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	<title>Gianni Mastrangioli &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Gianni Mastrangioli &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Con “el negro en la taquilla”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 May 2018 00:17:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Hay que ver que uno sí se vuelve lambucio en Italia. Se los juro, es&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Hay que ver que uno sí se vuelve lambucio en Italia. Se los juro, es como si nos invadiese esa hambre mental que produce comprobar qué es realmente la comida mediterránea, nada que ver con lo que probamos en Chacao, La Candelaria, Las Mercedes. Jamón serrano, aceite de olivo, helado de chocolate, pasta, ñoquis, pan de costra y otras tantas delicadeces culinarias que deseamos meternos en la boca, bachaqueando los sabores. La noche que aterricé, me cené con unos amigos, o, mejor dicho, me embutí con ellos, calculo yo, por la media bajita, cinco platos. Juan Barreto, pues; el troglodita. Sin embargo, mi festejo de papilas gustativas encontró su fin cuando, estando en Venecia la semana pasada, el negro me tocó la taquilla. Plaza San Marcos, hora del almuerzo. Sobre el mantel de mi mesa, un pedazo de tiramisú, un trozo de pizza napolitana y media botella de vino tinto. Doblando las tiras de salchichón y pensando que lo restante podría llevármelo envuelto en una servilleta, sentí aquel fresquito de playa de las cinco de la tarde. ¿Saben a lo que me refiero?, ¿tipo como cuando estás en La Guaira, sales de la orilla y te pega esa brisita fría en el estómago? Bueno, así. Al principio me dio cierto placer, pero luego me di cuenta que alguien quería hacerme la visita…y no en góndola. Era el negro. O los negros. Qué sé yo. Inspecciono. A mi alrededor, veo un letrero que dice “fuera de servicio por mantenimiento”. Verga. Pago la cuenta, me alzo disparado de la silla y empiezo a correr a la estación de Santa Lucía, donde había visto uno. Sudor. Piernas temblando. Hemorroides cerrando la aduana. El celular, sin batería.</p>
<p>Y no es que en Venecia puedes parar un taxi y escaparte como si fueras un cohete. No. Están los canales, los pequeños lagos, los puentes, los turistas rompi coglioni y demás laberintos acuáticos. “Disculpe, señor: de aquí de San Marcos, ¿cómo llego hasta Santa Lucía? No me funciona el Google Map”, pregunté. “Vea, ragazzo: Calle dei Fabbri, después gira a la izquierda por la calle dei Fabbri, después gira ligeramente por la calle Bembo y luego vuelve a girar por la calle dei Fabbri. Facilísimo”. ¿Ustedes entendieron? Pues, yo tampoco. De allí que decidí poner en práctica mis instintos de orientación caraqueños, buscando “la cuadra llanera”, “la vuelta de la esquina”, el “después del semáforo” y el “pasando el quiosco”. Nada. Como si hubiera ido de Plaza Venezuela a Sabana Grande, retorné a San Marcos. La vuelta en U. Coño de la madre. “¿Cómo es que era la calle esa?, ¿Fabbri?”, me dije a mí mismo. Sudor. “Sí, Fabbri”. Brisa. “Muévete”. Agua, agua, sólo agua. Venecia se pintaba tranquila: Gente distraída, tomando fotos; ignorando por completo la composición de instrumentos intestinales que yo cargaba por dentro. Había negocios con máscaras, las cuales pensé que, por un segundo, se estaban riendo de mí. “Al fin, la fulana calle dei Fabbri. Dale, Gianni, dale. Casi llegas”. Pero fue tarde. Apenas vi el reloj de la estación a lo lejos, al otro lado del Gran Canal, se desparramó la parranda. Sentí la presencia del negro y sus amigos, todos bailando ritmos venezolanos diversos. Leo-leo-lé, leo-leo-lá; ay, Julián, Julián, Julián José, repíqueme los tambores que me lo quiero aprender, golpe…</p>
<p>De igual forma, pagué un euro para entrar a inspeccionar los daños. Como un perito. Un pantalón parduzco como el río Guaire, unas medias testigos de la vaguada presente y un par de interiores con una gran raya larga. Tan larga, como la vergüenza que me invadió al recordar que había dejado la cartera encima de la mesa, con el pedazo de tiramisú y el trozo de pizza.</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/LaEsnogotaOnline/photos/a.2015229405468436.1073741828.2013849572273086/2033292553662121/?type=3"><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong> </a></p>
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		<title>Buenos días, Caracas</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/buenos-dias-caracas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 05 May 2018 01:55:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Collage]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Caraqueños]]></category>
		<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[El Ávila]]></category>
		<category><![CDATA[Gianni Mastrangioli]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Mi despertador sonó a las cinco de la mañana. Antes de dormirme, lo puse a&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Mi despertador sonó a las cinco de la mañana. Antes de dormirme, lo puse a esa hora para no perderme el espectáculo que iba a suceder. Encendí la luz de la mesita de noche, busqué los lentes, me puse las cholas y cogí el ascensor. Apenas se abrió la puerta, me recibió el Sereno, culpable de nuestras gripes en la infancia. El sujeto que todas las abuelas detestan. Y como yo le hago caso a la mía, me tapé el cuello con un suéter antes de salir a<span class="text_exposed_show"> la terraza. Nunca había visto a El Ávila en tonalidades rojizas, más allá de cuando se incendia por cuestiones de la sequía. Este era un color ardiente, de aspecto salvaje. Brisa. Cornetas de autobuses. Mercados que se alzan bien tempranito. La papa, la papa. Lleve la cebolla, llévela, llévela. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span class="text_exposed_show">[the_ad id=&#8221;3726&#8243;]</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span class="text_exposed_show">Sí, Caracas estaba bostezando, hablándome con esa voz ronca de por las mañanas, cuando uno no se ha cepillado los dientes. Sobre mi cabeza, una procesión de guacamayas que recorrían el cielo semioscuro. Me daban ese sonido rebelde, de cemento con jungla, de trópico, de ciudad que convive con la naturaleza de lo tosco. Sin embargo, captó mi atención ese rosario de puntos negros que caminaban por las aceras. Personas, todas recién bañadas y listas para su encuentro con la metrópolis que rasguña. Cientos de mujeres con niños de bolsos. Cientos de obreros con las camisas por dentro. Cientos de secretarias de uniforme azul y peinados con gelatina y bucles. Estamos en los cierto. Ellos son los protagonistas de este capítulo venezolano que se escribe. Ellos son quienes, futuro adentro, podrán decir con el mayor de los orgullos “este país sobrevivió gracias a nuestro esfuerzo, a las ganas de seguir adelante”. Son consciencias que arden pero que a la vez chillan, al ritmo de los otros sonidos que conviven en este sórdido amanecer. A la orden los tomates, los tomates. Avenida Panteón saliendo, saliendo.</span></p>
<p>Es debajo de este edificio donde se está cumpliendo el renacimiento de la nación, en esa voluntad de no desvanecer. Me huele a húmedo, a tierra mojada, a trabajo, a guáramo. Los miro con fijación. Son ellos quienes consuman nuestros propósitos colectivos. Los que nos harán libres, así como los pájaros que aún, valientes, surcan por estos lares.</p>
<p><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong></p>
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		<title>Se nos murió Cañizales, se nos murió Caracas</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/se-nos-murio-canizales-se-nos-murio-caracas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 21 Apr 2018 12:00:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Autopista]]></category>
		<category><![CDATA[Cañizales]]></category>
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		<category><![CDATA[Gianni Mastrangioli]]></category>
		<category><![CDATA[La Gran Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[La Máquina]]></category>
		<category><![CDATA[momentos]]></category>
		<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Conversando por teléfono, me comenta mi papá que ahora no se sale tan temprano. La&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Conversando por teléfono, me comenta mi papá que ahora no se sale tan temprano. La última vez que se le ocurrió cruzar la autopista Guarenas – Caracas antes del amanecer, se tropezó con una bolsa de escombros que de broma no lo mató en seco.</p>
<p>&#8211; A partir del Distribuidor Mampote, estás a merced de los huecos-traga-carros, hijo. Te lo juro. Iluminación, cero. ¿Qué los postes de electricidad, qué? No, chico, esos están todos quemados como la colilla de un cigarro. Pero no lograron atracarme porque seguí rodando. Malditos malandros. Por eso es que yo no madrugo, hijo, además que ya no es necesario. Medio mundo se ha ido. Se acabó el infierno de la Cota Mil, el embudo de la Gran Mariscal después del colegio. Esa Francisco Fajardo repleta de tostones. Somos los que somos. O los que quedamos.</p>
<p>Transeúntes de y en la chatarra, convertidos en meros elementos de conjunto que se deshacen en el silencio del azar. Alejandro piensa lo mismo que mi papá. En Sabas Nieves, observa a Caracas desde lo alto.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Secándose el sudor de la frente con un trapo, nota que está solo. Verga. Nadie que hiciera ejercicio; nadie que hiciera cola para comprar helados de paleta. Sábado, 31 de marzo. 9:00 A.M. Parece que fuera feriado. Se pone las manos en la cadera y, con la mirada puesta más o menos por la loma de Petare, sonríe. Sí. Caminar ha sido su rutina de los fines de semana. Respirar El Ávila, oxigenarse con esos viejos tiempos donde, helicóptero arriba, el área metropolitana era suya de punta a punta. Entonces cierra los ojos y escucha el sonido de las turbinas. Micrófono listo. Pendiente. Dale, dale:</p>
<p>&#8211; Buenos días, amigos de Traffic Center: La avenida Rómulo Gallegos, desde Parque Miranda a Boleíta, presenta retraso en ambos sentidos; tomen precauciones. Veo que el túnel y viaducto La Cabrera están trancados en dirección a Caracas. Vamos a comerciales. Principal de Mariperez con buena movilidad. Hoy hace calor como para comerse un chupi-chupi.</p>
<p>Oye cornetas. Desorden. Adrenalina. Taquicardia. Sin embargo, abre los ojos y mira la hora. 9:15 A.M. Aún Sabas Nieves. A su alrededor no hay ni un alma. Nadie que hiciera ejercicio; nadie que hiciera cola para comprar helados de paleta.</p>
<p>Congestión vehicular. Tránsito lento. Cola fuerte. A veces era tanta la bulla que tenía que pegarse el micrófono de la boca para poder hablarle a Caracas cuando ésta se ponía gritona.</p>
<p>Él era la voz omnipresente de millones de conciencias estresadas que apretaban la chola para llegar a la oficina. Mira de nuevo la hora. 9: 30 A.M. Y es que no fue fácil, piensa. Cuando le ofrecieron ese proyecto de sobrevolar el valle caraqueño, en 1999, supo que estaba completamente perdido en relación a esquinas, direcciones. Pero ¿qué es de la vida de alguien que no se deba a su ciudad? Pana, el tipo buscó mapas, escuchó al taxista, a la mamá, al estudiante y de allí aprendió a ubicarse. A estar cerquita de sus radio-oyentes. Decirles que se metan por la derecha, que giren por la redoma. Que vamos a comerciales.</p>
<p>Era un oficio de comunicar que se daba en el “nosotros”, si bien no lo dejasen volar más allá de Plaza Venezuela.</p>
<p>Pero el silencio de ahora le perturba. Parece que fuera feriado; un eterno primero de enero. Una ciudad sin ciudadanos, cada vez más tangible. Los espacios públicos son los principales afectados, debido al terror que se desata después que el sol se oculta por el oeste, a la altura del 23 de Enero.</p>
<p>Urbanizaciones privadas, candados, rejas. Manojos de llaves que no caben en los bolsillos. Ya ni siquiera la cultura del centro comercial representa la preferencia recreacional del venezolano moderno porque movilizarse es imposible. Para 2016, la escasez de repuestos automotrices superó el 50%, según la presidencia de la Cámara de Comercio de Autopartes del país. Nos transportan en camiones como cochinos, sentados en una cava que no coincide con las complejidades urbanas actuales. Cada portón, cada garita de vigilancia recién puesta declara la muerte de nuestras aspiraciones de interactuar los unos con los otros.</p>
<p>Declara la muerte de Caracas, la metrópolis del claustro.</p>
<p>&#8211; Te hablo en serio, hijo, ahora no se sale tan temprano. En estos días fui a darme un paseo por Altamira y ¿tú crees que había alguien sentado en la plaza? Esas calles sucísimas, con uno que otro saliendo del trabajo para almorzar. El Arturo’s que está por el Centro Plaza, desierto también. La poca gente se encierra en las ferias de comida, cual expresidiarios, sin comprar absolutamente nada, hijo. Cada uno con su lonchera. Creo que, si vi uno o dos potes plásticos con carme, fue demasiado.</p>
<p>Me quedé callado, sin respuestas. Al cabo de unos minutos, se cayó la llamada y con ello puse fin a ese túnel de nostálgicas conversaciones. Un túnel sin electricidad donde el sujeto que aún vive en Venezuela se encuentra atascado en el hombrillo de la soledad.</p>
<p>Un túnel donde, sin lugar a dudas, Alejandro decidió no salir.</p>
<p>Viernes, seis de abril. 8:00 A.M. Alejandro está parado en la ventana de su apartamento, de donde se ve un trozo de montaña. Sabe que mañana no irá a El Ávila. Que no irá más. Como de costumbre, no durmió nada la noche anterior.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Todavía sigue teniendo ese sueño extraño donde le estaban aplaudiendo en la ceremonia de conmemoración del Premio Nacional de Periodismo Informativo. Año 2007. La gente del gremio lo felicitaba llamándole “Reportero Alejandro Cañizales, la voz del aire”. Se siente feliz. O se sentía.</p>
<p>O nos sentíamos todos.</p>
<p>De repente todo se pone como oscuro, nublado. Alejandro se frota los ojos y abre más la cortina. Nada. Casi no logra distinguir el reflejo de los árboles a través del vidrio. Una náusea que le nace de la boca del estómago lo obliga a irse a la cama. Duerme. Y como en Sabas Nieves, escucha cornetas, turbinas, aplausos, cornetas otra vez. Sonríe. Al fin todo parece ser como antes.</p>
<p>Pero la realidad es que la bulla sólo está en nuestras mentes, en la desesperación de no poder salir tan temprano.</p>
<p><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong></p>
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		<title>Un venezolano “limpiador oficial de pocetas”</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/un-venezolano-limpiador-oficial-de-pocetas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[wmseisgrados]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Apr 2018 15:41:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Cronicas]]></category>
		<category><![CDATA[Gianni Mastrangioli]]></category>
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		<category><![CDATA[Venezolano]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Esta foto la tomé la primera vez que me designaron “limpiador oficial de pocetas” del&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Esta foto la tomé la primera vez que me designaron “limpiador oficial de pocetas” del restaurante que más tarde, irónicamente, dirigí como jefe. Se la envié a mi mamá por un mensaje de WhatsApp, diciéndole “mira qué giros da la vida; hace cuatro meses era coordinador de cátedra en una universidad pública en Venezuela y ahora estoy dialogando solo, dentro de un baño que huele a mierda”.</p>
<p>Al paso de cinco minutos, me llegó su respuesta: Figuras de caritas en lágrimas. Nada más. Esperé. Nada. Las circunstancias nos habían dejado mudos a ambos, por lo que apagué el teléfono y comencé a restregar. Jabón. Cloro. Pastillas desinfectantes. Agua caliente. Restregar. Así fue durante meses. Restriega, Gianni, hasta que quede bien prolijo, reluciente. Lo hacía con fuerza, recuerdo, como si la presión y rapidez de movimientos desahogara una especie de rencor interior; rabia por un país que, aparte de haberme echado al extranjero, sustituyó mis bolígrafos de estudios por materiales de conserjería.</p>
<p>Nadie podía verme con los guantes puestos. No quería que descubriesen que era yo quien resolvía los desastres intestinales. Aunque hubo un viernes donde cambié de perspectiva. Sí, esa ocasión donde, por cuestiones de impulso, me coloqué los audífonos y sintonicé una de las tantas emisoras nacionales venezolanas. La Éxitos FM 99.9 reproducía “el rato de la música tradicional”. Entonces le metí mecha al volumen y pata al canto. Gualberto Ibarreto. María Teresa Chacín. Alfredo Sadel. El Pollo Brito. Simón Díaz. Era Mercedes bañándose en el río al compás de mis trapos en remojo. Y el caimán casi por comérsela tras el detergente regado en el drenaje de los lavamanos.</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Era Soledad Bravo con sus ojos negros a través de los espejos, como el cantío de inmensas aves, mientras yo pulía y pulía con hojas de periódicos pasados. Pero me vibró el bolsillo y, al sacar el celular, miré la hora de repente. Medianoche. Mierda. Cuántas horas de placer transcurridas en la inconsciencia del trabajo odiado.</p>
<p>Jamás olvidaré ese viernes del que les hablo, donde logré romper con el desfase entre el “aquí” y el “ahora”. Incluso, no fue sino en el rutinario diálogo con las aguas negras donde realmente me reencontré con mis orígenes culturales, con la solidez de la identidad del inmigrante y mis aspiraciones personales. La historia se repetía cada tarde: Bajadas las persianas del negocio y subidas las sillas del comedor, me acompañaba, al cuarto de cerámicas blancas, la retumbante voz del Felipe Pirela y su Ese Bolero es Mío o la de la Adilia Castillo con sus clásicos de antaño. Escucha vida mía. Métele cepillo al desagüe. Tú sabes que mi alma todita es para ti, pensando que tus besos mi vida nunca tendría&#8230;</p>
<p>Lavando pocetas al son de las celebridades nacionales, de una época que ya fue y no será, aprendí que la patria dejada adquiere colores brillantes y se presenta idealizada, similar al deseo incumplido por regresar.</p>
<p>Fue en aquel baño donde me re-conocí como venezolano.</p>
<p>Al cabo de un tiempo, la directiva de la cadena me designó como encargado general del restaurante, gracias a la pulcra constancia de mi dedicación y honestidad. La mañana en la que me entregaron las llaves, el tipo de Flux me dijo con una sonrisa y un apretón de manos:</p>
<p>&#8211; Ya me habían dicho que la gente de tu país mira siempre bien en alto.</p>
<p>No, señor presidente, el oficio no denigra; por lo contrario, nos fortifica en valores y creencias. Al momento pulimos pocetas, pero mañana lustraremos conciencias.</p>
<p>&nbsp;</p>
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