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	<title>Salud pública &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Otro primer día de quimios</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Apr 2018 12:26:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Yo me curé, tras seis ciclos de quimioterapia. En 2016, mis exámenes no arrojaron indicio alguno de la&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="yo-me-cure-tras-seis-ciclos-de-quimioterapia-en-2016-mis-examenes-no-arrojaron-indicio-alguno-de-la-enfermedad-el-cancer-sin-embargo-a-veces-es-esquivo-terco-y-caprichoso-volvio-a-finales-de-e"><span style="color: #6e4d8b;">Yo me curé, tras seis ciclos de quimioterapia. En 2016, mis exámenes no arrojaron indicio alguno de la enfermedad. El cáncer, sin embargo, a veces es esquivo, terco y caprichoso. Volvió a finales de ese año, pero en el cuerpo de mi madre</span></h4>
<p><strong>Por Erick Lezama Aranguren </strong></p>
<p>Mi mamá y yo entramos al Instituto Oncológico Doctor Luis Razetti antes de las 7:00 de la mañana. Con prisa porque vamos tarde, subimos al piso dos. Entregamos los informes médicos en una pequeña oficina. Una chica amargada chequea cuáles quimioterapias necesitamos. “Siéntense; esperen a que les llamemos”, nos dice atropellando las palabras y sin mirarnos a la cara.  Nos llamará horas después para informarnos que ya le trajeron los medicamentos del almacén, y que nos dirijamos a una sala amplia que está en el piso 1,  donde le aplicarán el tratamiento.</p>
<p>Pero ahora salimos de la oficina tomados de la mano y nos sentamos. El lugar, en las entrañas de Cotiza, un barrio del centro-norte caraqueño, es una vieja estructura neoclásica construida en las primeras décadas del siglo XX.  Dos pisos, largos corredores, baños sucios; y un jardín interno –con un enorme y hermoso pino verde en el medio-  que  inunda todo de luz natural. Hace frío pero es un día soleado, de un cielo muy azul.</p>
<p>El pasillo está repleto de pacientes, casi todos calvos y algunos –no todos- lucen demacrados. Los médicos van y vienen con sus batas blancas y estetoscopios al cuello.  Aquí, en esta sala de espera, siento que estamos esperando para abordar el tren que nos llevará de vuelta a ese territorio que el británico Cristopher Hitchens –en Mortalidad, libro escrito durante su tratamiento contra el cáncer– llamó <em>el país de la enfermedad</em>. Una cuesta, un perímetro árido, una zona boscosa sin atajos; donde al entrar, insiste Hitchens, “es como que te dijeran: vamos a necesitar unas cosas tuyas: tus papilas gustativas, tu capacidad de digerir, el pelo de tu cabeza”.  Y sí. “Se le puede quitar el apetito, tendrá nauseas, diarrea, pero no deje de hidratarse, porque se puede descompensar”, nos advertirá la chica amargada.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Le señalo con el dedo a mi mamá una gigantografía de Jesús de la Misericordia que reza “<em>Jesús, yo confío en ti</em>”, frase que hemos convertido en un mantra. Ella hace una media sonrisa. “La risa es un escudo ante el miedo”, escribió mi amigo Nolan, en un texto sobre el cáncer de su madre. ¿Tendrá miedo? No parece. ¿Será que, madre al fin, está disimulando para que yo no me angustie? ¿Estará tranquila, como me dice,  como genuinamente me muestran sus ojos?</p>
<p>Yo la abrazo. Estoy nervioso, pero no se lo digo. Es que tengo aún muy fresco el recuerdo de mi primera quimioterapia. Fue en julio de 2015, apenas días después de que me diagnosticaran un linfoma no hodgkin, grado IV. Cuando aquella cristalina solución comenzó a entrar a mi cuerpo, me empapé de sudor y sentí un calor sofocante, dolores, nauseas, mareos y asfixia. Todo a la vez. Tuvieron que reducir el ritmo del goteo, porque no lo soportaba. Y pasé siete horas conectado. Después mi hemoglobina y mis plaquetas se derrumbaron; por lo cual estuve 15 días hospitalizado recibiendo transfusiones sanguineas.</p>
<p>Nadie quiere que algo así le pase a su madre.</p>
<p>Yo me curé, tras seis ciclos de quimioterapia. En 2016, mis exámenes no arrojaron indicio alguno de la enfermedad. El cáncer, sin embargo, a veces es esquivo, terco y caprichoso. Volvió a finales de ese año, pero en el cuerpo de mi madre. En su útero había un tumor grande, de 5 centímetros, que extirparon; y que ahora, en 2018, está recreciendo de nuevo. Necesitaremos quimioterapias y radioterapias. Y por eso aquí <em>estamos </em>de nuevo; disueltos en frustración aunque aferrados nuestra fe.</p>
<p>Conscientemente escribo en plural porque –luego de ser tanto paciente como acompañante- estoy convencido de que es cierto lo que leo en uno de los muchos carteles pegados en una pared del hospital: “Cuando alguien tiene cáncer, la familia y todo aquel que lo ama también”, cita atribuida a la guitarrista y cantante canadiense Terri Clark, cuya madre falleció de esa enfermedad. Uno se siente impotente por no poder hacer más. Por no poder aminorar el vómito, el dolor de espalda, el remolino en que se convierte el estómago. Por no poder tener a la mano todos los medicamentos, esa tarea bestial para quienes vivimos en Venezuela y sufrimos los embates de una turbulencia económica que repercute en la salud pública.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>-¡Miguelina! ¿cómo estás? ¿estás lista? ¿Con ánimo? ¿Desayunaste?</p>
<p>La mujer que enérgicamente saluda a mi mamá se llama Maguela. Ayer se conocieron mientras se practicaban los análisis de laboratorio necesarios antes del tratamiento. Tiene 45 años y cáncer de mama. Lo superó una vez, pero volvió nueve años después, con metástasis en el pulmón y en los huesos. La acompaña su madre, que es sobreviviente del mismo tipo de cáncer. Al rato, cuando mi mamá se sumerge en una larga conversación con nuestra querida amiga San, quien ha llegado a acompañarnos con su sonrisa, Maguela se sienta a mi lado y me cuenta su historia.</p>
<p>–El año pasado, por esta fecha, estaba mal, muy mal. Me tuvieron que drenar dos veces el pulmón, porque lo tenía lleno de líquido. Qué dolor tan grande, me privé de llanto. Me han puesto muchas quimios y ahora es que me falta. Pero mírame como estoy de bien.</p>
<p>Y tiene razón: se ve muy radiante: tiene pelo, la piel tersa, la cara maquillada y la mirada suave saliendo de sus ojos claritos.</p>
<p>-Quiero vivir – continúa-. Quiero vivir por mis nietos. Hace un tiempo, cuando ya no podía con los malestares, la más pequeña llegó de la playa, me dijo: “Abuela, me encanta el mar, porque me recuerdas tus ojos”. Yo ahora valoro más la vida. Cada cosa que me como, cada detallito por pequeño que sea. Dale mucho apoyo a tu mamá. Claro que es posible salir de esto.</p>
<p>No puedo evitar decirle que la entiendo, que tuve cáncer, que es así, que claro que se puede salir.</p>
<p>A la conversación se incorpora una chica que viene de los Valles del Tuy, una ciudad dormitorio cercana a Caracas.</p>
<p>-Buen día, Maguela. Voy llegando tarde porque anoche me quedé hasta tarde en la casa de una sobrina. Me reí mucho, mucho. Tenía años que no me reía así. Eso hace falta.</p>
<p>(La escucho y pienso en una hermosa frase del escritor y periodista Enric González: “Hay momentos en los que hace falta escuchar risas. Incluso si son falsas. Ahuyentan la náusea. Espantan la muerte”).</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hablan tendidamente. Me doy cuenta que aquí, en estos pasillos, se ha fraguado entre ellas una amistad. En algún momento dejo de prestar atención. Trato de leer un libro; no me concentro y lo cierro. Me distraigo. Veo a lo lejos a una señora, que ayer conocimos en el laboratorio y también nos contó parte de su historia. Nos dijo que vive en Maturín, capital del estado Monagas, en el oriente del país; y que cada 21 días viene para el tratamiento. Nos comentó que se siente bien, que su tumor en el seno se ha hecho más pequeño con las quimioerapias, pero que Doxorrobucina, uno de los medicamentos –que por cierto también requiere mi mamá– no hay en el hospital y que no tiene forma de traerlo del exterior, donde cada ampolla puede costar hasta 90 dólares. La veo a lo lejos, sonriente y maquillada y la saludo agitando la mano.</p>
<p>Vuelvo a escuchar a quienes tengo a mi alrededor.</p>
<p>-Él tuvo cáncer también y se curó- le dice Maguela a su amiga, al percatarse de que les estoy prestando atención.</p>
<p>Sonrío.</p>
<p>Un señor obeso con los ojos llorosos que escuchaba, interviene.</p>
<p>-Oye, tan joven. A mí me diagnosticaron cáncer de piel el año pasado. Me operaron y salí bien. Pero desde entonces sufro ataques de pánico. Es horrible, horrible, siento que me estoy muriendo. Vine al psiquiatra.</p>
<p>-Carlos, pero piensa que estás vivo. Claro que vas a poder – le responde Maguela.</p>
<p>Ha pasado un rato y escucho que llaman a mi mamá. San y yo vamos con ella. Caminamos a la sala de espera del salón de quimio, en planta baja. Y un par de horas después, la llaman para que ingrese. Y siento taquicardias. Quiero llorar, pero no lloro. No quería que eso le ocurriera. “Tranquilo, mi amor”, me dice San, con su voz tan dulce, mientras mi mamá se aleja. Debemos esperarla aquí.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Pasa una hora.</p>
<p>Pasan dos horas.</p>
<p>Pasan tres horas.</p>
<p>Siento que han sido más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>San habla; yo la escucho. Yo hablo; ella me escucha. A veces nos quedamos en silencio y  escuchamos cosas las que dicen.</p>
<p>Cosas como: “Ahorita a una allá adentro se le explotó un seno”.</p>
<p>Cosas como: “No llores, no llores para que ella no te vea así”.</p>
<p>Cosas como: “Hay que tener mente positiva; hay que ser fuerte”.</p>
<p>“En los hospitales nos sentimos cosificados y empequeñecidos. Tanteamos nuestras limitaciones, recordamos que el esqueleto nos duele. Constatamos que el cuerpo se corrompe y el baile se acaba”,  reflexionó en una de sus crónicas el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Comienzan a salir pacientes de ese salón que para algunos ha sido una máquina demoledora: entraron risueños y ahora son escupidos por esa puerta vueltos añicos.</p>
<p>La chica de Los valles del tuy sale pálida. Mientras espera que llegue un familiar a buscarla, cuenta a quienes tiene alrededor cómo comenzó todo.</p>
<p>-Tenía una pelotica en el seno. La teta se me puso dura, el pezón se tornó más oscuro, pero yo no le paré. Seguí dando clases, porque soy maestra. Pero un día, con miedo, le comenté a una sobrina. Le dije: “Mira como tengo esto”. Y ella se alarmó. Me dijo que fuera al médico, pero yo no quería. Cuando fui obligada, me lo detectaron. Fue descuido mío, lo sé. Pero en este hospital no han tenido todo el tratamiento y eso me ha complicado. Me lo ha cambiado el esquema de quimioterapias varias veces. Por eso el cáncer se me fue a los huesos. Los dolores son horribles. Pero si he resistido tanto, si este cuerpecito ha aguantado tanto, por algo será. Así que pa´lante.</p>
<p>Maguela sale al rato. Chao. Me da un beso en la mejilla. “Me encantó conocerte -me dice-.  Me siento mal”.</p>
<p>Y se va.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>A ratos, sobre todo ahora que muchos pacientes se han ido, los familiares podemos pasar a monitorear a quienes tenemos dentro. Con miedo, me dirijo a ver cómo va mi mamá. Temo encontrarla marchita, quejándose. Pero no: la veo sonriendo, comiendo los caramelos que le compré para que minimizara el sabor metalizado en la boca que produce el tratamiento.</p>
<p>-¿Cómo te sientes?</p>
<p>-Fina, como si nada.</p>
<p>-¿Segura?</p>
<p>-Claro. Mírame.</p>
<p>Y debe ser verdad, porque le veo buen semblante. Hago payasadas para que se ría y ella se ríe. Hacemos un video para mi hermana, quien en noviembre migró a Perú, y desde allá está al pendiente: “Hija, te amo. Mírame. Me siento bien, tranquila”.  Salgo. Entra San. Sale ella y, otra vez,  entro yo. “¿Cuánto falta?”, le pregunto a la enfermera. “Poquito, poquito. Ya casi”, nos responde.</p>
<p>Paciencia, digo.</p>
<p>“No pidas paciencia mi amor, que las cosas se hacen más largas”, me increpa San.</p>
<p>Yo vuelvo a entrar. Al poco tiempo después, veo cómo la última gota entra al cuerpo de mi mamá. Y, como hicieron mis amigos y familiares cuando terminé mi primera quimio en 2015, la aplaudo. Porque cuando se tiene cáncer hay que celebrar cada victoria, por pequeña que sea. La enfermera le retira la vía y nos vamos. Caminamos a la salida del hospital.</p>
<p>Tengo la certeza de que aunque queda camino por andar, comenzamos con buen pie. Y lo que comienza bien, bien termina, dice mi mamá. Y yo le creo.</p>
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