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	<title>Salcedo Ramos &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Salcedo Ramos &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>La travesía de Wikdi</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 21 Jan 2018 19:27:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Chocó]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Autor: Alberto Salcedo Ramos (Colombia) En la áspera trocha de ocho kilómetros que separa a Wikdi de su&#8230;</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com/2018/01/la-travesia-wikdi/">La travesía de Wikdi</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://www.seisgradosblog.com">Seis Grados - Experiencias que nos conectan</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Autor: Alberto Salcedo Ramos (Colombia)</strong></p>
<p>En <span class="il">la</span> áspera trocha <span class="il">de</span> ocho kilómetros que separa a <span class="il">Wikdi</span> <span class="il">de</span> su escuela se han desnucado decenas <span class="il">de</span> burros. Allí, además, los paramilitares han torturado y asesinado a muchas personas. Sin embargo, <span class="il">Wikdi</span> no se detiene a pensar en lo peligrosa que es esa senda atestada <span class="il">de</span> piedras, barro seco y maleza. Si lo hiciera, se moriría <span class="il">de</span> susto y no podría estudiar. En <span class="il">la</span> caminata <span class="il">de</span> ida y vuelta entre su rancho, localizado en el resguardo indígena <span class="il">de</span> Arquía, y su colegio, ubicado en el municipio <span class="il">de</span> Unguía, emplea cinco horas diarias. Así que siempre afronta <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span> con el mismo aspecto tranquilo que exhibe ahora, mientras cierra <span class="il">la</span> corredera <span class="il">de</span> su morral.</p>
<p>Son las 4:35 <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> mañana. En enero <span class="il">la</span> temperatura suele ser <span class="il">de</span> extremos en esta zona del Darién chocoano: ardiente durante el día y gélida durante <span class="il">la</span> madrugada. <span class="il">Wikdi</span> —trece años, cuerpo menudo— tirita <span class="il">de</span> frío. Hace un instante le dijo a Prisciliano, su padre, que prefiere bañarse <span class="il">de</span> noche. En este momento ambos especulan sobre lo helado que debe <span class="il">de</span> haber amanecido el río Arquía.</p>
<p>—Menos mal que nos bañamos anoche —dice el padre.<br />
—Esta noche volvemos al río —contesta el hijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Diagonal adonde ellos se encuentran, un perro se acerca al fogón <span class="il">de</span> leña emplazado en el suelo <span class="il">de</span> tierra. Arquea el lomo contra uno <span class="il">de</span> los ladrillos del brasero, y allí se queda recostado absorbiendo el calor. Prisciliano le pregunta a su hijo si guardó el cuaderno <span class="il">de</span> geografía en el morral. El niño asiente con <span class="il">la</span> cabeza, dice que ya se sabe <span class="il">de</span> memoria <span class="il">la</span> ubicación <span class="il">de</span> América. El padre mira su reloj y se dirige a mí.</p>
<p>—Cinco menos veinte —dice.</p>
<p>Luego agrega que <span class="il">Wikdi</span> ya debería ir andando hacia el colegio. Lo que pasa, explica, es que en esta época clarea casi a las seis <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> mañana y a él no le gusta que el muchachito transite por ese camino tan anochecido. Hace unos minutos, cuando él y yo éramos los únicos ocupantes despiertos del rancho, Prisciliano me contó que el nacimiento <span class="il">de</span> <span class="il">Wikdi</span>, el mayor <span class="il">de</span> sus cinco hijos, sucedió en una madrugada tan oscura como esta. Fue el 13 <span class="il">de</span> mayo <span class="il">de</span> 1998. A Ana Cecilia, su mujer, le sobrevinieron los dolores <span class="il">de</span> parto un poco antes <span class="il">de</span> las tres <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> mañana. Así que él, fiel a un antiguo precepto <span class="il">de</span> su etnia, corrió a avisarles a los padres <span class="il">de</span> ambos. Los cuatro abuelos se plantaron alrededor <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> cama, cada uno con un candil encendido entre las manos. Entonces fue como si <span class="il">de</span> repente todos los kunas mayores, muertos o vivos, conocidos o desconocidos, hubieran convertido <span class="il">la</span> noche en día solo para despejarle el horizonte al nuevo miembro <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> familia. Por eso Prisciliano cree que a los seres <span class="il">de</span> su raza siempre los recibe <span class="il">la</span> aurora, así el mundo se encuentre sumergido en las tinieblas. Eso sí —concluye con aire reflexivo—: aunque lleven <span class="il">la</span> claridad por dentro arriesgan demasiado cuando se internan por <span class="il">la</span> trocha <span class="il">de</span> Arquía en medio <span class="il">de</span> tamaña negrura.</p>
<p>Prisciliano —treinta y ocho años, cuerpo menudo— espera que el sacrificio que está haciendo su hijo valga <span class="il">la</span> pena. Él cree que en <span class="il">la</span> Institución Educativa Agrícola <span class="il">de</span> Unguía el niño desarrollará habilidades prácticas muy útiles para su comunidad, como aplicar vacunas veterinarias o manejar fertilizantes. Además, al culminar el bachillerato en ese colegio <span class="il">de</span> “libres” seguramente hablará mejor el idioma español. Para los indígenas kunas, “libres” son todas aquellas personas que no pertenecen a su etnia.</p>
<p>—El colegio está lejos —dice— pero no hay ninguno cerca. El que tenemos nosotros aquí en el resguardo solo llega hasta quinto grado, y <span class="il">Wikdi</span> ya está en séptimo.<br />
—<span class="il">La</span> única opción es cursar el bachillerato en Unguía.<br />
—Así es. Ahí me gradué yo también.</p>
<p>Prisciliano advierte que con el favor <span class="il">de</span> Papatumadi —es decir, Dios— <span class="il">Wikdi</span> estudiará para convertirse en profesor una vez termine su ciclo <span class="il">de</span> secundaria.</p>
<p>—Nunca le he insinuado que elija esa opción —aclara—. Él vio el ejemplo en casa porque yo soy profesor <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> escuela <span class="il">de</span> Arquía.</p>
<p>¿Podrá <span class="il">Wikdi</span> abrirse paso en <span class="il">la</span> vida con los conocimientos que adquiera en el colegio <span class="il">de</span> los “libres”? Es algo que está por verse, responde Prisciliano. Quizá se enriquecerá al asimilar ciertos códigos del mundo ilustrado, ese mundo que se encuentra más allá <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> selva y el mar que aíslan a sus hermanos. Se acercará a <span class="il">la</span> nación blanca y a <span class="il">la</span> nación negra. <span class="il">De</span> ese modo contribuirá a ensanchar los confines <span class="il">de</span> su propia comarca. Se documentará sobre <span class="il">la</span> historia <span class="il">de</span> Colombia, y así podrá, al menos, averiguar en qué momento se obstruyeron los caminos que vinculaban a los kunas con el resto del país. Estudiará el Álgebra <span class="il">de</span> Baldor, se aprenderá los nombres <span class="il">de</span> algunas penínsulas, oirá mencionar a Don Quijote <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> Mancha. Después, transformado ya en profesor, les transmitirá sus conocimientos a las futuras generaciones. Entonces será como si otra vez, por cuenta <span class="il">de</span> los saberes <span class="il">de</span> un predecesor, brotara <span class="il">la</span> aurora en medio <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> noche.</p>
<p>—Las cinco y todavía oscuro —dice ahora Prisciliano.</p>
<p>Anabelkis, su cuñada, ya está despierta: hierve café en el mismo fogón en el que hace un momento tomaba calor el perro. Su marido intenta tranquilizar al bebé recién nacido <span class="il">de</span> ambos, que llora a moco tendido. Nadie más falta por levantarse, pues Ana Cecilia y los otros hijos <span class="il">de</span> Prisciliano durmieron anoche en Turbo, Antioquia. En el radio suena una conocida canción <span class="il">de</span> despecho interpretada por Darío Gómez.</p>
<p>Ya lo ves me tiré el matrimonio<br />
y ya te <span class="il">la</span> jugué <span class="il">de</span> verdad<br />
fuiste mala, ay, demasiado mala<br />
pero en esta vida todo hay que aguantar.</p>
<p>El fogón es ahora una hoguera que esparce su resplandor por todo el recinto. Cantan los gallos, rebuznan los burros. En el rancho ha empezado a bullir <span class="il">la</span> nueva jornada. Más allá siguen reinando las tinieblas. Pareciera que en ninguna <span class="il">de</span> las 61 casas restantes del cabildo se hubiera encendido un solo candil. Eso sí: cualquiera que haya nacido aquí sabe que, a esta hora, <span class="il">la</span> mayoría <span class="il">de</span> los 582 habitantes <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> comarca ya está en pie.</p>
<p><span class="il">Wikdi</span> le dice hasta luego a Prisciliano en su lengua nativa (“¡kusalmalo!”), y comienza a caminar a través del pasillo que le van abriendo los cuatro perros <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> familia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hemos caminado por entre un riachuelo como <span class="il">de</span> treinta centímetros <span class="il">de</span> profundidad. Hemos atravesado un puente roto sobre una quebrada sin agua. Hemos escalado una pendiente cuyas rocas enormes casi no dejan espacio para introducir el pie. Hemos cruzado un trecho <span class="il">de</span> barro revestido <span class="il">de</span> huellas endurecidas: pezuñas, garras, pisadas humanas. Hemos bajado por una cuesta invadida <span class="il">de</span> guijarros filosos que parecen a punto <span class="il">de</span> desfondarnos las botas. Ahora nos aprestamos a vadear una cañada repleta <span class="il">de</span> peñascos resbaladizos. Un vistazo a <span class="il">la</span> izquierda, otro a <span class="il">la</span> derecha. Ni modo, toca pisar encima <span class="il">de</span> estas piedras recubiertas <span class="il">de</span> cieno. Me asalta una idea pavorosa: aquí es fácil caer y romperse <span class="il">la</span> columna. A <span class="il">Wikdi</span>, es evidente, no lo atormentan estos recelos <span class="il">de</span> nosotros los “libres”: zambulle las manos en el agua, se remoja los brazos y el rostro.</p>
<p>Hace hora y media salimos <span class="il">de</span> Arquía. <span class="il">La</span> temperatura ha subido, calculo, a unos 38 grados centígrados. Todavía nos falta una hora <span class="il">de</span> viaje para llegar al colegio, y luego <span class="il">Wikdi</span> deberá hacer el recorrido inverso hasta su rancho. Cinco horas diarias <span class="il">de</span> <span class="il">travesía</span>: se dice muy fácil, pero créanme: hay que vivir <span class="il">la</span> experiencia en carne propia para entender <span class="il">de</span> qué les estoy hablando. En esta trocha —me contó Jáider Durán, exfuncionario del municipio <span class="il">de</span> Unguía— los caballos se hunden hasta <span class="il">la</span> barriga y hay que desenterrarlos halándolos con sogas. Algunos se estropean, otros mueren. Unos zapatos primorosos <span class="il">de</span> esos que usa cierta gente en <span class="il">la</span> ciudad —unos Converse, por ejemplo— ya se me habrían desbaratado. Aquí los pedruscos afilados taladran <span class="il">la</span> suela. El caminante siente las punzadas en las plantas <span class="il">de</span> los pies aunque calce botas pantaneras como las que tengo en este momento.</p>
<p>—¡Qué sed! —le digo a <span class="il">Wikdi</span>.<br />
—¿Usted no trajo agua?<br />
—No.<br />
—Apenas nos faltan tres puentes para llegar al pueblo.</p>
<p>Agradezco en silencio que <span class="il">Wikdi</span> tenga <span class="il">la</span> cortesía <span class="il">de</span> intentar consolarme. Entonces él, tras esbozar una sonrisa candorosa, corrige <span class="il">la</span> información que acaba <span class="il">de</span> suministrarme.</p>
<p>—No, mentiras: faltan son cuatro puentes.</p>
<p>En <span class="il">la</span> gran urbe en <span class="il">la</span> que habito, mencionar a un niño indígena que gasta cinco horas diarias caminando para poder asistir a <span class="il">la</span> escuela es referirse al protagonista <span class="il">de</span> un episodio bucólico. ¡Qué quijotada, por Dios, qué historias tan románticas las que florecen en nuestro país! Pero acá, en el barro <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> realidad, al sentir los rigores <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span>, al observar las carencias <span class="il">de</span> los personajes implicados, uno entiende que no se encuentra frente a una anécdota sino frente a un drama. Visto desde lejos, un camino <span class="il">de</span> herradura en el Chocó o en cualquier otro lugar <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> periferia colombiana es mero paisaje. Visto desde cerca es símbolo <span class="il">de</span> discriminación. Además se transforma en pesadilla. Cuando <span class="il">la</span> trocha se sale <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> foto <span class="il">de</span> Google y aparece debajo <span class="il">de</span> uno, es un monstruo que hiere los pies. Produce quemazón entre los dedos, acalambra los músculos gemelos. Extenúa, asfixia, maltrata. Sin embargo, <span class="il">Wikdi</span> luce fresco. Tiene <span class="il">la</span> piel cubierta <span class="il">de</span> arena pero se ve entero. Le pregunto si está cansado.</p>
<p>—No.<br />
—¿Tienes sed?<br />
—Tampoco.</p>
<p><span class="il">Wikdi</span> calla, y así, en silencio, se adelanta un par <span class="il">de</span> metros. Luego, sin mirarme, dice que lo que tiene es hambre porque hoy se vino sin desayunar.</p>
<p>—¿Cuántas veces vas a clases sin desayunar?<br />
—Yo voy sin desayunar, pero en el colegio dan un refrigerio.<br />
—Entonces comes cuando llegues.<br />
—El año pasado era que daban refrigerio. Este año no dan nada.</p>
<p>Captada en su propio ambiente, digo, <span class="il">la</span> historia que estoy contando suscita tanta admiración como tristeza. Y susto: aquí los paramilitares han matado a muchísimas personas. Hubo un tiempo en el que adentrarse en estos parajes equivalía a firmar anticipadamente el acta <span class="il">de</span> defunción. El camino quedó abandonado y fue arrasado por <span class="il">la</span> maleza en varios tramos. Todavía hoy existen partes cerradas. Así que nos ha tocado desviarnos y avanzar, sin permiso <span class="il">de</span> nadie, por el interior <span class="il">de</span> algunas fincas paralelas. Doy un vistazo panorámico, tanteo <span class="il">la</span> magnitud <span class="il">de</span> nuestra soledad. En este instante no hay en el mundo un blanco más fácil que nosotros. Si nos saliera al paso un paramilitar dispuesto a exterminarnos, lo conseguiría sin necesidad <span class="il">de</span> despeinarse. Sobrevivir en <span class="il">la</span> trocha <span class="il">de</span> Arquía, después <span class="il">de</span> todo, es un simple acto <span class="il">de</span> fe. Y por eso, supongo, <span class="il">Wikdi</span> permanece a salvo al final <span class="il">de</span> cada caminata: él nunca teme lo peor.</p>
<p>—Faltan dos puentes —dice.</p>
<p>Solo una vez se ha sentido en riesgo. Caminaba distraído por un atajo cuando divisó, <span class="il">de</span> improviso, una culebra que iba arrastrándose muy cerca <span class="il">de</span> él. Se asustó, pensó en devolverse. También estuvo a punto <span class="il">de</span> saltar por encima del animal. Al final no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que se quedó inmóvil viendo cómo <span class="il">la</span> serpiente se alejaba.</p>
<p>—¿Por qué te quedaste quieto cuando viste <span class="il">la</span> culebra?<br />
—Me quedé así.<br />
—Sí, pero ¿por qué?<br />
—Yo me quedé quieto y <span class="il">la</span> culebra se fue.<br />
—¿Tú sabes por qué se fue <span class="il">la</span> culebra?<br />
—Porque yo me quedé quieto.<br />
—¿Y cómo supiste que si te quedabas quieto <span class="il">la</span> culebra se iría?<br />
—No sé.<br />
—¿Tu papá te enseñó eso?<br />
—No.</p>
<p>Deduzco que <span class="il">Wikdi</span>, fiel a su casta, vive en armonía con el universo que le correspondió. Él, por ejemplo, marcha sin balancear los brazos hacia atrás y hacia adelante, como hacemos nosotros, los “libres”. Al llevar los brazos pegados al cuerpo evita gastar más energías <span class="il">de</span> las necesarias. Deduzco también que tanto <span class="il">Wikdi</span> como los demás integrantes <span class="il">de</span> su comunidad son capaces <span class="il">de</span> mantenerse firmes porque ven más allá <span class="il">de</span> donde termina el horizonte. Si se sentaran bajo <span class="il">la</span> copa <span class="il">de</span> un árbol a dolerse del camino, si solo tuvieran en cuenta <span class="il">la</span> aspereza <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span> y sus peligros, no llegarían a ninguna parte.</p>
<p>—¿Tú por qué estás estudiando?<br />
—Porque quiero ser profesor.<br />
—¿Profesor <span class="il">de</span> qué?<br />
—<span class="il">De</span> inglés y <span class="il">de</span> matemáticas.<br />
—¿Y eso para qué?<br />
—Para que mis alumnos aprendan.<br />
—¿Quiénes van a ser tus alumnos?<br />
—Los niños <span class="il">de</span> Arquía.</p>
<p>Deduzco, además, que para hacer camino al andar como proponía el poeta Antonio Machado, conviene tener una feliz dosis <span class="il">de</span> ignorancia. Que es justamente lo que sucede con <span class="il">Wikdi</span>. Él desconoce las amenazas que representan los paramilitares, y no se plantea <span class="il">la</span> posibilidad <span class="il">de</span> convertirse, al final <span class="il">de</span> tanto esfuerzo, en una <span class="il">de</span> las víctimas del desempleo que afecta a su departamento. En el Chocó, según un informe <span class="il">de</span> las Naciones Unidas que será publicado a finales <span class="il">de</span> este mes, el 54% <span class="il">de</span> los habitantes sobrevive gracias a una ocupación informal. Allí, en el año 2002, el 20% <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> población devengaba menos <span class="il">de</span> dos dólares diarios. En esta misma región donde nos encontramos, a propósito, se presentó en 2007 una emergencia por desnutrición infantil que ocasionó <span class="il">la</span> muerte <span class="il">de</span> doce niños. <span class="il">Wikdi</span>, insisto, no se detiene a pensar en tales problemas. Y en eso radica parte <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> fuerza con <span class="il">la</span> que sus pies talla 35 devoran el mundo.</p>
<p>—Ese es el último puente —dice, mientras me dirige una mirada astuta.<br />
—¿El que está sobre el río Unguía?<br />
—Sí, ese. Ahí mismito está el pueblo.</p>
<p>***</p>
<p><span class="il">La</span> Institución Educativa Agrícola <span class="il">de</span> Unguía, fundada en 1961, ha forjado ebanistas, costureras, microempresarios avícolas. Pero hoy el taller <span class="il">de</span> carpintería se encuentra cerrado, no hay ni una sola máquina <span class="il">de</span> modistería y tampoco sobrevive ningún pollo <span class="il">de</span> engorde. Supuestamente, aquí enseñan a criar conejos; sin embargo, <span class="il">la</span> última vez que los estudiantes vieron un conejo fue hace ocho años. Tampoco quedan cuyes ni patos. En los 18 salones <span class="il">de</span> clases abundan las sillas inservibles: están desfondadas, o cojas, o sin brazos. <span class="il">La</span> sección <span class="il">de</span> informática causa tanto pesar como indignación: los computadores son prehistóricos, no tienen puerto <span class="il">de</span> memoria USB sino ranuras para disquetes que ya desaparecieron del mercado. Apenas cinco funcionan a medias. Recorrer las instalaciones del colegio es hacer un inventario <span class="il">de</span> desastres.</p>
<p>—Este año no hemos podido darles a los estudiantes su refrigerio diario —dice Benigno Murillo, el rector—. El Instituto Colombiano <span class="il">de</span> Bienestar Familiar, que es el que nos ayuda en ese campo, nos mandó un oficio informándonos que volverá a dar <span class="il">la</span> merienda en marzo. Hemos tenido que reducir <span class="il">la</span> duración <span class="il">de</span> las clases y finalizar las jornadas más temprano. ¡Usted no se imagina <span class="il">la</span> cantidad <span class="il">de</span> muchachos que vienen sin desayunar!</p>
<p>Ahora los estudiantes del grupo Séptimo A van entrando atropelladamente al salón. Se sientan, sacan sus cuadernos. En el colegio nadie conoce a nuestro personaje como <span class="il">Wikdi</span>: acá le llaman ‘Anderson’, el nombre alterno que le puso su padre para que encajara con menos tropiezos en el ámbito <span class="il">de</span> los “libres”.</p>
<p>—Anderson —dice el profesor <span class="il">de</span> geografía—: ¿trajo <span class="il">la</span> tarea?</p>
<p>Mientras el niño le muestra el trabajo al profesor, reviso mi teléfono celular. Está sin señal, un trasto inútil que durante <span class="il">la</span> <span class="il">travesía</span> solo me ha funcionado como reloj despertador. <span class="il">La</span> “aldea global” que los pontífices <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> comunicación exaltan desde los tiempos <span class="il">de</span> McLuhan, sigue teniendo más <span class="il">de</span> aldea que <span class="il">de</span> global. En el mundo civilizado vamos a remolque <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> tecnología; en estos parajes atrasados <span class="il">la</span> tecnología va a remolque <span class="il">de</span> nosotros. Allá, en las grandes ciudades, al otro lado <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> selva y el mar, el hombre acorta las distancias sin necesidad <span class="il">de</span> moverse un milímetro. Acá toca calzarse las botas y ponerle el pecho al viaje.</p>
<p>—América es el segundo continente en extensión —lee el profesor en el cuaderno <span class="il">de</span> Anderson.</p>
<p>Se me viene a <span class="il">la</span> mente una palabra que desecho en seguida porque me parece gastada por el abuso: ‘odisea’. Para entrar en este lugar <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> costa pacífica colombiana que parece enclavado en el recodo más hermético del planeta, toca apretar las mandíbulas y asumir riesgos. El trayecto entre mi casa y el salón en el cual me encuentro este martes ha sido uno <span class="il">de</span> los más arduos <span class="il">de</span> mi vida: el domingo por <span class="il">la</span> mañana abordé un avión comercial <span class="il">de</span> Bogotá a Medellín. <span class="il">La</span> tarde <span class="il">de</span> ese mismo día viajé a Carepa —Urabá antioqueño— en una avioneta que mi compañero <span class="il">de</span> viaje, el fotógrafo Camilo Rozo, describió como “una pequeña buseta con alas”. En seguida tomé un taxi que, una hora después, me dejó en Turbo. El lunes madrugué a embarcarme, junto con veintitrés pasajeros más, en una lancha veloz que se abrió paso en el enfurecido mar a través <span class="il">de</span> olas <span class="il">de</span> tres metros <span class="il">de</span> alto. Atravesé el caudaloso río Atrato, surqué <span class="il">la</span> Ciénaga <span class="il">de</span> Unguía, hice en caballo el viaje <span class="il">de</span> ida hacia el resguardo <span class="il">de</span> los kunas. Y hoy caminé con <span class="il">Wikdi</span>, durante dos horas y media, por <span class="il">la</span> trocha <span class="il">de</span> Arquía.</p>
<p>El profesor sigue hablando:</p>
<p>—Chocó, nuestro departamento, es un puntito en el mapa <span class="il">de</span> América.</p>
<p>¡Ah, si bastara con figurar en el Atlas Universal para ser tenido en cuenta! Estas lejuras <span class="il">de</span> pobres nunca les han interesado a los indolentes gobernantes nuestros, y por eso los paramilitares están al mando. En <span class="il">la</span> práctica ellos son los patronos y los legisladores reconocidos por <span class="il">la</span> gente. ¿Cómo se podría romper el círculo vicioso del atraso? En parte con educación, supongo. Pero entonces vuelvo al documento <span class="il">de</span> las Naciones Unidas. Según el censo <span class="il">de</span> 2005, Chocó tiene <span class="il">la</span> segunda tasa <span class="il">de</span> analfabetismo más alta en Colombia entre <span class="il">la</span> población <span class="il">de</span> 15 a 24 años: 9,47%. Un estudio <span class="il">de</span> 2009 determinó que en el departamento uno <span class="il">de</span> cada dos niños que terminan <span class="il">la</span> educación primaria no continúa <span class="il">la</span> secundaria. En este punto pienso, además, en un dato que parece una mofa <span class="il">de</span> <span class="il">la</span> dura realidad: el comandante <span class="il">de</span> los paramilitares en el área es apodado ‘el Profe’.</p>
<p>Anderson regresa sonriente a su silla. Me pregunto adónde lo llevará el camino al final del ciclo académico. Su profesora Eyda Luz Valencia, que fue quien lo bautizó con el nombre <span class="il">de</span> “libre”, cree que llegará lejos porque es despabilado y tiene buen juicio a <span class="il">la</span> hora <span class="il">de</span> tomar decisiones. Existen razones para vaticinar que no será un ‘profe’ siniestro como el <span class="il">de</span> los paramilitares, sino un profesor sabio como su padre, capaz <span class="il">de</span> improvisar una aurora aunque <span class="il">la</span> noche esté perdida en las tinieblas.</p>
<h5 id="nota-esta-cronica-recibio-el-premio-ortega-y-gasset-de-periodismo">Nota: Esta crónica recibió el Premio Ortega y Gasset <span class="il">de</span> Periodismo.</h5>
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		<title>5 cronistas latinoamericanos que debes leer</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/04/5-cronistas-latinoamericanos-que-debes-leer/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 Apr 2017 00:18:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Collage]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Manuel Álvarez]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriela Wiener]]></category>
		<category><![CDATA[Leila Guerriero]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Periodismo]]></category>
		<category><![CDATA[Salcedo Ramos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Más allá de Gabriel García Màrquez, la crónica ha ido creciendo en Latinoamérica de una manera abismal. Los&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Más allá de Gabriel García Màrquez, la crónica ha ido creciendo en Latinoamérica de una manera abismal. Los medios y libros digitales han hecho que estas historias lleguen con más alcance a los periodistas y lectores sin importar en qué país del continente están. Los siguiente periodistas o personajes han profundizado y destacado en esta categoría. Por eso te recomendaremos los libros más representativos de ellos que debes anotar obligatoriamente en tu lista.</p>
<p><strong>Leila Guerriero</strong>. (Junín, Argentina, 1967, <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Leila_Guerriero" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Bio</a>). Ganadora del premio Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano por <em>“El rastro en los huesos</em>”, una crónica que sigue los pasos del Equipo Argentino de Antropología Forense que identifica los restos de desaparecidos en la dictadura militar. Estudió turismo, pero su vida la ha dedicado al periodismo.</p>
<p>Sus trabajos figuran en diversos medios como La Nación y Rolling Stone, de Argentina; El País y Vanity Fair, de España; El Malpensante y SoHo, de Colombia; Paula y El Mercurio, de Chile, entre otros. Además, es editora para América Latina de la revista mexicana Gatopardo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>Ha escrito cinco libros:</p>
<p><em>Los suicidas del fin del mundo</em> (Tusquets, 2005) Crónica de un pueblo patagónico sobre una oleada de suicidios en un pueblo petrolero en los años noventa. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2PcCUIQ" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a></p>
<p><em>Frutos extraños</em> (Aguilar, 2009): Compilación de sus crónicas de 2001 a 2008. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2JQuyB3" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Plano americano</em> (udp, 2013): veintiún perfiles de artistas y escritores. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://www.amazon.es/Plano-americano-BIBLIOTECA-MEMORIA-Guerriero/dp/8433908006/ref=as_li_ss_tl?s=books&amp;ie=UTF8&amp;qid=1538667954&amp;sr=1-1&amp;keywords=plano+americano+leila&amp;linkCode=sl1&amp;tag=gradosseis-21&amp;linkId=4e800a6603357b48953e2cc885e64b88&amp;language=es_ES">link</a></p>
<p><em>Una historia sencilla</em> (Anagrama, 2013): una crónica que cuenta la historia de Rodolfo González Alcántara, un bailarín entrañable que compite en el Festival de Malambo de Laborde. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2Dqt4Nm" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p><em>Zona de obras</em> (Anagrama, 2015): compila sus intervenciones teóricas y críticas sobre el oficio del periodista. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2yWcVeJ" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-2835" src="http://52.179.127.84/wp-content/uploads/2017/04/Salcedo-Ramos.jpg" alt="" width="848" height="480" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Salcedo-Ramos.jpg 848w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Salcedo-Ramos-300x170.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Salcedo-Ramos-768x435.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Salcedo-Ramos-600x340.jpg 600w" sizes="(max-width: 848px) 100vw, 848px" /></p>
<p><strong>Alberto Salcedo Ramos</strong>. (Barranquilla, Colombia, 1963, <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Alberto_Salcedo_Ramos" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Bio</a>). Comunicador social, de la Universidad Autónoma del Caribe. Sus crónicas han aparecido en diversas revistas, tales como SoHo y El Malpensante (Colombia), Gatopardo y Hoja por hoja (México), Etiqueta Negra (Perú), Ecos (Alemania), Courrier International (Francia) e Internazionale (Italia), entre otras.</p>
<p>Es maestro permanente de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), fundada por Gabriel García Márquez, y de varias maestrías de periodismo, como la del diario La Nación (en Buenos Aires) y la Universidad de los Andes. Ha dictado talleres de crónica en varios países.</p>
<p>Salcedo ha ganado, entre otras distinciones, el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (cinco veces), el Premio al Mejor Libro de Periodismo del Año (otorgado por la Cámara Colombiana del Libro) y el Premio al Mejor Documental en la II Jornada Iberoamericana de Televisión, celebrada en Cuba.</p>
<p>Libros publicados:</p>
<p><em>Diez juglares en su patio</em>, 1991, en coautoría con Jorge García Usta.<br />
<em>Los golpes de la esperanza</em>, 1994.<br />
<em>De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas</em>, 1999. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2yVVb2X" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.<br />
<em>El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé</em>, 2005. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2PLQ3YV" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.<br />
<em>La eterna parranda. Crónicas 1997-2011</em>, 2011. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2Dr3LLg" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.<br />
<em>Botellas de naúfrago</em>, 2015. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2yU2x7m" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.<br />
<em>Los ángeles de Lupe Pintor. Crónicas</em>. Almadía, México, 2015.<br />
<em>Viaje al Macondo real y otras crónicas</em>. Pepitas de Calabaza, España, 2016. Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2yV2gRE" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p><img class="aligncenter size-large wp-image-2836" src="http://52.179.127.84/wp-content/uploads/2017/04/julio-villanueva-chang-1024x640.jpg" alt="" width="1000" height="625" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/julio-villanueva-chang-1024x640.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/julio-villanueva-chang-300x188.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/julio-villanueva-chang-768x480.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/julio-villanueva-chang-240x150.jpg 240w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/julio-villanueva-chang-600x375.jpg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/julio-villanueva-chang.jpg 1280w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></p>
<p><strong>Julio Villanueva Chang</strong>. (Lima, Perú, 1967, <a href="https://fundaciongabo.org/es/comunidad/perfil/julio-villanueva-chang" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Bio</a>). Editor fundador de Etiqueta Negra. Premio de Crónicas de la Sociedad Interamericana de Prensa. Maestro de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo. Miembro del Comité Consultivo de Radioambulante. Ha publicado, entre otros libros, De Cerca Nadie Es Normal, una antología de sus perfiles. Nació en Perú y vive en Lima como si estuviese de visita.“Cada vez me interesan menos el periodismo y la literatura. Lo que quiero es conmover y transmitir experiencias”, dice.</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Considera que la crónica no es tanto un estilo de narrar, sino de mirar la realidad, un intento de darle sentido al caos traduciéndolo a una historia”.</p>
<p>Entre sus libros se encuentra:</p>
<p><strong><em>Elogios criminales</em></strong> (Planeta, 2009) que reúne siete textos de no-ficción que dan a conocer a personajes como Apolinar Salcedo Caicedo, quien fue Alcalde de Cali, pero sería destituido por la Procuraduría General de la Nación de Colombia; y a Juan Diego Flórez, un tenor lírico peruano, quien es considerado por la crítica el mejor representante del repertorio rossiniano.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-2837" src="http://52.179.127.84/wp-content/uploads/2017/04/Gabriela-Wiener.jpg" alt="" width="980" height="653" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Gabriela-Wiener.jpg 980w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Gabriela-Wiener-300x200.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Gabriela-Wiener-768x512.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Gabriela-Wiener-600x400.jpg 600w" sizes="(max-width: 980px) 100vw, 980px" /></p>
<p><strong>Gabriela Wiener</strong> (Lima, 1975, <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Gabriela_Wiener" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Bio</a>). Es una periodista gonzo. También poeta. Ella es la protagonista de sus historias, que hablan de los pliegues recónditos del sexo, de las aproximaciones a la muerte, de los nueve meses con alguien dentro. También de la relación con su marido y de la relación con su mujer, o sea, del &#8220;poliamor&#8221;. O, como dice su hija, de la vida en &#8220;tripareja&#8221;.</p>
<p>Estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica de Lima, y un máster en Cultura histórica y Comunicaciones en Barcelona. Trabajó en el diario El Comercio. Fue miembro del consejo de redacción de la desaparecida revista Lateral. Colabora con una larga serie de medios, como Etiqueta Negra, El País o La Vanguardia.</p>
<p>Algunas de sus obras:</p>
<p><em>Sexografías</em> (2008). Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2yUFXeM" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p><em>Nueve lunas</em> (2009). Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2SPIH5j" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p><em>Llamada perdida</em> (2014). Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2yV5YKO" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p><em>Ejercicios para el endurecimiento del espíritu</em> (2014). Puedes adquirirlo en el siguiente <a href="https://amzn.to/2DoYT9p" target="_blank" rel="noopener noreferrer">link</a>.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-2838" src="http://52.179.127.84/wp-content/uploads/2017/04/Carlos-Manuel-Alvarez.jpg" alt="" width="580" height="416" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Carlos-Manuel-Alvarez.jpg 580w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2017/04/Carlos-Manuel-Alvarez-300x215.jpg 300w" sizes="(max-width: 580px) 100vw, 580px" /></p>
<p><strong>Carlos Manuel Álvarez</strong>. (Matanzas, Cuba, 1989, <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Carlos_Manuel_%C3%81lvarez" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Bio</a>). Periodista graduado en La Universidad de La Habana.Fundador de La Revista <a href="http://elestornudo.org/">El Estornudo</a>.  Fue columnista de OnCuba. Actualmente colaborador de BBC Mundo y The New York Times. Ha escrito en revistas como El Malpensante y Gatopardo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>Se dice de él que es “bebedor de absenta. Grafitero del Word. Nada encuentra más exquisito que los manjares de la carestía: los caramelos de la bodega, los espaguetis recalentados, la pizza de cinco pesos. Leyó un Hamlet apócrifo más impactante que el original de Shakeaspeare, con frases como esta, que repite como un mantra: “la hora de la sangre ha de llegar, o yo no valgo nada.” Cree solo en dos cosas: la audacia de los primeros bates y la soledad del center field”.</p>
<p>Ha publicado los libros:</p>
<p><em>La tarde de los sucesos definitivos (2013)</em>.</p>
<p><a href="https://elpais.com/cultura/2017/06/28/actualidad/1498682657_068680.html"><em>La Tribu. Retratos de Cuba</em>, una recopilación de crónicas (2017).</a></p>
<p><em>Los caídos</em> (2018).</p>
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		<title>“El reportero que no investiga es como el atleta que no entrena”</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2016/11/el-reportero-que-no-investiga-es-como-el-atleta-que-no-entrena/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Nov 2016 20:31:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Dylan]]></category>
		<category><![CDATA[Periodismo]]></category>
		<category><![CDATA[Salcedo Ramos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Darío Alejandro Escobar Alberto Salcedo Ramos es, junto a Leila Guerriero, Alejandro Almazán o Martín Caparrós, uno de&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Darío Alejandro Escobar</strong></p>
<p>Alberto Salcedo Ramos es, junto a Leila Guerriero, Alejandro Almazán o Martín Caparrós, uno de los autores más leídos de la crónica latinoamericana en los últimos años por los estudiantes de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana. Los mismos estudiantes que, graduados o no, se han lanzado a escribir y a fundar, para intentar ser consecuentes con una poética que intenta escapar al efectismo sensiblero de la crónica dominante en el periodismo cubano actual.</p>
<p>Después de leer a Salcedo Ramos queda la sensación de que cualquiera de estas historias nos pasan por el lado todos los días y no siempre sabemos verlas y aprovecharlas. Incluso, a veces las aprovechamos y nos quedamos en la epidermis del primer ángulo que se presenta. Hay una maestría en contar una historia compleja y lograr que se lea de manera sencilla y quede al alcance de las impresiones humanas más potentes.</p>
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<p>Eso no lo logra todo el mundo, tiene que ser alguien con el talento y oficio de este periodista colombiano que ha sido ganador del Premio Ortega y Gasset de Periodismo por su crónica <em>La travesía de Wikdi</em>, cinco veces del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y Premio de la Cámara Colombiana del Libro al Mejor Libro de Periodismo del Año por <em>De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas</em>. Con estas credenciales cualquiera pudiera pensar que es una persona inaccesible, pero es todo lo contrario, este maestro de periodistas accedió inmediatamente a contestar las preguntas de El Caimán Barbudo por la vía rápida de este pasillo electrónico que es internet.</p>
<p><strong>-¿Qué lecturas, autores, influyeron en Alberto Salcedo Ramos cuando era niño y adolescente?</strong></p>
<p>En la infancia y en la adolescencia leí poco porque crecí en la casa de un abuelo ganadero e iletrado que no sentía aprecio por los libros. En mi casa sólo había los libros de texto que pedían en el colegio. Empecé a leer literatura durante los años de la escuela secundaria. Quedé enganchado con <em>Hamlet</em> y con <em>Crimen y castigo</em>, pero me aburrió <em>Cien años de soledad</em>, porque me extravié en ese montón de nombres repetidos. Llegué tarde a la lectura, digo, pero desde entonces no he querido ser otra cosa que lector. Escribir es la literatura convertida en un oficio que suele ser tortuoso. Leer, en cambio, es algo más libre y placentero. Incluso te digo algo: lo que disfruto no es escribir sino leer, tiempo después, lo que escribí, y hacerlo como si lo hubiera escrito otro”.</p>
<p><strong>-¿Qué importancia usted le concede a haber nacido en una ciudad caribeña como es Barranquilla?</strong></p>
<p>El Caribe determinó, en parte, mi relación con las palabras. He dicho que además de vigilar su precisión, me preocupo por juntarlas con una cierta armonía. Si expresan la idea con exactitud pero no tienen consonancia entre sí, están mal puestas. En el Caribe necesitamos que lo que decimos, de manera oral o por escrito, suene bien. El Caribe también me impone sus atmósferas, sus colores, su ruidaje, sus tambores, sus maracas, sus mitos. En el Caribe el mar no es, simplemente, paisaje, sino una especie de líquido amniótico que no abandonamos jamás, así vivamos lejos, en una ciudad sin océano y sin costa. En el Caribe la palabra se paladea, se regodea en sí misma. Luego están los temas: somos más de Tánatos que de Eros, pero eso no quiere decir que no seamos propensos a la melancolía.</p>
<p><strong>-¿Cuán importante es para usted la investigación, el reporterismo,</strong> <strong>en una crónica?</strong></p>
<p>A mí no me interesa un periodismo narrativo flojo en su investigación, así esté escrito con gran calidad estilística. Quiero un balance entre la forma y el fondo. Yo he dicho que el reportero que no investiga es como el atleta que no entrena: luce mal. Los datos deben ser completos, oportunos, veraces, contrastados y, sobre todo, reveladores.</p>
<p><strong>-¿Ha leído periodismo narrativo cubano?</strong> <strong>¿Conoce Cuba?</strong></p>
<p>Bueno, el periodismo narrativo no nació ayer. En Cuba ha habido cultores notables, que van desde Martí hasta Carlos Manuel Álvarez, pasando por Leonardo Padura. Recientemente he descubierto a una muchacha que me parece portentosa, Mónica Baró. No conozco la tradición de ustedes tanto como quisiera, pero me he maravillado con varios de los narradores que he conocido. Por</p>
<figure id="attachment_2094" aria-describedby="caption-attachment-2094" style="width: 300px" class="wp-caption alignright"><img class="wp-image-2094 size-medium" src="http://52.179.127.84/wp-content/uploads/2016/11/CARLOS-MANUEL-300x215.jpg" alt="Carlos M. Álvarez, periodista cubano" width="300" height="215" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2016/11/CARLOS-MANUEL-300x215.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2016/11/CARLOS-MANUEL.jpg 580w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /><figcaption id="caption-attachment-2094" class="wp-caption-text">Carlos M. Álvarez, periodista cubano</figcaption></figure>
<p>otra parte, sí he ido a Cuba, y volveré en enero de 2017. Estoy escribiendo una crónica cubana pero prefiero no hablar de eso sino esperar a que salga. Casi no me gusta revelar en qué ando trabajando”.</p>
<p><strong>-¿Qué impresión le causa que lo llamen en algunos círculos el sucesor de Gabriel García Márquez?</strong></p>
<p>Creo que es simplemente una exageración y un elogio facilista y sin sentido. Sinceramente, no me gusta. Considero que Gabo es el brujo mayor de las letras hispanoamericanas, junto con Borges. Jamás incurriría en la ridiculez de compararme con semejante genio.</p>
<p><strong>-Alguna vez usted ha dicho algo así como que quería, o haría falta, escribir crónicas desde el poder, desde los pasillos del poder. ¿Ya está trabajando en alguna?</strong></p>
<p>El periodismo permite ejercer una veeduría sobre los poderes públicos y sobre los gobernantes, en general. Yo he dicho que la crónica no puede ser eternamente un género para contar historias periféricas sobre seres excluidos. Hay que atreverse a meter la lupa bajo las alfombras de quienes rigen nuestros destinos. De nuevo te digo que prefiero no hablar mucho de los temas en que ando trabajando”.</p>
<p><strong>-¿Cómo valora el otorgamiento del Nobel a Svletana Alexievich? ¿Y a Bob Dylan?</strong></p>
<p>Creo que la Academia Sueca ha querido enviar en los últimos dos años el mensaje de que la literatura no es patrimonio exclusivo de los autores de ficción. El Premio Nobel casi siempre desata polémicas. La gente suele fijarse más en las injusticias de la Academia Sueca que en sus aciertos. Por ejemplo, hay mucha gente rabiosa porque le dieron el premio a Dylan y no a Borges. A mí también me parece injusto que no se lo hayan dado a Borges, pero no me molesta en absoluto que se lo hayan otorgado a Dylan. Ahora bien: es cierto que las letras de Dylan, al ser fijadas en un papel, al quedar huérfanas de su voz gangosa y de su fondo musical, no parecen tan sólidas. Pero aun así creo que Bob Dylan es un cantor lúcido y profundo que ha dejado una huella en nuestra época. En todo caso, quizá lo mejor que se ha dicho sobre este tema sea lo que dijo un fulano desconocido en Twitter: Dylan debería aceptar el honor del premio y luego donar el dinero correspondiente a las víctimas de la música de Ricardo Arjona.</p>
<p><strong>Contenido original de <a href="http://www.caimanbarbudo.cu/">El Caimán Barbudo</a></strong></p>
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