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	<title>Moralejas &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>De El Cafetal a Londres</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Apr 2018 17:50:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Si bien tengo ya casi tres años viviendo en el Reino Unido, todavía el idioma me juega algunos “trucos”. En estos días fui a hacer mercado cerca de mi zona y, al ver los potecitos que tanto me encantan, se me salió la señora de El Cafetal. Saben, ese punto de la vida donde los sartenes de teflón comienzan a quitarte el sueño por su hermosa belleza y brillantez. Ese momento donde tomas pastillas para dormir, el escándalo te pone de mal humor <span class="text_exposed_show">y mueres por ver la nueva colección de los catálogos de Avon. Yo la llevo internamente, y de vez en cuando mi señora sale a tomar parte de mi joven personalidad. </span></p>
<p><span class="text_exposed_show">Lo cierto del caso es que quedé enamorado con un envase de tapa plateada y esmalte blanco. Ni leí. Supuse, por lo que vi por encima, que era una crema para el cuerpo. Entonces de inmediato fui a la caja y, con monedero bajo el sobaco, saqué las monedas y pagué (así mismo, cual pensionada). Acto seguido, cogí el autobús. Al llegar a mi casa, en seguida tomé una ducha con el propósito de untarme, una vez limpio, este preciado tónico que tanto anhelaba a mi artrítico placer. “Qué olor más bueno”, me dije. Vainilla.</span></p>
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<div class="text_exposed_show">
<p>Vestido y más perfumado que Libertad Lamarque antes de salir por televisión, me fui al trabajo. No obstante, cuando iba camino a la estación de metro, me doy cuenta que los dedos de mis manos estaban, ¿cómo decir?, ¿pegajosos? Era una sensación asquerosa, de esas que forman una especie de “hilitos” entre los dedos. Algo andaba mal. Coño, no puede ser. De inmediato di la vuelta y, apenas entré desesperado a mi cuarto y leí con atención las instrucciones de la etiqueta del producto recién comprado, vi que decía “jabón corporal; aplíquese en la bañera”.</p>
<p>Coño de su madre. Sentí un calorón menopáusico, frustrante. Mi ficticia vejez había sido engañada por la no-prevención de informarme antes de adquirir. Moraleja: Controlen a su señora interior. A veces la tercera edad nos juega una miopía de confusiones que nos cuesta caro.</p>
<p><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong></p>
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