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	<title>García Márquez &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>García Márquez &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Mienten las mentiras: los falsos positivos del periodismo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Nov 2017 18:18:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Reportajes]]></category>
		<category><![CDATA[Eduardo Galeano]]></category>
		<category><![CDATA[García Márquez]]></category>
		<category><![CDATA[Periodismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si un periodista tuviese que escoger entre ética y estética, tendría que privilegiar lo primero. Sin embargo, algunos&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h5 id="si-un-periodista-tuviese-que-escoger-entre-etica-y-estetica-tendria-que-privilegiar-lo-primero-sin-embargo-algunos-deciden-ignorar-deliberadamente-esa-maxima-estos-son-algunos-de-los-casos-mas-atr">Si un periodista tuviese que escoger entre ética y estética, tendría que privilegiar lo primero. Sin embargo, algunos deciden ignorar deliberadamente esa máxima. Estos son algunos de los casos más atroces –que con el tiempo resultan incluso risibles– de grandes fraudes periodísticos.</h5>
<p><strong>Por Por </strong><span class="author-link"><strong>Alejandro Gómez Dugand* / <a href="http://www.revistaarcadia.com/impresa/periodismo/articulo/mentiras-los-grandes-fraudes-de-periodistas--periodismo/66212">Revista Arcadia</a></strong> </span></p>
<p>Si esta nota fuera sobre los mejores primeros párrafos del periodismo, tendríamos que hablar de “Hack Heaven”, una nota publicada por <a href="http://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/periodistas-mentirosos/29246" target="_blank" rel="noopener">Stephen Glass</a> en la revista <em>The New Republic</em> en 1998. En esos primeros párrafos, Ian Restil grita iracundo desde una esquina de la mesa. Dice que quiere un convertible. Un viaje a Disney. El primer ejemplar del cómic de los <em>Hombres X</em>. Una suscripción vitalicia a <em><a href="http://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/playboy-hugh-hefner-sexo-pornotopias-beatriz-preciado-literatura/51354" target="_blank" rel="noopener">Playboy</a> </em>y a <em>Penthouse</em>. “<em>Show me the money</em>!”, grita Ian Restil, “<em>Show me the money</em>!”.</p>
<p>Restil, de apenas 15 años, está negociando con ejecutivos de Jukt Micronics, una empresa que el malcriado Restil –pero no por eso menos talentoso– logró <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/hacker/1015" target="_blank" rel="noopener"><em>hackear</em></a>. Ian había publicado los salarios de los empleados de la empresa junto a fotografías de desnudos y un mensaje, cuando menos, arrogante: “<em>The Big bad bionic boy has been here, baby</em>” (El gran maloso niño biónico estuvo acá, baby). Los ejecutivos le ofrecen disculpas al muchachito por interrumpirlo: “Podemos conseguir más dinero”, le dicen. “Así, podrá comprarse el cómic y cuando tenga, digamos, edad suficiente, el carro y las revistas pornográficas”.</p>
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<p>Restil tiene a los ejecutivos acorralados. Los ingenieros de Jukt Micronics, “una importante empresa de <em>software</em>”, no se explicaban cómo este adolescente había vulnerado la seguridad de la empresa. La decisión de Jukt era clara: antes de perseguir a Restil, debían contratarlo como asesor de seguridad electrónica. Glass explica cómo esta escena no es para nada disparatada. En su nota cita a<em> Computer Inside</em>, un boletín para<em> hackers</em> que aseguraba que al menos 900 <em>hackers</em> habían sido contratados en los últimos cuatro años para asesorar sobre temas de seguridad a empresas que ellos mismos habían infiltrado.</p>
<p>Las grandes historias del periodismo están hechas con escenas como esa: escenas con personajes tan inusuales como verosímiles y que apelan a los grandes tópicos de la literatura: Restil, el pequeño David que lucha contra el gigante Goliath. En la Biblia, David derriba al gigante de una pedrada.</p>
<p>El problema es que nada de esto ocurrió en el mundo real. Como lo descubriría Adam Penenberg, del equipo digital de la revista <em>Forbes</em>, Ian Restil nunca existió. Ni Jukt. Ni sus ejecutivos. Ni el niño pataletudo en la esquina de la mesa, ni los abogados arrodillados: todo fue una ficción creada de Stephen Glass, presentada como periodismo. “El artículo –escribió Penenberg en mayo de 1998– era un completo y absoluto fraude perpetrado por uno de los editores asociados (de <em>The New Republic</em>), Stephen Glass, de 25 años”.</p>
<p>Hoy hablamos tanto de<a href="http://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/trump-dispara-las-ventas-de-1984-de-george-orwell/61781" target="_blank" rel="noopener"><em> fake news</em></a> que el término parece ya un eufemismo peligroso: un saco demasiado grande en el que cabe la historia de Frida Sofía, la falsa víctima del terremoto de México del 19 de septiembre, la foto trucada de los tiburones navegando una carretera de Houston luego del huracán Harvey y las cadenas de WhatsApp en las que “expertos” anónimos aseguran que Colombia se convertirá en Venezuela. Parece que el torrente de noticias que no lo son exige un nuevo ejercicio de taxonomía que nos permita diferenciar su intención: una cosa es una foto falsa creada para conseguir viralidad y otra muy diferente es<a href="http://www.revistaarcadia.com/contenidos-editoriales/feria-del-libro-bogota-2017/articulo/postverdad-mentiras-politicas-y-soluciones/63395" target="_blank" rel="noopener"> la campaña de desinformación que emprendió</a> el Centro Democrático, tal como lo confesó Juan Carlos Vélez, en tiempos del plebiscito. <em>Fake news, failed new, fabricated news</em>… El asunto es que dentro de esas muchas palabras que en inglés son con “f”, y que pueden describir cierto “periodismo” de hoy, existe una contundente: <em>fiction</em>. Hablar de ficción en periodismo es plantear de entrada una paradoja irresoluble. En el oficio de contar la realidad, la ficción es el mayor de los pecados. Y sin embargo, la historia de Glass no puede ser descrita de otra manera. No es manipulación de la información, ni una edición mal intencionada: la de Glass es una historia inventada de cabo a rabo: para usar una “f” más, fabulaciones enmascaradas de periodismo.</p>
<p>El episodio de Hack Heaven fue un duro golpe para la prestigiosa <em>The New Republic</em>, un triunfo sin precedentes para el equipo digital de <em>Forbes</em> y el final definitivo de Glass, quien durante los siguientes 20 años tuvo que retractarse de muchas otras notas que firmó como reportero.</p>
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<h4 id="la-historia-perfecta"><strong>La historia perfecta</strong></h4>
<p>Acá es cuando la intención es importante. Glass ha dicho en varias ocasiones que lo que lo llevó a mentir era poder contar la “historia perfecta”, una suerte de santo grial al que todo reportero quiere llegar: historias que no admiten dudas, de personajes redondos, con anécdotas imposibles de olvidar. El problema es que el periodismo se parece a la vida, y la vida es todo menos perfecta. Al final, el periodismo es una batalla entre la ética y la estética en la que la primera siempre debe ganar.</p>
<p>Glass no es el único, ni el más grave, ni el más famoso. En 1980, Janet Cooke publicó “Jimmy’s World” en<em> The Washington Post</em>, una desgarradora historia sobre un niño de ocho años adicto a la heroína. En la nota, Cooke muestra a Jimmy –un niño precoz, de ojos café y marcas de jeringa en la “piel tersa de bebé de su brazo moreno”–. El niño vive con su mamá y su padrastro, personajes que bien podrían ser la mezcla perfecta de los relatos de <a href="http://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/centenario-de-el-nacimiento-de-roald-dahl/48589" target="_blank" rel="noopener">Roald Dahl</a> e Irvine Welsh. Ron, el padrastro, o alguno de sus clientes son los encargados de inyectar a Jimmy “hundiendo la aguja en el brazo huesudo y enviando al niño de cuarto grado a un gesto hipnótico”. Jimmy, nos dice Cooke, es adicto desde los 5.</p>
<p>La historia perfecta, claro, pero también una historia de ficción: no existió Jimmy, ni su padrastro, ni su madre. Todos fueron producto de la mente (¿y el talento?) de Janet Cooke. Pero lo que hace relevante el fraude es que, a pesar de que muchos de sus colegas en la redacción tenían dudas, los editores del <em>Post</em> no solo decidieron apoyar a su redactora, sino además nominarla al <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/premio-pulitzer/1507" target="_blank" rel="noopener">Premio Pulitzer</a>. Cooke ganó el que tal vez sea el premio más prestigioso del periodismo, pero dos días después de recibirlo se vio obligada a devolverlo. En una rueda de prensa, Robert Woodward –editor del<em> Post</em>– reconoció el error de su diario: “Me la creí, la publicamos (&#8230;). Es una historia brillante, falsa y fraudulenta como es”.</p>
<h4 id="la-imaginacion-como-recurso"><strong>La imaginación como recurso</strong></h4>
<p>Cabe mencionar al colombiano José Alejandro Castaño, ganador del premio iberoamericano de periodismo Rey de España, entre muchos otros. Castaño ha escrito para <em>El Malpensante</em>, <em>Semana</em>, <em>SoHo</em> y para esta misma revista, entre muchos –muchos– otros medios. Castaño fue una voz importante del periodismo nacional a comienzos de este siglo. Pero algunas de sus notas empezaron a generar dudas. En una describe cómo en un domingo de 2002 en el que se jugó un clásico futbolístico en Medellín ocurrieron siete milagros: un asmático se curó, un parapléjico brincó de su silla, un enfermo dejó la cama, una pareja voló por la ventana para caer encima de un vendedor ambulante sin que ninguno resultara herido.</p>
<p>Al día siguiente, Castaño publicó una nota en la que aseguraba que al <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/articulo/dario-jaramillo-agudelo-deportivo-independiente-medellin-futbol-rey-de-corazones/49264" target="_blank" rel="noopener">DIM</a>, equipo ganador del clásico, lo había recibido una corte de cinco prostitutas que, bajo un sol incandescente, gritaban “¡Los queremos, muchachos, gracias por devolvernos el alma y la alegría!”. Sin embargo, se prendieron las alarmas de las licencias periodísticas. Algunos reporteros que iban en el carro con Castaño aseguraron que esa escena jamás había ocurrido. Una publicación de <em>El Malpensante</em> y otra de <em>La Silla Vacía</em> dijeron lo que aparentemente ya decían varios en el gremio: Castaño inventaba personajes, escenas y datos para escribir sus “historias perfectas”.</p>
<p>Laura García, periodista colombiana, escribió un larguísimo blog en <em>SoHo</em> en el que salió en defensa del cronista paisa, y el mismo Castaño trató de salvar su carrera en un texto en el que escribió una frase que parece incriminarlo: “(La) imaginación es (un) recurso periodístico”.</p>
<h4 id="respuestas-no-pedidas"><strong>Respuestas no pedidas</strong></h4>
<p>En el panteón de los periodistas de la ficción encontramos subgéneros. Están quienes, como Glass y Cooke, deciden entrevistar a personajes que no existen y describir escenas que jamás ocurrieron. Pero también están otros, cuando menos más valientes, que se atrevieron a publicar entrevistas a personas reales con quienes nunca conversaron. Uno de los casos más elocuentes es el del cronista argentino Nahuel Maciel, cuya historia quedó recogida en una crónica fabulosa –que no fabulada– publicada en<em> Gatopardo</em> por Eliezer Budasoff y titulada “El hombre que se convirtió en espejo”.</p>
<p>Maciel se hizo famoso en los noventa por publicar entrevistas muy extensas con personajes como <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/mario-vargas-llosa/1246" target="_blank" rel="noopener">Mario Vargas Llosa</a>, Carl Sagan, <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/umberto-eco/497" target="_blank" rel="noopener">Umberto Eco</a>, Juan Carlos Onetti y <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/gabriel-garcia-marquez/4" target="_blank" rel="noopener">Gabriel García Márquez</a> sin haber hablado con ellos. No solo eso: las conversaciones imaginarias entre Maciel y García Márquez llegaron a convertirse en un libro que se publicó en 1992. Así describió Budasoff el episodio: “(El) joven Nahuel Maciel presentó en la Feria del Libro de Buenos Aires <em>Elogio de la utopía</em>, una recopilación de conversaciones con García Márquez que no eran reales, prologada por un texto del escritor uruguayo<a href="http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural---revista-arcadia/articulo/cosas-para-llevar-ultimo-poema-eduardo-galeano-edicion-128/48990" target="_blank" rel="noopener"> Eduardo Galeano</a> que Galeano nunca escribió, con un prefacio a cada capítulo plagiado, palabra por palabra, de un libro del sacerdote argentino Mamerto Menapace, a cuyos textos solo les había cambiado la palabra ‘Dios’ por ‘Utopía’”.</p>
<p>Las entrevistas que no ocurrieron son un género cultivado por los fabuladores del periodismo. En junio de este año el diario chileno <em>La Tercera</em> tuvo que reconocer que varias entrevistas publicadas por una de sus reporteras, Ximena Marín Lazaeta, habían sido o bien inventadas o plagiadas de otros medios. Marín había firmado una entrevista con Álvaro Uribe y con el español José Luis Rodríguez Zapatero sin haber hablado con ninguno.</p>
<p>También el periodista <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/martin-caparros/69" target="_blank" rel="noopener">Martín Caparrós</a> fue, en 2013, víctima de la fabulación. “Maestro! Un periodista? ecuatoriano q intentó hablar conmigo y no me encontró, igual publica su entrevista (sic)”, anunció Caparrós en un trino que incluía un <em>link</em> a una nota del <em>Expreso</em> firmada por Rubén Darío Buitrón. “Sacó algunas frases de 1 nota q escribí para el NYTimes, otras de 1 entrevista radial, y otras de su imaginación calenturienta (sic)”.</p>
<p>Pero no solo con palabras se miente. Este año el ilustrador peruano Cristhian Hova tuvo que disculparse públicamente luego de haber asegurado que tres de sus ilustraciones habían sido portada de <em>The New Yorker</em>. Una de ellas, en la que Trump se balancea sobre una máquina de juegos en forma de carrito, aparecía en una nota de la revista <em>Somos</em> que tomó por sorpresa al periodista Diego Salazar: “¿Cómo es posible que un artista peruano haya publicado no una, sino varias veces en <em>The New Yorker</em> y no nos hayamos dado cuenta?”. En una nota publicada en el portal clasesdeperiodismo.com, Salazar cuenta paso a paso cómo descubrió las mentiras de Hova, quien no solo no había publicado en la revista, sino que además había plagiado una ilustración de Barry Blitt.</p>
<h4 id="periodismo-magico"><strong>¿Periodismo mágico?</strong></h4>
<p>Si esta nota fuera sobre los mejores primeros párrafos del periodismo, estaríamos obligados a hablar de <em>Caracas sin agua</em>, una nota de Gabriel García Márquez publicada en 1958. En esos primeros párrafos, García Márquez narra cómo el ingeniero alemán Samuel Burkart se afeita en un <em>penthouse</em> de la capital venezolana, asediada por esos días por una fuerte sequía. Ante la escasez, Burkart se ve obligado a ser recursivo y valerse de otro líquido para podar su barba: “Burkart compró una lata de jugo de naranja y se decidió por una botella de limonada para afeitarse. Solo cuando fue a hacerlo descubrió que la limonada corta el jabón y no produce espuma. De manera que declaró definitivamente el estado de emergencia y se afeitó con jugo de duraznos”. Por supuesto, los párrafos iniciales de <em>Caracas sin agua</em> son tan maravillosos como inventados. Nunca existió Burkart más allá de la imaginación de García Márquez.</p>
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<p>Son muchos los casos en los que se pueden encontrar exageraciones y mentiras en los reportajes de García Márquez. En una nota publicada por Néfer Muñoz en 2014 en <em>BBC Mundo</em> se habla, por ejemplo, de una ocasión –en 1954– en la que Gabo viajó a Quibdó a cubrir una protesta “multitudinaria”. Al llegar, García Márquez y el fotógrafo descubren que el tal paro no existió y que Primo Guerrero, corresponsal de El<em> Espectador</em>, había inventado la protesta. Obstinado en no regresar con las manos vacías a Bogotá, el mismo García Márquez se puso en la tarea de convocar a las multitudes para poder tomar las fotos y sacar la nota. <em>El Espectador</em> publicó la nota con el título <em>Historia íntima de una manifestación de 400 horas</em>. En ella, escribió Muñoz, “García Márquez asegura que la protesta duró 13 días, ‘nueve de los cuales estuvo lloviendo implacablemente’”. García Márquez, autor de una cita que aparece y reaparece toda vez que se habla de ética periodística: “En el oficio de reportero se puede decir lo que se quiera con dos condiciones: que se haga de forma creíble y que el periodista sepa en su conciencia que lo que escribe es verdad. Quien cede a la tentación y miente, aunque sea sobre el color de los ojos, pierde”.</p>
<p><sup>*Literato y periodista. Director de <em>Cerosetenta</em>.</sup></p>
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<p><strong>Fuente: <span class="author-link"><a href="http://www.revistaarcadia.com/impresa/periodismo/articulo/mentiras-los-grandes-fraudes-de-periodistas--periodismo/66212">Revista Arcadia</a></span></strong></p>
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		<title>El autor y la escritora</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/11/autor-la-escritora/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 07 Nov 2017 12:18:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Carolina Sanín]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismo]]></category>
		<category><![CDATA[García Márquez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Carolina Sanín / Revista Arcadia Si queremos, podemos oír que en la vida se nos hace incesantemente&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Carolina Sanín / <a href="http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural---revista-arcadia/articulo/carolina-sanin-sobre-las-mujeres-escritoras-en-latinoamerica/66234">Revista Arcadia</a></strong></p>
<p>Si queremos, podemos oír que en la vida se nos hace incesantemente una sola pregunta: qué nos ha traído al lugar donde estamos; qué nos hace actuar como actuamos; qué nos pasó, qué y quién nos afectó. La respuesta es la disposición a contarnos nuestra propia e infinita historia; no es una respuesta, sino una actitud: la responsabilidad misma. En <em>Crónica de una muerte anunciada</em> se le hace tres veces la pregunta a Ángela Vicario, la protagonista. En su noche de bodas, después de que Bayardo San Román la devuelve a su casa tras descubrir que ella no es virgen, uno de sus hermanos le pregunta “quién fue” —quien hizo que dejara de ser virgen—. “Ella se demoró apenas el tiempo necesario para decir el nombre”, dice el narrador. “Lo buscó en las tinieblas, lo encontró a primera vista entre los tantos y tantos nombres confundibles de este mundo y del otro, y lo dejó clavado en la pared con su dardo certero, como a una mariposa sin albedrío cuya sentencia estaba escrita desde siempre. ‘Santiago Nasar’, dijo”.</p>
<p>A continuación el lector se persuade de que los hermanos Vicario darán muerte a un inocente para restablecer el honor de la familia y en obediencia al prejuicio. El narrador mismo duda explícitamente de que Santiago Nasar sea responsable. Sin embargo, dice que Ángela Vicario no dijo cualquier nombre, sino que lo “buscó” y que lo “encontró”, y que la sentencia de Santiago Nasar estaba escrita. En otras partes de la novela se describe a Santiago Nasar como un cazador y destructor de mujeres: un “gavilán pollero. Andaba solo, igual que su padre, cortándole el cogollo a cuanta doncella sin rumbo empezaba a despuntar por esos montes”. La mañana en que lo van a matar, Santiago Nasar le dice a Divina Flor, la hija adolescente de la sirvienta de su casa: “Ya estás en tiempo de desbravar”. Más tarde, cuando trata de entrar en su casa para que no lo maten, lo acuchillan contra la puerta que su madre ha cerrado pues Divina Flor, en su lúcida inconsciencia, ha dicho que él ya está en la casa.</p>
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<p>Puede leerse <em>Crónica de una muerte anunciada</em> como una parábola sobre la responsabilidad, la deuda y la imposibilidad de asignar una culpa (un tema central en la obra de García Márquez a partir del cuento “En este pueblo no hay ladrones”): Santiago Nasar puede no haber “desbravado” a Ángela Vicario, pero sí a muchas otras (tal vez Ángela Vicario fue su víctima solo vicariamente y fue el ángel vengador). La novela puede leerse también como una paradoja sobre el desencuentro entre el rumor y la información, que hace imposible la solidaridad: todo el pueblo sabe que a Santiago Nasar lo matarán en la mañana por la denuncia de Ángela Vicario, y nadie —con una salvedad— lo avisa. Puede leerse como un comentario sobre la espectacularidad del delito: “La gente que regresaba del puerto, alertada por los gritos, empezó a tomar posiciones en la plaza para presenciar el crimen”. Puede leerse también como un comentario sobre la inutilidad del sacrificio: la muerte de Santiago Nasar, en la plaza del pueblo y contra la puerta de su casa (acuchillado por dos matarifes de cerdos), se describe como la muerte de un toro contra el burladero en una plaza de toros, y su autopsia gratuita es el descuartizamiento de un animal. Por demás, la masacre de animales aparece recurrentemente a lo largo de la historia.</p>
<p>Pero la novela trata también acerca del sacrificio útil. A Ángela Vicario se le hace por segunda vez la pregunta sobre su vida después de que el crimen se ha perpetrado: “Cuando el juez instructor le preguntó con su estilo lateral si sabía quién era el difunto Santiago Nasar, ella le contestó impasible: ‘Fue mi autor’”. Es una frase que queda resonando, como un enigma, en la mente del lector. El autor de Ángela Vicario es ciertamente <a href="http://www.revistaarcadia.com/noticias/gabriel-garcia-marquez/4" target="_blank" rel="noopener">Gabriel García Márquez</a>, su primo, quien se presenta autobiográficamente en la novela e investiga el caso “en una época incierta en que trataba de entender algo de mí mismo”. ¿Qué quiere decir ese “mi autor” con respecto a Santiago Nasar, el joven patriarca?</p>
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<p>Después de que ocurre la muerte anunciada, los Vicario se van del pueblo y la madre hace “lo posible para que Ángela Vicario se mu(era) en vida”. Ella, sin embargo, “le malogró los propósitos, porque nunca hizo ningún misterio de su desventura”. Cuando el autor la encuentra, muchos años después, en medio del desierto de La Guajira (el mismo desierto al que la Cándida Eréndira escapa liberada, al final de su largo relato), la encuentra cambiada. Ya no es “tu prima la boba”, como se refería a ella Santiago Nasar, ni la caracterizada por “el desamparo” y “la pobreza de espíritu”, sino que “era tan madura e ingeniosa que costaba trabajo creer que fuera la misma”. Después del sacrificio —o el ajusticiamiento— de Santiago Nasar, Ángela Vicario se vuelve capaz de contar su propia historia “sin reticencias”. Cuenta cómo no quiso engañar a su marido fingiéndose virgen como le habían aconsejado las otras mujeres. Cuenta cómo estaba dispuesta a morir, y cómo, dentro de la golpiza que le dio su madre en la noche de bodas, nació en ella el amor por Bayardo San Román. “Nació de nuevo”, dice el narrador, y fue “dueña por primera vez de su destino” y “se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío”. Se dio cuenta, también, de que el odio por su madre y el nuevo amor que la construía crecían proporcionalmente.</p>
<p>Después de que ella responde por tercera vez con la enunciación de la responsabilidad del hombre — “No le des más vueltas primo, fue él”, le dice al narrador— se cuenta que Ángela Vicario se hace escritora. Deja de ser la amada —la novia pasiva escogida por un hombre que no la conoce, obligada a casarse con él sin amor— a ser la amante que escoge someterse a la autoridad de su propio enamoramiento. Le escribe cartas a Bayardo San Román durante diecisiete años: “Al principio fueron esquelas de compromiso, después fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos de amor, y por último fueron las cartas indignas de una esposa abandonada que se inventaba enfermedades crueles para obligarlo a volver”. Por último, “le habló de las lacras eternas que él había dejado en su cuerpo, de la sal de su lengua, de la trilla de fuego de su verga africana”. Escribe libremente y de todo: la mujer no ideal (la no virgen), después de haber visto y declarado que el patriarcado ha sido autor de su personaje, asume otro papel: el históricamente masculino del autor romántico —el que amaba a una mujer idealizada—, pero con un vuelco: ella ama y se dirige a un hombre real. Multiplica su propio personaje autoral y se ironiza en sus escritos. Se hace responsable de sí misma, ante sí. “Era como escribirle a nadie”, dice, y con su escritura y su conciencia revierte todo el discurso amoroso de occidente, el discurso iniciado en la Edad Media con la poesía del amor cortés compuesta por los trovadores, herederos y alumnos de los árabes. (No es secundario que Santiago Nasar sea hijo de un árabe, ni es insignificante que la única vez que oye el anuncio de su muerte lo oiga en árabe, de labios del padre de su novia).</p>
<p>La muerte que en la <em>Crónica de una muerte anunciada</em> está anunciada es la muerte del patriarca (el mismo cuyo otoño se narra por extenso en otra parte). Al final de la mejor novela feminista que se ha escrito en América Latina, el hombre —Bayardo San Román—, ya no amante sino amado, se presenta en la puerta de Ángela Vicario, la autora de su destino, y dice: “Bueno, aquí estoy”. Trae las casi dos mil cartas que ella le escribió, todas sin abrir. Pues ella ya es escritora, pero él aún no es lector.</p>
<p><strong>Fuente: <a href="http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural---revista-arcadia/articulo/carolina-sanin-sobre-las-mujeres-escritoras-en-latinoamerica/66234"><strong>Revista Arcadia</strong></a></strong></p>
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