja de chocolates en las manos –piel blanca, 1.60, cabello corto y rojo, bolso pequeño cruzado sobre su hombro izquierdo–. Tiene una retahíla, un discurso conmovedor, similar a los que usan los vendedores del metro y de las camionetas de Caracas, pero bien adaptado, no precisamente a la cultura peruana, sino más bien a las circunstancias.</p>
<p>“Buenos días, señores pasajeros. Por acá les traigo unos ricos chocolates, solamente a un sol. Un sol que no enriquece ni empobrece a nadie. Como podrán ver soy venezolana. Vine a este país huyendo de la fuerte crisis económica e igual que mis otros compatriotas estoy trabajando fuerte para llevar sustento a mi casa y enviar algo de dinero a mi familia en Venezuela. Quiero agradecer a Dios y al hermoso pueblo peruano que me abrió las puertas. Iré pasando por sus asientos, muchísimas gracias”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p style="text-align: left;">Nuestro viaje con destino a Perú inició el lunes 22 de enero de 2018, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Partimos con cinco bolsos: dos para cargar en la espalda, dos como equipaje de mano y uno en el que mi mamá me acomodó nuestro sustento del todo el recorrido: pan, galletas, jamón endiablado, queso fundido, jugos de cartón, y golosinas que recibimos de algunos familiares. Manjares en la Venezuela de hoy.</p>
<figure id="attachment_5492" aria-describedby="caption-attachment-5492" style="width: 478px" class="wp-caption aligncenter"><img class="wp-image-5492 size-full" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/bolsos.jpg" alt="" width="478" height="637" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/bolsos.jpg 478w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/bolsos-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 478px) 100vw, 478px" /><figcaption id="caption-attachment-5492" class="wp-caption-text">Foto Yaisa Bell</figcaption></figure>
<p style="text-align: left;">La previa del viaje estuvo cargada de una serie de pasos que, por muchos momentos, sentí que parecían difíciles de sortear. Conseguir seiscientos mil bolívares en efectivo y un pasaje por tierra fueron las más cuestas arriba.</p>
<p style="text-align: left;">Para salir de Caracas y llegar hasta San Antonio del Táchira hay que pasar una noche en el terminal, de lo contrario, los que no quieran trasnocharse, deben comprar los boletos en el mercado negro y pagar una exorbitante cantidad. Julio, mi novio, llegó a las seis de la tarde del 20 de enero a Flamingo, terminal ubicado cerca de Parque Miranda, para cazar los dos pasajes. Allí, para tener un poco de control, decidió encargarse de hacer una lista de los compradores; las personas que se desvelarían en una acera, a la intemperie.</p>
<p style="text-align: left;">Durante esa noche me costó conciliar el sueño. El sentido de la justicia empezaba a retorcerse: yo en una cama, cómoda y bajo un techo. Julio en la cola de un terminal pasando frío. A la cinco de la mañana me desperté. Mi abuela me ayudó a preparar el desayuno. Salí en un taxi para llevarle a Julio una arepa y un té de manzanilla.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p style="text-align: left;">El periplo comenzó en un bus-cama de dos pisos. Una vez arriba, en nuestros asientos, vimos por la ventana a un montón de personas agitando las manos en señal de despedida. Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro.</p>
<p style="text-align: left;">Los pasajeros se abrazaron unos a los otros. Supongo que es un ritual de moda para demostrar solidaridad, para darnos fuerza. Para decirnos “no estás solo, estamos juntos”. Aunque también es cierto que la gente viaja con su pareja, con amigos o familiares (nadie se lanzaría solo a la aventura de un viaje de tantas horas). Yo observaba todo, quería grabar ese momento en las retinas, de la misma manera que sucede con los personajes de un episodio en Black Mirror. Pensaba en la posteridad: Quería captar los detalles para escribir una crónica. Me hacía la dura. Contenía el llanto para que mi madre, con quien me veía a través de la ventana del bus, no se derrumbara, no llorara más de lo que ya lo hacía, no pensara que yo no iba a sobrevivir. Contuve el llanto, pero solo logré intensificarlo en mi interior.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p style="text-align: left;">El recorrido por Venezuela fue, de algún modo, espantoso. Los conductores nos habían dado una “medida de protección”: no vean por las ventanas, mantengan las cortinas cerradas porque lanzan cosas. A las diez de la noche, específicamente en un pueblo de Carabobo, todos estábamos durmiendo cuando escuchamos el estruendo de un golpe.</p>
<p style="text-align: left;">“Lanzaron una piedra -gritó alguien-, díganle al chofer que no se pare, que unos motorizados nos persiguen”.</p>
<p style="text-align: left;">Para el conductor ya esta persecución tipo película de acción hollywoodense era algo normal. Metió chola hasta salir del radar de los asaltantes y llegar hasta un puesto de la Guardia Nacional. El copiloto se acercó para ver qué había sucedido. Inspeccionó los vidrios minuciosamente, se aseguró que todas las cortinas estuvieran cerradas.</p>
<p style="text-align: left;">“¿Vieron, vieron lo que pasa? Por eso hay que tener todo cerrado, yo se los he dicho”, advertía como quien quiere que le reconozcan, de manera tardía, haber tenido siempre la razón.</p>
<p style="text-align: left;">La piedra había roto el vidrio y la cortina evitó que aquel objeto contundente diera en la cabeza de algún pasajero. Al llegar a la alcabala militar, no volvimos saber de los perseguidores. Desde ese episodio mis nervios empezaron a salirse de control.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>A las ocho de la mañana del día siguiente llegamos a San Cristóbal. Con los compañeros que Julio había conocido en el terminal, cuadramos un taxi para que nos llevara hasta San Antonio. Cada puesto costó 120 mil bolívares. Nos subimos. Los miedos seguían presentes. El taxista nos dijo que este recorrido duraba 40 minutos y que nos esperaban alrededor de cuatro alcabalas de la Guardia Nacional, “una más arrecha que la otras”. Eso significaba que corríamos el riesgo de que nos quitaran parte de las cosas que llevamos en las maletas, en nuestros cuerpos, incluyendo dinero. Paradójicamente el enemigo de turno era el mismo que la noche anterior nos había salvado el pellejo.</p>
<p>Ya nos sabíamos las historias de los “trabajitos sucios” que realiza la Guardia Nacional. Por eso los dólares los escondimos dentro del cuello de la chaqueta que tenía puesta. Días antes del viaje, escuchamos que hubo mujeres que guardaron los “verdes” en una toalla sanitaria (¡la macabra situación nos ha llevado muy lejos!). Cuando pasamos las alcabalas sentíamos las miradas sobre nosotros. Cada posibilidad de que pararan el carro y revisaran las maletas era dolorosa. Por suerte no hubo contratiempo. Todo se trataba de estar en un videojuego: superando cada obstáculo para llegar a la meta.</p>
<p style="text-align: left;">San Antonio parecía tres veces la redoma de Petare. Gente por aquí y gente por allá. Ahí mismo nos cayeron los carretilleros, los asesores de viaje y “gestores” del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), quienes cobraban 30 mil pesos por el “sello VIP” sin necesidad de hacer la kilométrica cola. “¿Hacia dónde van?, tengo pasajes para Bogotá, Quito, Lima, Chile, con sus comidas y duchas”, era la repetida oferta.</p>
<p style="text-align: left;">Con nuestro equipaje caminamos hasta la taquilla para sellar la salida de Venezuela. La gran cantidad de venezolanos que saltarían al otro lado del charco conformaban una cola que no parecía tener fin. Julio y yo nos dispusimos a hacerla.</p>
<p style="text-align: left;">Carlos, -alto, cabello negro, 35 años &#8211; a quien conocimos en el trayecto desde Caracas, nos regaló una bolsa de pan. Su justificación: “Yo voy hasta Bogotá, ustedes van lejos. Dios los cuide”. Un intercambio de números y una estrechada de mano fue la despedida del paisano, quien nos confesó que después de 25 años de casado dormiría solo por un tiempo; su esposa y su hijo se quedaron en Venezuela. Su objetivo: trabajar duro para establecerse y enviarles los pasajes.</p>
<p style="text-align: left;">También conocimos a Rodolfo, un señor de 45 años que viajaba con Yaisa, su hija de 23. Ambos tenían como destino, igual que nosotros, a Lima. Preguntarle a los compañeros de turno el monto que llevaban para mantenerse en el país de acogida era la pregunta más incómoda, pero nos las hicimos y, entonces, ganamos confianza.</p>
<figure id="attachment_5493" aria-describedby="caption-attachment-5493" style="width: 849px" class="wp-caption aligncenter"><img class="wp-image-5493 size-full" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/rodolfo.jpg" alt="" width="849" height="637" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/rodolfo.jpg 849w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/rodolfo-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/rodolfo-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/rodolfo-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/rodolfo-600x450.jpg 600w" sizes="(max-width: 849px) 100vw, 849px" /><figcaption id="caption-attachment-5493" class="wp-caption-text">Rodolfo y Yaissa, los amigos del camino. Foto Pierina Sora</figcaption></figure>
<p style="text-align: left;">Desde ese momento, cada quien comentaba su historia de partida y de las cosas materiales de las que tuvieron que desprenderse para comprar divisas en el mercado negro. Rodolfo se desempeñaba como técnico en cámaras de seguridad. Vendió su moto, el televisor y el celular para costear el viaje, mientras que Yaisa tenía poco tiempo de haberse graduado como Ingeniero Electricista, en Maturín. Le tocó pasar por doble dolor: dejar a Venezuela y a su hija -de cinco años- con su abuela materna. Ella le prometió a su pequeña que, una vez establecida, la iría a buscar.</p>
<p style="text-align: left;">Después de pasar seis horas de pie y bajó un tórrido sol nos sellaron el pasaporte. Desde ese momento, nos sumamos a los cuatro millones de venezolanos que han emigrado (una cifra avalada por una encuesta realizada por Consultores 21 S.A, en enero de 2018).</p>
<figure id="attachment_5479" aria-describedby="caption-attachment-5479" style="width: 849px" class="wp-caption aligncenter"><img class="wp-image-5479 size-full" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/puenteCucuta.jpg" alt="" width="849" height="637" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/puenteCucuta.jpg 849w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/puenteCucuta-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/puenteCucuta-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/puenteCucuta-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/puenteCucuta-600x450.jpg 600w" sizes="(max-width: 849px) 100vw, 849px" /><figcaption id="caption-attachment-5479" class="wp-caption-text">Inicio para cruzar el puente Simón Bolívar. Foto Pierina Sora</figcaption></figure>
<p style="text-align: left;">Al igual que miles de ciudadanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar- vía que comunica Venezuela con Colombia- nosotros también lo hicimos. No contratamos a ningún carretillero. Caminar se me hizo cuesta arriba por todo el compendio de emociones que llegaron a mí: miedo a que un Guardia Nacional nos revisara, fe por creer en Dios y refugiarme en la oración, adrenalina por llegar pronto al otro extremo. Julio me ayudó con el peso de los bolsos. El sudor resbalaba a chorros por mis costillas. Erguí mi espalda, aligeré mis brazos para meter una dosis de energía y seguí el camino. Fueron 315 metros de incertidumbre, sin un árbol que nos diera sombra.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;">En Cúcuta había de todo: personas cargando bultos de pañales, papel higiénico, arroz y de azúcar, cosas que tenía tiempo sin ver. Al menos en esas cantidades. Vendedores de la telefonía Claro y casas de cambio ambulante: personas que cambian divisas.</p>
<p style="text-align: left;">Rodolfo y yo nos quedamos en el lugar con todo el equipaje. Julio y Yaisa tomaron un taxi ida y vuelta por dos mil pesos hasta el terminal de transporte para comprar los pasajes del próximo destino. Consiguieron hasta Guayaquil, Ecuador. Los boletos (130 dólares cada uno) se agotaban rápido por la fuerte demanda. El paquete incluía dos almuerzos, una parada para ducharse, wifi y enchufes para cargar los celulares y tabletas.</p>
<p style="text-align: left;">En Migración Colombia hicimos una cola de dos horas. Para sellar el ingreso al país cafetero te exigen que tengas a la mano un boleto.</p>
<figure id="attachment_5480" aria-describedby="caption-attachment-5480" style="width: 849px" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-5480" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/cola-de-migracion-colombia.jpg" alt="" width="849" height="637" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/cola-de-migracion-colombia.jpg 849w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/cola-de-migracion-colombia-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/cola-de-migracion-colombia-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/cola-de-migracion-colombia-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/cola-de-migracion-colombia-600x450.jpg 600w" sizes="(max-width: 849px) 100vw, 849px" /><figcaption id="caption-attachment-5480" class="wp-caption-text">Cola para sellar el pasaporte en Migración Colombia. Foto Pierina Sora</figcaption></figure>
<p style="text-align: left;">Luego de un retraso fuerte por parte de la compañía, abordamos el autobús a las tres de la mañana. Una vez estuvimos en los asientos reclinables nos dimos cuenta de que seguíamos rodeados de venezolanos que iban, igual que nosotros, tras una mejor calidad de vida y la posibilidad de ayudar a los seres queridos con el envío de remesas.</p>
<p style="text-align: left;">El viaje por Colombia fue largo. Recorrimos aproximadamente 1.431 kilómetros desde Cúcuta hasta Rumichaca (zona fronteriza entre Ecuador y Colombia). La camaradería entre los viajeros se hizo notar. Compartimos pan y galletas con queso fundido. Incluso agua y Viajesan, pastilla para los mareos y náuseas.</p>
<p style="text-align: left;">En Rumichaca, una brisa intensa y un clima de 15 grados nos recibió. Un comisionado de migración Colombia subió a nuestra unidad y se llevó todos los pasaportes para sellar la salida del país cafetero y dar entrada a la nación del Cotopaxi. Nos advirtió que nos quedáramos dentro del autobús porque no teníamos permiso legal. No hubo problemas. Después de hora y media nos devolvieron nuestro documento.</p>
<p style="text-align: left;">Bajamos a dejar el equipaje en las oficinas de la compañía de viaje que nos llevaría hasta Guayaquil, e hicimos la cola de Migración Ecuador. Un grupo se quedó en la larga hilera para cuidar los puestos. Julio y yo fuimos al baño. Mientras esperaba mi turno, las mujeres venezolanas hablaban de una sola cosa: la escasez del plato navideño. “Chama allá no comimos hallacas, esa vaina era yuca con mantequilla”, renegó una de cabello rojo. “Mi familia tampoco. Nosotros nos vinimos porque ya no se puede más”, soltó una rubia quien llevaba la gorra tricolor.</p>
<p style="text-align: left;">Luego de cuatro horas, llegamos a la taquilla. La oficial, que estaba detrás del vidrio, nos preguntó cuál era nuestro destino. Dijimos la verdad. Sorprendida, observé que las hojas de mi pasaporte estaban llenas de sellos. Antes, de la crisis, no viajé a ningún otro país. Mi familia siempre tuvo los recursos económicos justos. Incluso, los cinco años de mi carrera de Comunicación los pagué con mi trabajo. Por lo tanto, esos sellos despertaron en mí un sentimiento amorfo.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p style="text-align: left;">Un poco antes de partir a Quitumbe (terminal de Quito) comimos el segundo plato que estaba incluido en el boleto. Sopa, seco y jugo. Una comida que supo a gloria (ya estábamos hastiados de los enlatados). En las paradas rápidas se subieron algunas mujeres de tez morena. Sus bandejas exhibían pastelitos. La bolsas marrones en la que estaban envueltos se tornaron transparentes por la cantidad de fritura. Nosotros, por suerte, compramos cuatro por un dólar y pudimos resolver la cena de ese trayecto.</p>
<figure id="attachment_5481" aria-describedby="caption-attachment-5481" style="width: 849px" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-5481" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/comida.jpg" alt="" width="849" height="637" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/comida.jpg 849w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/comida-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/comida-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/comida-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/comida-600x450.jpg 600w" sizes="(max-width: 849px) 100vw, 849px" /><figcaption id="caption-attachment-5481" class="wp-caption-text">Comida incluida en el boleto de viaje. Foto Pierina Sora.</figcaption></figure>
<p style="text-align: left;">Hicimos un viaje de 12 horas hasta Guayaquil. En algunos pasillos del terminal había una gran cantidad de venezolanos que, se notaba, venían de hacer el mismo recorrido que nosotros. La mayoría estaban en el suelo, comiendo pan con productos enlatados.</p>
<p style="text-align: left;">Bajamos el equipaje de nuestras espaldas y nos sentamos en los asientos de una de las tantas agencias que venden boletos. Compramos pasaje con salida a las siete de la noche. En el transcurso del día paseamos por este gran terminal que no tiene nada que envidiarle a un centro comercial de primera clase.</p>
<p style="text-align: left;">Entramos a un supermercado y, lo admito, quedé totalmente impactada. Desde hacía mucho tiempo no veía los anaqueles totalmente llenos y con una amplia variedad de marcas. Para premiarnos por nuestros esfuerzos compramos los famosos pingüinos rellenos de chocolate, delicia que se extinguió en Venezuela.</p>
<figure id="attachment_5482" aria-describedby="caption-attachment-5482" style="width: 478px" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-5482" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/pinguino.jpg" alt="" width="478" height="637" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/pinguino.jpg 478w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/pinguino-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 478px) 100vw, 478px" /><figcaption id="caption-attachment-5482" class="wp-caption-text">Un dulce que compramos en el supermercado ubicado en el terminal terrestre de Guayaquil. Foto Pierina Sora.</figcaption></figure>
<p style="text-align: left;">Antes de abordar la unidad, cada quien fue al baño para darse una “ducha rápida”: cepillado de dientes, lavado de cara y axilas con agua. El resto pudimos hacerlo con toallas húmedas. Ya estábamos preparados para esto y sabíamos, por experiencias de otros, que no siempre podías bañarte.</p>
<p style="text-align: left;">Rodamos hasta Tumbes, frontera con Perú. La entrada al territorio Inca no tuvo ningún inconveniente. El sello de turistas en nuestros pasaportes fue de seis meses.</p>
<p style="text-align: left;">Después de viajar seis días y recorrer  4.340 kilómetros, Lima nos recibió con un solo en su máximo esplendor. Con su acostumbrado tráfico. Llegamos y alquilamos una habitación totalmente vacía. Bajé el bolso de mi espalda. Me senté en el piso y comencé a observar las cuatros paredes. Luego cerré los ojos y tuve un flashback de todo lo que viví durante el viaje. Me di cuenta que a mis 26 años no había tenido la oportunidad de salir al extranjero y que lo más lejos que había llegado era a La Gran Sabana y Los Roques. A partir de ese momento, volví a subirme a la montaña rusa de emociones: sentí rabia e impotencia porque la manera en la que salí de Venezuela no fue muy agradable. Siento que no emigré sino que me tocó huir, sin saber cuándo cambiará la situación, cuando superaremos la crisis. Sin saber cuándo volveré a abrazar a mi familia y jugar con mis perras. Sin saber si podré estar en la partida de un ser querido y tenga que consolarme con el envío de dinero para cubrir los altos costos fúnebres.</p>
<p style="text-align: left;">Llegué a otro país en donde puedo trabajar para comprar lo que quiera en un supermercado, sin necesidad de colocar una huella o de conseguir algún producto sin bachaqueros mediante. Supe que dejé atrás Venezuela porque aborrecí de estar en ella por culpa de terceros, porque vi lo bueno, pero también lo malo: mediocridad, antivalores, viveza y egoísmo.</p>
<p style="text-align: left;">Entré en la larga lista en la que se encuentran muchos venezolanos: los que desean surgir en el país de acogida y ayudar a los familiares que se quedaron en un barco que se va a pique. Los que recuerdan lo buena que fue la patria querida y que algún día volverá a ser.</p>
<p style="text-align: center;">“Ves la hora, se hace tarde ya.<br />
Solo empacas algunos recuerdos<br />
Una llamada sin mucho explicar<br />
Que se den cuenta te da igual</p>
<p style="text-align: center;">Abres la puerta sin mirar atrás<br />
Con retazos haces tú bandera<br />
No tiene escudos ni estrellas<br />
Solo flechas en una dirección”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Gaélica- Te vas</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2018/05/de-caracas-a-lima-hasta-pronto-patria-querida/">De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>¿Cómo es la experiencia de apostilla express en Venezuela?</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/boleto-en-mano-experiencia-del-proceso-de-apostilla-express-en-venezuela/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 25 May 2018 02:18:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Apostilla express]]></category>
		<category><![CDATA[Apostillar]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Colas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Emigración]]></category>
		<category><![CDATA[Ministerio de Relaciones Exteriores]]></category>
		<category><![CDATA[MPPRE]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.seisgradosblog.com/?p=5437</guid>

					<description><![CDATA[<p>Un par de días después, tendrás que aguantarte horas de la señora Sol hablando mal del gobierno de&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2018/05/boleto-en-mano-experiencia-del-proceso-de-apostilla-express-en-venezuela/">¿Cómo es la experiencia de apostilla express en Venezuela?</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="un-par-de-dias-despues-tendras-que-aguantarte-horas-de-la-senora-sol-hablando-mal-del-gobierno-de-nicolas-maduro-y-culpandolo-del-estado-al-que-hemos-llegado-como-pais-y-como-sociedad-la-oiras-despo"><span style="color: #6e4d8b;">Un par de días después, tendrás que aguantarte horas de la señora Sol hablando mal del gobierno de Nicolás Maduro y culpándolo del estado al que hemos llegado como país y como sociedad. La oirás despotricando, sí, pero te encontrarás pensando que más allá de todo lo que se pueda decir sobre los gobernantes es, en buena medida, por gente como ella, esos que perpetúan pequeños y grandes actos de corrupción cotidiana, que has tomado la decisión de irte del país.<br />
</span></h4>
<p><strong>Por <b class="gmail_sendername">César Contreras</b><br />
</strong></p>
<p><span style="color: #6e4d8b;"><strong>Antes del amanecer</strong></span></p>
<p>Llegas a la Avenida Urdaneta a las 5:15 de la mañana. Has aprendido que no es prudente moverse por Caracas cuando no hay luz del sol. Al mismo tiempo, la experiencia te ha enseñado que, para hacer un trámite en la Venezuela actual, debes madrugar y estar allí lo más temprano posible para asegurar que te atiendan. Decides que es mejor madrugar que ser precavido. Ves la fila de gente y comienzas a preguntar. Efectivamente, es ahí el sitio. Buscas tu lugar hacia el final, en unas escaleras, debajo de Puente Llaguno, que dan a la Avenida Baralt. El olor a orines te marea, pero supones que ese es el precio que hay que pagar; al menos uno de los precios. Es el último peregrinaje antes de la emigración.</p>
<p>Apostillar documentos es uno de los pasos centrales en un proceso de emigración más o menos organizado. Certificar que tus documentos personales y académicos son válidos en tu país de origen para que te vean con buenos ojos en el país de llegada. No solo es un proceso central, sino también complicado, eso lo sabes bastante bien. Tienes un año y tanto en todo ese trajín, porque ni tú ni tu novia quieren pagarle un solo bolívar a un gestor por un trámite que es totalmente gratuito.</p>
<p>Hasta mediados del año pasado, si bien con sus complicaciones, se podía conseguir una cita a través del portal del Ministerio de Relaciones Exteriores. Era engorroso, sí, pero posible. Tu novia estuvo pegada a la computadora por horas, esperando las notificaciones de las decenas de cuentas de Instagram y Twitter que avisaban cuándo se abría la página para pedir citas, esa fue la clave del éxito que tuvieron. Sin embargo, las notificaciones fueron menguando, el portal fue colapsando, las tarifas de los gestores fueron aumentando y se hizo necesario recurrir al plan b: apostilla express.</p>
<p>Mientras buscas tu lugar en la fila vas repitiendo los requisitos: asistir entre tres y cinco días hábiles antes de la fecha del viaje, tener original y copia del boleto de avión o autobús impreso con sello húmedo, fotocopia de la cédula de identidad, el documento a apostillar, un timbre fiscal de 0,5 unidades tributarias por documento. Repites la lista como un mantra, porque no quieres que todo el esfuerzo se caiga por una equivocación. Sabes que en Venezuela hay que hilar fino en lo que respecta a trámites legales. La desconfianza es alta. “Cualquiera me puede querer joder”. No solo lo piensas tú, sino que puedes leer esa misma frase en los ojos somnolientos de todos y cada uno de los que esperan para hacer el mismo trámite.</p>
<p>Recibes en tus manos una hoja de papel, sobada, arrugada, maltrecha. Cientos de nombres escritos. Una lista. Una lista que no sirve para nada a fines legales, lo tienes muy claro, pero igual debes anotarte, porque es parte de todo el ritual, del peregrinaje. Colas y listas se han convertido en los nuevos tótems de esta sociedad.</p>
<p>Tienes el número ciento setenta, tu novia el ciento setenta y uno. Los chicos que están detrás de ustedes, una pareja también, ven la lista y comentan “sí, exactamente cien más que ayer”. Luego se enteran de que ya ellos habían ido el día anterior y los habían <em>rebotado</em>. ¿La razón? Aparentemente fueron con demasiada antelación. Les habían pedido que fueran el día siguiente, el miércoles, porque todavía había tiempo para su vuelo. Se iban ese mismo viernes. Empiezas a tener miedo. Si sigues esos mismos cálculos, muy probablemente no podrás hacer el trámite ese día. Tu vuelo es el miércoles siguiente. ¿Y si te mandan a ir el lunes? ¿Y si no te dan el documento a tiempo? ¿Y si alguno te quiere joder?</p>
<p>El día anterior esta otra pareja había llegado a la misma hora que tú, 5:15 de la mañana. Tenían el número setenta. Más adelante durante el día te sentirás abrumado con la cantidad de gente que sigue llegando y extiende la cola hasta las inmediaciones de la Avenida Baralt. Te abruma, te conmociona la idea de que todas las personas que están allí (cuatrocientas, al menos) ya tienen un pasaje de salida de Venezuela.</p>
<figure id="attachment_5443" aria-describedby="caption-attachment-5443" style="width: 1024px" class="wp-caption alignright"><img class="wp-image-5443 size-large" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/ministerio-de-relaciones-exteriores-1-1024x689.jpg" alt="" width="1024" height="689" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/ministerio-de-relaciones-exteriores-1-1024x689.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/ministerio-de-relaciones-exteriores-1-300x202.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/ministerio-de-relaciones-exteriores-1-768x517.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/ministerio-de-relaciones-exteriores-1-600x404.jpg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/ministerio-de-relaciones-exteriores-1.jpg 1189w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption id="caption-attachment-5443" class="wp-caption-text">Foto cortesía efectococuyo.com</figcaption></figure>
<p><span style="color: #6e4d8b;"><strong>6:00 am</strong></span></p>
<p>Es la tercera vez que te alejas de la cola para tomar un poco de aire fresco. Debes hacerlo, turnándote con tu novia, porque la hediondez de las escaleras ya no te deja pensar con claridad. En la Avenida Baralt el día comienza temprano. Ya hace rato que pasan personas listas para trabajar. Las camionetas están abarrotadas a esa hora. A las seis en punto aparece un señor en la avenida, tiene un gran termo rojo, algunos accesorios en las manos. Un muchacho viene detrás de él trayéndole un cartel: avena, fororo. El señor da los buenos días, instala su puesto, agradece al muchacho que lo ayudó, comienza a pregonar su producto sin hacer mucho ruido, respetando el silencio ceremonial que caracteriza a esas mañanas que tardan en aclarar. La gente empieza a acercarse, se llevan su vaso de avena, de fororo, de avena con fororo. El señor tiene su sistema para llevar: añade una tapa de papel aluminio bien sellada al vaso. Te preguntas cuántas personas se desayunan con ese vaso de avena y ya está. Volteas la mirada, vuelves a tu lugar. Precisamente estás haciendo esa cola para poder alejarte de esos pensamientos, de esas realidades.</p>
<p>Mientras las horas van pasando las personas se ponen más conversadoras. Hablan sobre distintos temas, pero dos predominan: los planes migratorios (adónde se van, cuándo se van, con quién se van, quién los va a recibir, qué saben del país al que van, qué tienen pensado hacer) y las experiencias previas en trámites similares a ese (cuánto tuvieron que esperar, los trataron bien o mal, tuvieron que hacer nuevamente el trámite, todo salió en orden).</p>
<p>Llegas a tu lugar en la cola y tu novia tiene cara de desconcierto, de estupefacción, como si acabara de ver un panda caminando por la Avenida Urdaneta. La interrogas, quieres saber. Sin salir de su sorpresa te cuenta sobre la chica que estaba unos puestos más adelante. Más temprano había venido con su tía. La señora se quedó haciendo la cola por ella mientras ella “resolvía algo” en el centro de Caracas, antes de las 6:00 am. Mientras tomabas aire, la chica llegó y le dijo a su tía en un tono más bien calmado “vámonos, se me quedó el pasaje”. La tía la miró extrañada, así como tu novia te ve ahora mientras te relata la historia, y le pidió a su sobrina que le repitiera. “Sí, tía, se me quedó el pasaje ¡y eso es lo más importante! Sin eso ¿cómo saben cuándo me voy? Vámonos”. Y se fueron. Nadie alrededor parece tan alarmado como tu novia. Tal vez no lo escucharon. Tal vez ese error les parece de lo más común. Ni tú ni tu novia lo entienden del todo. Hasta una hora antes de llegar estuvieron revisando los requisitos una y otra vez, era su cántico de guerra. En todos lados explican que la lógica detrás de la apostilla express es que ya tienes tu pasaje listo, pero no puedes conseguir una cita regular, por lo que debes ir con el pasaje en mano para exigir que te agilicen el procedimiento. Hace años que se habla de ese mecanismo ¿cómo es que no lo llevas? Te empiezas a cuestionar sobre las probabilidades de éxito de esta chica en el extranjero. Te preguntas si no estás siendo muy duro.</p>
<p>Tu novia te saca de tus cavilaciones comentando lo mucho que le duelen las piernas. A ti también. Ya van para dos horas de pie. Deciden “sacrificar” uno de los abrigos que llevaron. Lo ponen en el suelo putrefacto. Se sientan. Se dan un poco de calor mutuamente. Empieza a despuntar el sol.</p>
<p><span style="color: #6e4d8b;"><strong>7:00 am</strong></span></p>
<p>La luz del día pone al descubierto caras que no sabías que estaban allí. De pronto las figuras que aguardaban en la oscuridad, como si fueran proscritos de la ley, muestran sus verdaderos colores, sus verdaderas facciones. Nunca has estado más convencido de que la realidad es un invento producto del juego de máscaras que crean la luz y los intrincados mecanismos que se esconden en el globo ocular.</p>
<p>No solo comienzas a percibir caras, sino que comienzas también a percibir movimiento. Quienes estaban sentados en el suelo se levantan. Hay cierto ajetreo. Un leve aire de confusión se mueve entre los <em>apostillandos</em>. El chico que está delante de ti vuelve de una breve excursión al principio de la cola. “Van a atender a los que tengan boleto hasta el sábado o el domingo”. Por un momento los ánimos decaen y aparece de nuevo el fantasma de tener que volver el lunes para poder completar el trámite. Le preguntas de dónde sacó la información. “Me dijeron la señora del café y el del kiosco”, te contesta. Lo miras un poco desconcertado. ¿Qué le hace pensar que esas son fuentes confiables de información en un caso como ese? Supones que es una de las formas en las que se manejan las cosas en Venezuela. Las autoridades y los poderes son así de difusos, de extraños, de informales. El muchacho que está detrás de ti parece opinar de forma similar a la tuya, así que decide acercarse y buscar una fuente de información más confiable. Vuelve con la noticia oficial de que aceptarán a personas con pasajes hasta el miércoles. Alivio. Podrán resolver hoy mismo. El muchacho les celebra su suerte. ¿Por qué suerte? Se supone que estás dentro de los cinco días hábiles que indican los requisitos… pero se te olvida que es Venezuela, que las leyes y las normas son tan flexibles como quien las interpreta, que capaz cualquiera te quiere joder.</p>
<p>La entrada hacia la sede principal del Ministerio de Relaciones Exteriores sigue revelándote escenarios que la oscuridad parecía tener escondidos. Sin moverte mucho, el peregrinaje te ha llevado de una ciudad silente y somnolienta a una ciudad activa, ruidosa y bastante fracturada. Pareciera que toda la actividad del lugar se mueve en función del grupo de personas que caminan en fila india hacia el recinto.</p>
<figure id="attachment_5444" aria-describedby="caption-attachment-5444" style="width: 657px" class="wp-caption alignright"><img class="wp-image-5444 size-full" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/Cola-apostilla-Ministerio-Exteriores.jpg" alt="" width="657" height="371" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/Cola-apostilla-Ministerio-Exteriores.jpg 657w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/Cola-apostilla-Ministerio-Exteriores-300x169.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/Cola-apostilla-Ministerio-Exteriores-600x339.jpg 600w" sizes="(max-width: 657px) 100vw, 657px" /><figcaption id="caption-attachment-5444" class="wp-caption-text">Foto cortesía efectococuyo.com</figcaption></figure>
<p>Sacas tu cartera y chequeas que tengas los timbres fiscales allí. Ya has escuchado en la cola que no los vas a necesitar en el momento (no recuerdas si lo dijo tu novia o alguien más), pero de todas maneras quieres chequear que los tengas. Algunos se mueven de aquí para allá buscándolos. En ningún ente oficial se consiguen. Lo más que puedes aspirar es a hacer un depósito a alguna cuenta bancaria del Estado y que utilicen el váucher como una especie de vale por un timbre fiscal. Sin embargo, eso sólo es válido dentro del territorio venezolano, donde todo es posible, la actual capital mundial de lo real maravilloso.</p>
<p>Para un trámite como el de la apostilla, tienes que tener tus timbres fiscales propiamente. Tu mamá tuvo que recurrir al mercado negro para encontrarlos; fácilmente Venezuela también pudiera ser la capital mundial de los mercados negros. En ese mercado paralelo un timbre fiscal de media unidad tributaria, cuyo valor debería ser de cuatrocientos veinticinco bolívares, tu mamá lo consiguió a diez mil. En efectivo, una especie en extinción. Pero había que hacerlo, aparentemente.</p>
<p>Mientras avanza la cola ves a una señora que camina en sentido contrario. La frase con la que ofrece su servicio te llama mucho la atención. La mujer (que luego sabrás que se llama Sol y que cobra por cualquier tipo de servicio asociado al proceso de apostilla express, desde hacer la cola por alguien más a las cuatro de la mañana, pasando por hacer asesorías, hasta intentar conseguir algún contacto en el Ministerio en el que trabajó por algunos años) dice con voz serena pero firme: “Tengo los timbres”. En tu mente se traduce a “tengo el poder”, porque así pareciera estar transmitiendo el mensaje. Ella ostenta en sus manos la respuesta a la necesidad de cientos de los que te acompañan en tu peregrinaje. Ella lo sabe. Ella sabe que lo que ofrece es necesario. Juega con eso, especula. Veinte mil bolívares en efectivo o no hay negocio. Lo siento, corazón, no acepto transferencias. Si quieres vas a Plaza Caracas, que los tienen en treinta mil. Un par de días después, tendrás que aguantarte horas de la señora Sol hablando mal del gobierno de Nicolás Maduro y culpándolo del estado al que hemos llegado como país y como sociedad. La oirás despotricando contra un Gobierno inútil y pacato, sí, pero te encontrarás pensando que más allá de todo lo que se pueda decir sobre los gobernantes es, en buena medida, por gente como ella, esos que perpetúan pequeños y grandes actos de corrupción cotidiana, que has tomado la decisión de irte del país. Te da miedo terminar como ella. Peor aún, te da miedo saber que tienes en ti mucho de lo que ves en ella.</p>
<p>Se van acercando al destino y notas que algo está sucediendo con la chica que está junto delante de ustedes. La acompaña su padre, que ha estado toda la jornada yendo y viniendo, llevándole pequeños mensajes que le transmite en susurros que solo ellos dos comprenden. Ahora pareciera que la situación se hace más crítica, pues se acaban los susurros y comienzan a hablar en un tono de voz más alto. La situación es que la chica se ha presentado a la cita con su boleto impreso, pero sin el sello húmedo correspondiente. De nuevo la pregunta sobre qué tanta atención presta la gente, de nuevo el cuestionamiento sobre el éxito de esta chica en el exterior.</p>
<p>El papá comienza a hablar con ustedes, les comenta la situación. Tu novia y tú se miran. Quieren reprenderlo y decirle que lo del sello húmedo estaba escrito muy claramente. Pero él mantiene este discurso de “qué fastidiosos” o “igual le decimos y él te puede pasar sin problemas”. Piensas que nos vamos de Venezuela, pero no dejamos de ser venezolanos. Tal vez esto viene de muy atrás, pero piensas que ese tipo de actitudes, esa forma de afrontar la vida como si todo fuera resoluble con un salto a las leyes, es el verdadero <em>Legado</em> del que se habla con tanto abolengo de parte de muchas caras visibles del chavismo. Al final la chica no puede entrar, no por la falta de sello húmedo, sino porque su boleto es para el jueves siguiente. Ustedes sí logran pasar. No pueden creer lo lejos que han llegado, en tan poco tiempo y sin ningún inconveniente.</p>
<p>Antes de entrar aparece de nuevo la tía de la chica que no llevó el pasaje. Se quedó en la puerta esperándola para poder pasar directo al momento en que llegue. No solo olvidó el boleto, sino que tampoco había imprimido su certificado de antecedentes penales, documento que debía apostillar ese día. “Buena suerte en el extranjero”, susurras, antes de pasar.</p>
<p><span style="color: #6e4d8b;"><strong>8:00 am</strong></span></p>
<p>Adentro te recibe la sospechosa amabilidad de uno de los empleados del Ministerio. “Por favor, ubíquense por este lado y, solo cuando avancen las personas de allá, avanzan ustedes también en esa dirección. Muchas gracias”. Está atento de las personas mayores, de las mujeres embarazadas, de los padres con bebés pequeños. Arrugas el ceño, te rascas la barbilla, ¿será cierto que este tipo es así de amable y servicial y ya? ¿Hay algo detrás? ¿Será que nos quiere joder? El tiempo allí te va a mostrar que no, que sí hay gente dispuesta a hacer bien su trabajo en un organismo público, por muy descabellada que suene esa idea.</p>
<p>Una vez dentro la meta se ve mucho más alcanzable, pero las piernas tiemblan, los párpados pesan y el cuerpo en general reclama. Unas sillas rojas se ven apetecibles en cierto punto a la distancia; sin embargo, todavía faltan unas cuantas vueltas de caracol en esta fila interminable para que puedas obtener esa preciada recompensa.</p>
<p>Otro funcionario se acerca y comienza a hablar en voz alta. Lo hace con dureza, pero no con altivez. Intuyes que no es la persona más simpática del mundo, pero no te parece que los esté tratando mal. Explica que el proceso solo lo puede llevar a cabo el titular del pasaje o, en caso de tratarse de un menor de edad, el padre o madre del menor. No hay posibilidad para que el trámite sea realizado por un tercero, llámese tío, primo, cónyuge, lo que sea. El hombre remata con una frase que te parece genial: “Recuerden que esto es un organismo consular como cualquier otro en el que han hecho trámites, aquí hay reglas y normas que se deben cumplir”. Te imaginas a las personas buscando el ADN de sus abuelos para llevarlo a la Embajada Española sin problemas, pero poniendo todos los reclamos posibles si les piden el pasaje con sello húmedo en el Ministerio de Relaciones Exteriores local. Alguien por ahí levanta la mano preguntando si con un poder puede hacer el trámite. Ante la negativa del funcionario, insiste: “pero está notariado”. Bajas la mirada. Supones que lo que puede ser lógico para ti no necesariamente lo es para los demás. Te suena casi obvio que, si la persona aún no se ha ido del país, debería estar en plenas facultades para hacer su trámite por sí misma, sin necesidad de un poder. Esta persona no opina lo mismo, evidentemente.</p>
<p>Sigues caracoleando por la sala, buscando alivio al recostarte de las paredes, cerrando un poco los ojos para dejarte llevar por el sueño aunque sea un par de segundos. Quienes se sientan en las ansiadas sillas rojas llenan un pequeño formulario en el que deben indicar la cantidad de documentos que dejan y de qué tipo son. Una señora le pide asesoría a otra. Pasa con algo de torpeza por encima de un muchacho, posiblemente su hijo. Escucha con atención lo que su asesora tiene para decirle. No sigues muy bien la conversación hasta que la mujer dice algo como “ah no, yo no tengo eso”. La otra la mira con los ojos bien abiertos. “¿No tiene el título certificado, los papeles legalizados?”. La otra la ve con ojos vidriosos, vacíos, no tiene la más mínima idea de lo que le habla su interlocutora. Niega con la cabeza y se queda en silencio. En la cara de la otra mujer ves reflejada tu misma pregunta: ¿cómo es que esta señora llegó hasta acá sin saber que tenía que registrar y legalizar sus documentos antes de proceder a apostillarlos? “Bueno, yo ahí veo cómo resuelvo”, dice la primera mujer, antes de volver a su asiento y completar el formulario que le habían dado. ¿Cómo va a resolver?, te preguntas. ¿Será que pedirá un permiso de treinta minutos para ir a hacer una certificación y legalización express de título y demás documentos? Si algo no le puedes quitar a los venezolanos que has estado viendo en este peregrinaje es su alta confianza en sí mismos: están convencidos de que pueden superar las condiciones más adversas en tiempo récord.</p>
<p>Avanzas y dejas atrás a la mujer sin legalizaciones. Pasan unos cuantos minutos antes de que puedas sentarte en las ansiadas sillas rojas. Te dejas caer, te relajas un poco, cierras los ojos y duermes. Duermes porque te hace falta.</p>
<p><span style="color: #6e4d8b;"><strong>9:00 am</strong></span></p>
<p>Abres los ojos en los asientos rojos, pero ya no son los mismos. Ahora estas a unos cuantos pasos de las taquillas donde recibirán tus documentos. Todo el trayecto sentado ha sido como un sueño raro. No recuerdas los cambios de silla, no estás muy claro de cuándo y cómo rellenaste el formulario que tienes en las manos. Ahora espabilas un poco y prestas atención, porque la gente se pone hostil cuando alguien se tarda mucho en dirigirse a una taquilla luego del grito de “siguiente” y esa hostilidad te pone ansioso.</p>
<p>Cuando llega tu turno entregas tus documentos. Recitas nuevamente el mantra: original y copia del boleto de avión con sello húmedo, fotocopia de la cédula, el documento a apostillar, un timbre fiscal de 0,5 unidades tributarias por documento. Te dicen que guardes el timbre, tú lo pegas después. Reciben los documentos, te dan una especie de factura. Debes regresar el viernes a buscarlos. Algunos funcionarios te dicen que es un procedimiento mucho más rápido, porque los viernes sólo se entregan documentos.</p>
<p>Al salir escuchas al chico que estaba delante de ti en la cola discutiendo con una de las empleadas. Al parecer ya había ido a apostillar documentos muy recientemente. Según el portal web, debes dejar pasar cuarenta y cinco días para solicitar una nueva cita o para llevar documentos a apostilla express. El muchacho había ido hacía menos de un mes. No sabes si le recibieron los documentos. No sabes si es que no estaba al tanto de la restricción temporaria o tan sólo se lanzó a ver si lo lograba, a ver si conseguía doblar la norma lo suficiente para que funcionara a su favor, a ver si nadie lo quería joder y lo dejaban hacer el trámite.</p>
<p>Sales a la luz del día y caminas un poco por el centro de la ciudad junto a tu novia. Ella te dice “No puedo creer que lo logramos y fue tan sencillo. Lo más loco es que a esta hora es cuando está empezando mi día normalmente”. Ya tienen cinco horas despiertos. Se preguntan si hacer trámites de ese tipo implica lo mismo en otros países. Se imaginan llegando de madrugada a un ente público en la ciudad a la que van y no encontrando a nadie, simplemente porque su venezolanidad les ganó y los hizo llegar antes del amanecer para que nadie los quiera joder.</p>
<p>Ahora te preguntas qué vas a hacer con el resto del día. Con el resto de los días.</p>
<p><span style="color: #6e4d8b;"><strong>Un tiempo después</strong></span></p>
<p>Buscar el documento implicó una jornada similar. Ese día llegaste a la misma hora, 5:15 am, pero tenías el número setenta. No tuviste que esperar en un pasillo pútrido, con olores inmanejables, aunque añoraste un poco la protección que te ofrecía contra las corrientes de viento helado. Escuchaste nuevas historias, conociste personajes loables y otros nefastos. Viste personas que llegaban a pedirle hasta catorce timbres fiscales a la señora Sol. Evitaste su mirada a toda cosa. No querías ver directo los ojos de esa cara de Venezuela.</p>
<p>Ese día también viste de frente los chanchullos y tramoyas que se urden en ese lugar. Sin mucho aspaviento, el muchacho que estaba detrás de ti en la cola (muchacho a quien la señora Sol le empezó a hacer la cola a las 5:00 am, para que el pudiera llegar a las 6:00 am sin problemas), pasó por delante de ti, saludó a un funcionario con naturalidad, le dijo “falta que te deposite los otros quinientos mil” y siguió derecho a retirar su documento.</p>
<p>Ya con el documento en la mano, esa última parada en el plan para salir de Venezuela, te preguntas sobre esos personajes que parecían estar del todo perdidos. Lo comentas con tus amigos, lo subes en redes sociales. Te parece inaudito que, estando allí, puedas estar en tanto desconocimiento de los pasos, de las normas, de las reglas. Reconoces que no eran ni de cerca la mayoría, claro, pero ya te preocupa que haya al menos uno así de <em>despalomado</em>.</p>
<p>Alguien te dice que no se debe a un tema de espabilar o estar atentos, sino que se trata de la desesperación; la gente está tan desesperada que se lanza a lo loco a hacer todos estos trámites. Le comentas a tu novia sobre ese argumento y ella, con la firmeza que la caracteriza, contesta “No. No es un tema de desesperación. Si ya tú estás ahí, si te levantaste a las tres o cuatro de la mañana para llegar, lo mínimo que puedes hacer es asegurarte de que tienes todos los requisitos, todos los documentos”. Tiene razón, piensas. Eso sin contar con que ya tienes el boleto en la mano y es para fecha reciente. ¿Cómo te arriesgas a equivocarte en un trámite, en el último trámite? Tu rigidez solo te permite pensar que si vas a hacer las cosas, debes hacerlas bien en todo momento, no hay medias tintas. Y si se trata de abandonar el país, mucho más aún.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2018/05/boleto-en-mano-experiencia-del-proceso-de-apostilla-express-en-venezuela/">¿Cómo es la experiencia de apostilla express en Venezuela?</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Isabel Allende: paciencia y fe para los inmigrantes</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/11/isabel-allende-paciencia-fe-los-inmigrantes/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Nov 2017 16:57:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Allende]]></category>
		<category><![CDATA[Chile]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[EEUU]]></category>
		<category><![CDATA[Emigración]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.seisgradosblog.com/?p=4159</guid>

					<description><![CDATA[<p>Isabel Allende se siente “muy preocupada” por millones de inmigrantes que viven ilegalmente en el Estados Unidos y&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2017/11/isabel-allende-paciencia-fe-los-inmigrantes/">Isabel Allende: paciencia y fe para los inmigrantes</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Isabel Allende se siente “muy preocupada” por millones de inmigrantes que viven ilegalmente en el Estados Unidos y temen ser deportados. Y aunque no confía en que el gobierno del presidente Donald Trump vaya a revertir sus políticas migratorias de mano dura, tiene un consejo para ellos: “paciencia y fe en que las cosas mejoran”.</p>
<p>“No tengo ninguna esperanza positiva para el gobierno de Trump y tampoco confío en el Congreso”, expresó la autora de éxitos literarios como <em>La casa de los espíritus, La hija de la fortuna</em> y <em>Paula.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
[the_ad id=&#8221;3726&#8243;]
<p>&nbsp;</p>
<p>“Pero creo que hay fuerzas muy positivas en este país que se mueven bajo la superficie”, dijo en referencia a organizaciones no gubernamentales y grupos de activistas que trabajan defendiendo los derechos de los inmigrantes.</p>
<p>En una extensa entrevista con The Associated Press realizada en un hotel céntrico de Miami, Allende habló de la inmigración, la vejez y su más reciente novela, <em>Más allá del invierno,</em> que acaba de salir a la venta en Estados Unidos tras su lanzamiento en mayo en España y Latinoamérica.</p>
<p>Ambientada en Brooklyn, la novela es una historia de amor a la edad avanzada que entrelaza la actualidad con un pasado reciente en Guatemala y la década de los años 70 en Chile y Brasil.</p>
<p>A lo largo de 350 páginas Allende se embarca en el tema de política, el arte de la supervivencia y la esencia del amor, salpicados por detalles de la vida interior de inmigrantes y refugiados que llegan a Estados Unidos escapando de la violencia y la persecución política.</p>
<figure id="attachment_108263" class="thumbnail wp-caption aligncenter">
<figure id="attachment_108263" aria-describedby="caption-attachment-108263" style="width: 755px" class="wp-caption aligncenter thumbnail"><img class="wp-image-108263 size-full" src="http://oncubamagazine.com/wmag/wp-content/uploads/2017/11/isabel-allende2.jpg" sizes="(max-width: 755px) 100vw, 755px" srcset="http://oncubamagazine.com/wmag/wp-content/uploads/2017/11/isabel-allende2.jpg 755w, http://oncubamagazine.com/wmag/wp-content/uploads/2017/11/isabel-allende2-300x221.jpg 300w" alt="Foto: Wilfredo Lee/AP" width="755" height="556" /><figcaption id="caption-attachment-108263" class="wp-caption-text">Foto: Wilfredo Lee/AP</figcaption></figure></figure>
<p>Aunque la inmigración ilegal está presente en la historia, la escritora chilena-estadounidense asegura que no se inspiró en las políticas de Trump.</p>
<p>“Es una casualidad porque cuando terminé la novela él no era presidente, pero ya se hablaba de la tragedia de los inmigrantes”, expresó.</p>
<p>Recordó que antes de la presidencia de Trump, decenas de miles de niños cruzaron la frontera escapando de la violencia en Centroamérica y dijo que está empapada del tema porque en su fundación recibe a inmigrantes y refugiados que acuden en busca de asesoramiento y ayuda.</p>
<p>Bajo Trump se han casi duplicado las detenciones de inmigrantes que viven ilegalmente en el país y se han cancelado programas que ofrecían un estatus legal temporal a extranjeros. El anterior gobierno del presidente Barack Obama deportó a más de 2,7 millones de inmigrantes, el mayor número en más de un siglo.</p>
<p>&nbsp;</p>
[the_ad id=&#8221;3726&#8243;]
<p>&nbsp;</p>
<p>Allende quería abordar también la historia de tres personas en un momento malo de sus vidas. Quería contar lo que dice Albert Camus en la cita que aparece al inicio de la novela: “En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”.</p>
<p>La propia escritora dice que estaba pasando por un invierno emocional. Llevaba años sintiéndose sola y vacía, se había divorciado tras 28 años de matrimonio, había fallecido su agente Carmen Balcells, a quien consideraba como una madre; habían muerto tres amigos muy cercanos y su perra Olivia, su mascota por 15 años.</p>
<p>“Fue una época invernal, que se prolongaba”, expresó Allende, quien ha escrito más de 20 libros desde 1982 y vendido más de 67 millones de ejemplares.</p>
<figure id="attachment_108262" class="thumbnail wp-caption aligncenter">
<figure id="attachment_108262" aria-describedby="caption-attachment-108262" style="width: 755px" class="wp-caption aligncenter thumbnail"><img class="wp-image-108262 size-full" src="http://oncubamagazine.com/wmag/wp-content/uploads/2017/11/isabel-allende.jpg" sizes="(max-width: 755px) 100vw, 755px" srcset="http://oncubamagazine.com/wmag/wp-content/uploads/2017/11/isabel-allende.jpg 755w, http://oncubamagazine.com/wmag/wp-content/uploads/2017/11/isabel-allende-300x213.jpg 300w" alt="Foto: Wilfredo Lee/AP" width="755" height="535" /><figcaption id="caption-attachment-108262" class="wp-caption-text">Foto: Wilfredo Lee/AP</figcaption></figure></figure>
<p>La cita de Camus le recordó que ya había pasado por otros inviernos así, cuando murió su hija Paula a los 29 años o cuando salió exiliada de Chile tras la llegada de la dictadura militar de Augusto Pinochet, y que siempre había vuelto a encontrar el verano.</p>
<p>Escribir el libro le ayudó a salir de su invierno, dijo, y ahora su vida ha cambiado completamente tras haber encontrado un nuevo amor que pronto irá a vivir con ella y su perra en su casa de las afueras de San Francisco, California.</p>
<p>La idea de la novela surgió en la Navidad de 2015, en una casa de Brooklyn donde tomaba café con otras cinco personas, entre ellas su hijo Nicolás y su nuera Lori. Alguien le preguntó qué iba a empezar a escribir el 8 de enero, la fecha en que siempre ha comenzado sus libros a lo largo de su carrera de 35 años, y fue tomando ideas que luego se convirtieron en el esqueleto del libro.</p>
<p>En octubre de 2016, justo antes de que Trump fuera elegido presidente, terminó el primer manuscrito.</p>
<p><em>Más allá del invierno</em> aborda el tema de los inmigrantes a través de tres personajes principales, pero es Evelyn Ortega la que le ayuda a exponer con detalles la violencia y la inseguridad en Centroamérica, el cruce de la frontera con México y el temor de vivir ilegalmente en Estados Unidos. Los otros dos personajes son Lucía Maraz –una inmigrante chilena inspirada en parte en la misma autora– y Richard Bowmaster, un profesor estadounidense de asuntos latinoamericanos.</p>
<p>&nbsp;</p>
[the_ad id=&#8221;3726&#8243;]
<p>&nbsp;</p>
<p>El personaje de la joven guatemalteca fue inspirado en una chica real que acudió en busca de ayuda a su fundación.</p>
<p>“No tuve que inventarlo, desgraciadamente. Lo que tuve que hacer, más bien fue cortar para quitarle un poco de la violencia extrema” y el lector pudiera aceptar la historia, explicó Allende. “La realidad es mucho peor de lo que aparece en el libro”.</p>
<p>Vestida con un saco azul oscuro y un collar plateado, la escritora dijo que no le teme a la muerte sino a la vejez.</p>
<p>“La vejez como yo la he visto en mis padres es dependencia”, expresó tras explicar que su mamá, de 97 años, y su papá, de 101, viven en un apartamento en Chile bajo el cuidado de cuatro personas que se turnan para asistirlos las 24 horas del día.</p>
<p>“Yo no quiero vivir así”, manifestó. “Quisiera vivir mientras tengo la posibilidad de ser independiente y de cuidarme sola”.</p>
<p><strong>Fuente: <a href="http://oncubamagazine.com/noticia/isabel-allende-paciencia-fe-los-inmigrantes/">AP OnCuba</a></strong></p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2017/11/isabel-allende-paciencia-fe-los-inmigrantes/">Isabel Allende: paciencia y fe para los inmigrantes</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>1026 Km para comenzar bien</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/01/1026-km-comenzar-bien/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Jan 2017 16:20:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Emigración]]></category>
		<category><![CDATA[Saime]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.seisgradosblog.com/?p=2557</guid>

					<description><![CDATA[<p>Por Julio César Blanco Aún recuerdo claramente la cara del hombre que me atendió en la oficina de&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2017/01/1026-km-comenzar-bien/">1026 Km para comenzar bien</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Julio César Blanco</strong></p>
<p>Aún recuerdo claramente la cara del hombre que me atendió en la oficina de Migración Colombia, y cada palabra que martilló por horas mi cabeza –“Búsquese una visa que le permita quedarse esa cantidad de días”-. También recuerdo que salí consternado porque al final creí que sí me habían dejado pasar. Como si todo el viaje que había realizado, de más de 17 horas seguidas sin problemas, no podía verse obstaculizado por nada o nadie. Pero más allá de ser un trámite, nunca sonó sobre el pasaporte el golpe del sello húmedo y eso era lo que todos buscaban al entrar a esa oficina.</p>
<p>Ya nada tenía sentido para mí en ese instante. Desde ese momento ingresar o permanecer en el país era ilegal. Decir la verdad no ayudó en absoluto y pude confirmar que las aduanas, consulados u oficinas de migración, poco saben de nuestros viacrucis, de nuestras horas sin comer o dormir, de las necesidades que nos llevan a buscar otros lugares.</p>
<p>Pero el chofer del carro por puesto que nos llevaba me calmó, me explicó con detalle todo lo que debía haber dicho y lo que debía hacer después que pasaran los tres días en los que el sistema de migración te bloquea. No había marcha atrás, regresar después de ese viaje no era una opción y entrar ilegalmente no era complejo mientras me mantuviese bajo perfil, y eso hice.</p>
<p>Con cada alcabala que se detenía el bus o cada policía que pasábamos por un lado me ponía nervioso. Durante tres días debía esperar para seguir las indicaciones de aquel abogado del diablo, para poder intentarlo de nuevo ¿Y si era mentira? ¿Y si al final no podía obtener el sello? Ya estaba pensando los posibles planes para regresarme, me negaba a estar en un lugar donde el nervio tuviese uniforme en cada esquina. Interioricé que el miedo ante la autoridad vivaracha y ventajista lo traía adquirido mucho antes de cruzar la frontera.</p>
<p>342 km por tierra son los que separan la frontera de mi lugar de estadía. Preparado mentalmente para lo que sucediese, volví al tortuoso reposo de ocho horas seguidas en bus desde Barranquilla hasta Maicao. Pagando a un mototaxi recorrí los 10 km que separan el terminal de la línea. El mototaxi me argumentó que me esperaría porque le daba flojera regresar solo (menos cuando había dinero de otra carrera por delante).  En la oficina de migración venezolana (Saime), tras excusarme, pude anular mi sello de salida anterior y obtener uno nuevo.</p>
<p>Camino a la oficina de Migración Colombia saqué el suéter y me lo puse al hombro para aparentar venir de un viaje largo. Entré de manera determinante cargando una excusa o varias, memorizando un número de teléfono y dirección exacta de un lugar al que aún no conocía bien. Comencé a hacer la fila y con cada persona que pasaba mi resolución comenzaba a tambalear (o quizá eran mis piernas no lo sé). Saqué un libro para fingir leer y vi la misma cara de hace tres días interpelando a una chica, intimidando y preguntando con severidad. Solo deseaba no encontrarme otra vez con él. Era mi turno.</p>
<p>Por suerte otro funcionario me atendió, pero me temblaba la mano, ¿A que temía ahora? Dejé el pasaporte en la ventanilla para que no me viese temblar y puse cara de póker ¿A dónde se dirige? ¿Por cuánto tiempo? ¿Qué profesión tiene?, una verdad, una mentira, una verdad y esta vez vi el sello marcando el pasaporte.</p>
<p>Al salir de allí aun dudaba si todo estaba bien. El mototaxista cumplió su palabra y retornamos 10 minutos en moto por el mismo camino solitario de La Guajira, que me pareció incluso admirable esta vez. Estaba apreciando todo con otros ojos. Después de otros 342km seguidos de retorno en autobús, ya no había miedo. Supuse que esa debía ser la sensación que debía haber experimentado hace unos días, pero esta vez realmente sentí que comenzaba el viaje.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2017/01/1026-km-comenzar-bien/">1026 Km para comenzar bien</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Me mudé</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/01/me-mude/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Jan 2017 15:08:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Emigración]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.seisgradosblog.com/?p=2531</guid>

					<description><![CDATA[<p>Por Dagmar Sucre &#160; No de medias No de pantaletas No de franela Me mudé de País &#160;&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2017/01/me-mude/">Me mudé</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Dagmar Sucre</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No de medias</p>
<p>No de pantaletas</p>
<p>No de franela</p>
<p style="text-align: center;">Me mudé de País</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me mudé</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No de cuarto</p>
<p>No de marca</p>
<p>No de abrigo</p>
<p style="text-align: center;">Me mudé de País</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cambió el paisaje</p>
<p>cambiaron los sonidos</p>
<p>la moneda cambió</p>
<p>el clima cambió</p>
<p>el aire cambió</p>
<p>el acento cambió</p>
<p>los ángulos las distancias el foco</p>
<p>ahora todo es distinto</p>
<p>los problemas cambiaron</p>
<p>las alegrías son otras</p>
<p>los sueños</p>
<p>los horarios</p>
<p>los espacios</p>
<p>Todo cambió</p>
<p style="text-align: center;">Me mudé de País</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2017/01/me-mude/">Me mudé</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Errantes nostálgicos</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2016/12/errantes-nostalgicos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 10 Dec 2016 12:57:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Bauman]]></category>
		<category><![CDATA[Despedida]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Emigración]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.seisgradosblog.com/?p=1976</guid>

					<description><![CDATA[<p>Por María Cristina Martínez Miro atrás. Saco cuenta. D. se fue a Chile. M. a Colombia. T. a&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2016/12/errantes-nostalgicos/">Errantes nostálgicos</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por María Cristina Martínez</strong></p>
<p>Miro atrás. Saco cuenta. D. se fue a Chile. M. a Colombia. T. a España. R. partirá pronto a Argentina. Hay días en que quisiera tomarme un café con esos amigos que se fueron pero solo logro alcanzarlos por Whatsapp. El día que D. se fue era junio. Un día bastante nublado. Envió un mensaje: “Ya estoy en el aeropuerto. Te quiero mucho. Seguiremos en contacto”. Me senté en el banco de una plaza. Recordé que no quise ir a despedirme porque sencillamente odio las despedidas. Ese recuerdo se hizo doloroso. Me sentí cobarde y a la vez desprotegida. Me puse a llorar desconsoladamente. Luego llovió.</p>
<p>&nbsp;</p>
[the_ad id=&#8221;3726&#8243;]
<p>&nbsp;</p>
<p>Hubiese querido tanto que D. se quedara. Pero estoy –estamos–en el tiempo sin certeza. La metáfora de la liquidez de la que habla Zygmunt Bauman. Los ciudadanos del mundo transitamos sin parar. Y la emigración, ahora impulsada por una crisis económica y política, no es una condición exclusiva de Venezuela, aunque lo queramos sentir así. La gente constantemente va a otros lugares en busca de un mejor empleo, mejor calidad de vida, mejor suerte. Ese ir y venir nos comprime con lo que Bauman llama “cultura laboral de la flexibilidad”, porque demuele toda previsión de futuro. Hay otro tipo de gente que, a causa de conflictos armados, sale huyendo despavorida de su territorio. Ya han vistos ustedes como los niños aparecen dormidos a la orilla del mar. ¿No habrán creído que el fenómeno de la globalización nos haría la vida plenamente dichosa, o sí?</p>
<p>El otro día, en la universidad, tuve que presenciar cómo mis compañeros trataban como bicho raro a una alumna de origen colombiano porque confesó haber venido a Caracas solo a cursar la maestría. Le querían enseñar, como a quien práctica para formar parte de una guerrilla urbana, a moverse sigilosamente en la ciudad. “Ten cuidado de este modo”, “ten cuidado de este otro”. “No vayas a tales lugares”. “No lleves el celular en la cartera”. “Si te preguntan la hora en la calle, no contestes, sigue caminando”, le indicaban.</p>
<p>Después, al final de la larga cadena de instrucciones, alguien le dijo: “Pero que valiente eres, venir aquí en plena crisis no lo hace cualquiera”. Otro opinó: La verdad es que te admiro, yo no lo hubiese hecho”. A lo que la alumna, claramente agobiada y sorprendida, aclaró: “Yo vengo de un país con más de 50 años de guerra y estar en Caracas no tiene nada que ver con valentía ni nada parecido, me salé mucho más barato estudiar aquí, es todo”. Nos cuesta aceptarlo pero el mundo es cada vez más inseguro. Vayas donde vayas. Y somos esta especie de errantes nostálgicos, con distintos anhelos y distintas miserias, en busca de un pequeño refugio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2016/12/errantes-nostalgicos/">Errantes nostálgicos</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
