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	<title>Salud &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Salud &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Mujer incompleta</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/mujer-incompleta/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 14 May 2018 23:36:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Bienestar]]></category>
		<category><![CDATA[endometriosis]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La mujer tiene que reservar su virginidad, que hacer el amor, no el sexo. No debe explorar cuerpos&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="la-mujer-tiene-que-reservar-su-virginidad-que-hacer-el-amor-no-el-sexo-no-debe-explorar-cuerpos-en-la-primera-cita-si-no-quiere-tener-hijos-eso-significa-que-esta-loca-y-tendra-que-soportar-cierta"><span style="color: #6e4d8b;">La mujer tiene que reservar su virginidad, que hacer el amor, no el sexo. No debe explorar cuerpos en la primera cita. Si no quiere tener hijos eso significa que está loca y tendrá que soportar ciertas preguntas: ¿No te quieres casar?  ¿Cuándo vas a tener un bebé?</span></h4>
<p><strong>Por Eilyn Díaz-Romero</strong></p>
<p>En este mes en mi país solo se habla de una cosa: el Día de las Madres. De niña, cuando estudiaba en un colegio de monjas, me fascinaba hacer manualidades. Allí nos adiestraban bien para esconder las verdades y llamarlas secretos. Yo ocultaba siempre lo mismo: la lista de materiales que me habían pedido para hacer cualquier figura o “mamarracho” que representara el regalo de mi mamá, algo que yo creía era lo máximo.</p>
<p>Mi papá nunca supo ayudarme en esa tarea y siempre terminaba diciéndole a mi mamá que me comprara lo necesario. Sin embargo, ella siempre sabía bien como hacerse la pendeja para que yo “la sorprendiera” el día indicado. Nunca olvidaré el porta-alfileres que hice en primer grado, con la <em>seño</em> Olguita, un muñeco regordete de color amarillo, cabello negro rizado y un gorro que más bien parecía un pedazo de cartón. Me emocioné tanto al hacerlo —era la primera vez que veía cabello sintético y además se parecía al mío — pero la felicidad duró poco. Al entregárselo a mi mamá supe, con ocho años de edad, que no le serviría de mucho;  aunque ella sabía coser, la costurera o modista de la familia era mi abuela. A mi mamá lo que le gustaba eran los libros, los negocios. Todos le consultaban sobre dolores y medicamentos, pero ella era maestra; así que, aunque nunca lo supo, de ahí en adelante, a pesar de que esos regalos no sirvieran para ella, yo los hacía solo por la calificación y me inventaba una tarjeta estrambótica que acompañara la cosa inútil que hiciéramos.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>Desde la menarquia he padecido cólicos menstruales muy dolorosos. En la búsqueda de una solución, mi mamá me puso en  distintas manos de especialistas. En ese proceso sufrí de maltratos por parte de varios ginecólogos. A los 17 años tuvieron que hacerme una cirugía de emergencia para extraerme un quiste en el ovario. En mayo de 2009, es decir, ocho años después, cuando ya era adulta y podía elegir una ginecóloga que cubría mis expectativas, me enteré que no solo me habían sacado el quiste sino el 75% de mi ovario derecho. El diagnóstico fue endometriosis. La posibilidad de tener hijos se reducía cada vez más.</p>
<p>Por mucho tiempo, el tratamiento consistió en pastillas anticonceptivas, hormonas por millón. Una cirugía con mallas que impidieran el crecimiento excesivo del endometrio. Mes a mes el malestar me incapacita. La endometriosis parece una enfermedad que nadie entiende, incluso a veces nadie te cree. Algunos te observan como si estuvieras exagerando. El dolor te desgarra físicamente, pero sobre todo, los sentimientos, la moral, tu amor propio.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>Los años siguientes trajeron frutos perdidos, deseos frustrados, temores completos. En diciembre de 2015 dejé todo atrás y me embarqué en una ilusión que me llenó de esperanza. A pesar de mi corazón roto, emigré para ir a estudiar una maestría. Pero inesperada e ilógicamente mi corazón fue zurcido en un país que se hunde en una crisis económica.</p>
<p>Lejos de mi tierra, igual que mi sombra, me persiguen las mismas preguntas y comentarios: “¿Tienes novio?” “¿Por qué no tienes novio?” “¿Cuándo te vas a casar?” “Ten un hijo para que no te quedes sola”. Esas miles de voces me hacen recordar el pedacito de la letra de Shakira: <em>Las mujeres se casan siempre antes de treinta/ Si no vestirán santos y aunque así no lo quieran.</em></p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>El tratamiento médico ordenado, que me ayuda a sostener mi familia, ya no está haciendo efecto desde finales de 2017. Los dolores se hacen cada vez más intensos y más frecuentes. Sin embargo, a mis padres solo les digo que voy a cambiar de médico. Que todo está bajo control.</p>
<p>Le pregunto al doctor si cree que hay algo que me pueda ayudar a tener hijos. Con más de 30 años ya estoy vieja para llenarme de “falsas ilusiones”.</p>
<p>—Posibilidades todas, hija.</p>
<p>—¿Está seguro?</p>
<p>— Aún tienes el ovario izquierdo completo, tienes múltiples formaciones quísticas, pero todas muy diminutas, hay que hacerte una serie de laboratorios para descartar otras cosas y ver si seguimos con los anticonceptivos o resolvemos con cirugía programada. De todas maneras, deja de tomar las pastillas por un mes para que los exámenes no salgan alterados y luego vuelves con los resultados y decidimos.</p>
<p><em> </em>Más tardó el médico en decirme esto que yo en dejar de tomar las pastillas para hacerme los exámenes lo antes posible.</p>
<p>En diciembre pasado fui a Colombia para ver a mi familia. Viajé con dolor por la llegada del periodo, pero nada que no pudiera manejar con analgésicos. Regresé unos ocho días después y los exámenes, afectados por la inflación galopante, ya costaban una fortuna. Hago de tripas corazón, pido por aquí, consulto por allá. Mi seguro médico no cubre ni los caramelos. Postergo y postergo. Luego conozco a un médico que trabaja con medicina natural y aunque no es nada económico me decido a probar esta opción. Las noticias no son alentadoras: También tengo tiroides. He aumentado de peso.</p>
<p>Sigo las recomendaciones del médico naturista, pero el siete de mayo algo se rompe dentro de mi. Aguanto el dolor, porque la crisis me impide conseguir un vehículo que me pueda llevar de noche a una clínica.</p>
<p>El día siguiente se alarga la situación. El dolor no para. Lo siento en el vientre y en mi pierna izquierda. Espero que el agua llegue a casa para darme una ducha. Los taxis no vienen. A rastras camino la que siento es la cuadra más larga de mi vida y con dolor me deshago del “tesoro” más preciado en Venezuela;  dinero en efectivo, que entrego a mi acompañante para que pague el único taxi viejo, con aspecto de lancha, que pasa por el lugar.</p>
<p>Llegué poco antes de las nueve de la mañana a la clínica, donde a pesar de mi seguro médico, me obligaron a pagar cuatro millones de bolívares de depósito antes de ingresarme a Emergencia.</p>
<p>El cirujano, con los resultados de exámenes en mano, me informa que tengo un quiste roto,  hay que operar de emergencia. Y que el dolor de mi pierna se debe a la peritonitis que estoy haciendo. Luego me entrega un informe médico impreso.</p>
<p>“Eilyn, si no puedes pagar la cirugía para que te la haga a más tardar mañana al amanecer, debes ir a otro lado, aquí es muy caro”, me dice el cirujano.</p>
<p>Yo con mi mejor cara lavada, le contesto: “Tranquilo doctor, usted es el que me va a operar, yo de aquí no me voy, y me opera hoy mismo, deme el presupuesto que yo resuelvo”.</p>
<p>El presupuesto indica que la operación cuesta 700 millones de bolívares. Siento que mi vida se evapora como el agua. Y digo: “Dios mío, son las seis de la tarde, no he comido desde ayer, no he tenido hambre, no me dejes morir”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>En este mundo machista, las mujeres no podemos abortar, tampoco podemos tener muchos hijos, porque hay que cuidarse. “Ojo con tener muchos novios”, nada de amantes, el sexo por placer es exclusivo para los hombres, así que no se te ocurra tener un condón en la cartera o serías una mujerzuela. Qué hombre va a querer casarse contigo después. Las pastillas anticonceptivas solo son permitidas en mujeres que ya tienen vida en pareja, de lo contrario calificarás para puta.</p>
<p>Las violaciones o comentarios vulgares hacia la mujer son de su entera responsabilidad, el abuso es buscado por la ropa transparente, corta, apretada o de escote. El hombre tiene derecho a actuar por instinto así que la mujer no puede provocar, porque si es violada o el embarazo no es deseado, no puede abortar, así que mejor no debe salir a beber, tomar sola es un riesgo para la mujer (un ser vulnerable).</p>
<p>La mujer tiene que reservar su virginidad, que hacer el amor, no el sexo.  No debe  explorar cuerpos en la primera cita.  Si no quiere tener hijos eso significa que está loca y tendrá que soportar ciertas preguntas: ¿No te quieres casar?  ¿Cuándo vas a tener un bebé?</p>
<p>No puede ser muy flaca, tiene que tener curvas, no puede ser gorda, la grasa no es belleza. Si es velluda se tiene que depilar, a los hombres no les gusta los pelos. Si la mujer exige derechos le toca defenderlos, así que hay que salir a trabajar y aceptar ganar menos que ellos. Hay que estudiar y mucho para que la tomen en cuenta, aunque luego ellos se sienten amenazados.</p>
<p>Para la mujer, el mundo es “blanco y negro”, no hay lugar para matices, para luchas, para posiciones bien elaboradas. A ellos se les permite opinar sin fundamento y a nosotras se nos enseña a decir amén.</p>
<figure id="attachment_5405" aria-describedby="caption-attachment-5405" style="width: 768px" class="wp-caption alignright"><img class="wp-image-5405 size-large" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/IMG_04421-768x1024.jpeg" alt="" width="768" height="1024" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/IMG_04421-768x1024.jpeg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/IMG_04421-225x300.jpeg 225w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/IMG_04421-600x800.jpeg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/IMG_04421.jpeg 2448w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /><figcaption id="caption-attachment-5405" class="wp-caption-text">Foto Eilyn Diaz-Romero</figcaption></figure>
<p>Mi madre, que nunca me había defendido en público y que sufrió tanto mi “odio-lescencia”, lo que hacía era quejarse de mi rebeldía. Vivía pidiendo consejos a sus amigas y a sus hermanas mayores sobre cómo lidiar con las situaciones y dolores de cabeza que yo le causaba. Pero un día se impuso por delante de mí como leona salvaje, luego de ver mi cara desencajada tras aguantar un discurso religioso de mis tías sobre que no perdiera la fe, que sí podía  tener hijos y les dijo: “¡No, no puede, ya lo sabemos, no hay nada que hablar, eso no la hace menos mujer”.</p>
<p>Entonces me erguí otra vez y así decidí andar por el mundo, siendo mujer y con muy bajas posibilidades de parir, tratando de que no me mate la culpa social que me impone tener útero.</p>
<p>El 8 de mayo de 2018, de 7:40pm a 11:00 pm volví a nacer, pero el cirujano mató a la madre biológica que podría haber sido, con la extirpación del 80% del ovario “bueno” y un aparato reproductor  “bastante comprometido”, según sus palabras.</p>
<p>Yo sigo teniendo el regalo de respirar, pero ya no la ilusión de la maternidad. Elevé mi mirada al infinito, recordé la escena de mi madre defendiéndome y me animé, me impulsé a vivir el tiempo -mucho o poco- que me quede para respirar recordando que no importa lo que diga toda una sociedad. Yo no soy una mujer incompleta.</p>
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		<title>Otro primer día de quimios</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/otro-primer-dia-de-quimios/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Apr 2018 12:26:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Cancer]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Erick Lezama Aranguren]]></category>
		<category><![CDATA[Quimioteriapia]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[Salud pública]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Yo me curé, tras seis ciclos de quimioterapia. En 2016, mis exámenes no arrojaron indicio alguno de la&#8230;</p>
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<p><strong>Por Erick Lezama Aranguren </strong></p>
<p>Mi mamá y yo entramos al Instituto Oncológico Doctor Luis Razetti antes de las 7:00 de la mañana. Con prisa porque vamos tarde, subimos al piso dos. Entregamos los informes médicos en una pequeña oficina. Una chica amargada chequea cuáles quimioterapias necesitamos. “Siéntense; esperen a que les llamemos”, nos dice atropellando las palabras y sin mirarnos a la cara.  Nos llamará horas después para informarnos que ya le trajeron los medicamentos del almacén, y que nos dirijamos a una sala amplia que está en el piso 1,  donde le aplicarán el tratamiento.</p>
<p>Pero ahora salimos de la oficina tomados de la mano y nos sentamos. El lugar, en las entrañas de Cotiza, un barrio del centro-norte caraqueño, es una vieja estructura neoclásica construida en las primeras décadas del siglo XX.  Dos pisos, largos corredores, baños sucios; y un jardín interno –con un enorme y hermoso pino verde en el medio-  que  inunda todo de luz natural. Hace frío pero es un día soleado, de un cielo muy azul.</p>
<p>El pasillo está repleto de pacientes, casi todos calvos y algunos –no todos- lucen demacrados. Los médicos van y vienen con sus batas blancas y estetoscopios al cuello.  Aquí, en esta sala de espera, siento que estamos esperando para abordar el tren que nos llevará de vuelta a ese territorio que el británico Cristopher Hitchens –en Mortalidad, libro escrito durante su tratamiento contra el cáncer– llamó <em>el país de la enfermedad</em>. Una cuesta, un perímetro árido, una zona boscosa sin atajos; donde al entrar, insiste Hitchens, “es como que te dijeran: vamos a necesitar unas cosas tuyas: tus papilas gustativas, tu capacidad de digerir, el pelo de tu cabeza”.  Y sí. “Se le puede quitar el apetito, tendrá nauseas, diarrea, pero no deje de hidratarse, porque se puede descompensar”, nos advertirá la chica amargada.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Le señalo con el dedo a mi mamá una gigantografía de Jesús de la Misericordia que reza “<em>Jesús, yo confío en ti</em>”, frase que hemos convertido en un mantra. Ella hace una media sonrisa. “La risa es un escudo ante el miedo”, escribió mi amigo Nolan, en un texto sobre el cáncer de su madre. ¿Tendrá miedo? No parece. ¿Será que, madre al fin, está disimulando para que yo no me angustie? ¿Estará tranquila, como me dice,  como genuinamente me muestran sus ojos?</p>
<p>Yo la abrazo. Estoy nervioso, pero no se lo digo. Es que tengo aún muy fresco el recuerdo de mi primera quimioterapia. Fue en julio de 2015, apenas días después de que me diagnosticaran un linfoma no hodgkin, grado IV. Cuando aquella cristalina solución comenzó a entrar a mi cuerpo, me empapé de sudor y sentí un calor sofocante, dolores, nauseas, mareos y asfixia. Todo a la vez. Tuvieron que reducir el ritmo del goteo, porque no lo soportaba. Y pasé siete horas conectado. Después mi hemoglobina y mis plaquetas se derrumbaron; por lo cual estuve 15 días hospitalizado recibiendo transfusiones sanguineas.</p>
<p>Nadie quiere que algo así le pase a su madre.</p>
<p>Yo me curé, tras seis ciclos de quimioterapia. En 2016, mis exámenes no arrojaron indicio alguno de la enfermedad. El cáncer, sin embargo, a veces es esquivo, terco y caprichoso. Volvió a finales de ese año, pero en el cuerpo de mi madre. En su útero había un tumor grande, de 5 centímetros, que extirparon; y que ahora, en 2018, está recreciendo de nuevo. Necesitaremos quimioterapias y radioterapias. Y por eso aquí <em>estamos </em>de nuevo; disueltos en frustración aunque aferrados nuestra fe.</p>
<p>Conscientemente escribo en plural porque –luego de ser tanto paciente como acompañante- estoy convencido de que es cierto lo que leo en uno de los muchos carteles pegados en una pared del hospital: “Cuando alguien tiene cáncer, la familia y todo aquel que lo ama también”, cita atribuida a la guitarrista y cantante canadiense Terri Clark, cuya madre falleció de esa enfermedad. Uno se siente impotente por no poder hacer más. Por no poder aminorar el vómito, el dolor de espalda, el remolino en que se convierte el estómago. Por no poder tener a la mano todos los medicamentos, esa tarea bestial para quienes vivimos en Venezuela y sufrimos los embates de una turbulencia económica que repercute en la salud pública.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>-¡Miguelina! ¿cómo estás? ¿estás lista? ¿Con ánimo? ¿Desayunaste?</p>
<p>La mujer que enérgicamente saluda a mi mamá se llama Maguela. Ayer se conocieron mientras se practicaban los análisis de laboratorio necesarios antes del tratamiento. Tiene 45 años y cáncer de mama. Lo superó una vez, pero volvió nueve años después, con metástasis en el pulmón y en los huesos. La acompaña su madre, que es sobreviviente del mismo tipo de cáncer. Al rato, cuando mi mamá se sumerge en una larga conversación con nuestra querida amiga San, quien ha llegado a acompañarnos con su sonrisa, Maguela se sienta a mi lado y me cuenta su historia.</p>
<p>–El año pasado, por esta fecha, estaba mal, muy mal. Me tuvieron que drenar dos veces el pulmón, porque lo tenía lleno de líquido. Qué dolor tan grande, me privé de llanto. Me han puesto muchas quimios y ahora es que me falta. Pero mírame como estoy de bien.</p>
<p>Y tiene razón: se ve muy radiante: tiene pelo, la piel tersa, la cara maquillada y la mirada suave saliendo de sus ojos claritos.</p>
<p>-Quiero vivir – continúa-. Quiero vivir por mis nietos. Hace un tiempo, cuando ya no podía con los malestares, la más pequeña llegó de la playa, me dijo: “Abuela, me encanta el mar, porque me recuerdas tus ojos”. Yo ahora valoro más la vida. Cada cosa que me como, cada detallito por pequeño que sea. Dale mucho apoyo a tu mamá. Claro que es posible salir de esto.</p>
<p>No puedo evitar decirle que la entiendo, que tuve cáncer, que es así, que claro que se puede salir.</p>
<p>A la conversación se incorpora una chica que viene de los Valles del Tuy, una ciudad dormitorio cercana a Caracas.</p>
<p>-Buen día, Maguela. Voy llegando tarde porque anoche me quedé hasta tarde en la casa de una sobrina. Me reí mucho, mucho. Tenía años que no me reía así. Eso hace falta.</p>
<p>(La escucho y pienso en una hermosa frase del escritor y periodista Enric González: “Hay momentos en los que hace falta escuchar risas. Incluso si son falsas. Ahuyentan la náusea. Espantan la muerte”).</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Hablan tendidamente. Me doy cuenta que aquí, en estos pasillos, se ha fraguado entre ellas una amistad. En algún momento dejo de prestar atención. Trato de leer un libro; no me concentro y lo cierro. Me distraigo. Veo a lo lejos a una señora, que ayer conocimos en el laboratorio y también nos contó parte de su historia. Nos dijo que vive en Maturín, capital del estado Monagas, en el oriente del país; y que cada 21 días viene para el tratamiento. Nos comentó que se siente bien, que su tumor en el seno se ha hecho más pequeño con las quimioerapias, pero que Doxorrobucina, uno de los medicamentos –que por cierto también requiere mi mamá– no hay en el hospital y que no tiene forma de traerlo del exterior, donde cada ampolla puede costar hasta 90 dólares. La veo a lo lejos, sonriente y maquillada y la saludo agitando la mano.</p>
<p>Vuelvo a escuchar a quienes tengo a mi alrededor.</p>
<p>-Él tuvo cáncer también y se curó- le dice Maguela a su amiga, al percatarse de que les estoy prestando atención.</p>
<p>Sonrío.</p>
<p>Un señor obeso con los ojos llorosos que escuchaba, interviene.</p>
<p>-Oye, tan joven. A mí me diagnosticaron cáncer de piel el año pasado. Me operaron y salí bien. Pero desde entonces sufro ataques de pánico. Es horrible, horrible, siento que me estoy muriendo. Vine al psiquiatra.</p>
<p>-Carlos, pero piensa que estás vivo. Claro que vas a poder – le responde Maguela.</p>
<p>Ha pasado un rato y escucho que llaman a mi mamá. San y yo vamos con ella. Caminamos a la sala de espera del salón de quimio, en planta baja. Y un par de horas después, la llaman para que ingrese. Y siento taquicardias. Quiero llorar, pero no lloro. No quería que eso le ocurriera. “Tranquilo, mi amor”, me dice San, con su voz tan dulce, mientras mi mamá se aleja. Debemos esperarla aquí.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Pasa una hora.</p>
<p>Pasan dos horas.</p>
<p>Pasan tres horas.</p>
<p>Siento que han sido más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>San habla; yo la escucho. Yo hablo; ella me escucha. A veces nos quedamos en silencio y  escuchamos cosas las que dicen.</p>
<p>Cosas como: “Ahorita a una allá adentro se le explotó un seno”.</p>
<p>Cosas como: “No llores, no llores para que ella no te vea así”.</p>
<p>Cosas como: “Hay que tener mente positiva; hay que ser fuerte”.</p>
<p>“En los hospitales nos sentimos cosificados y empequeñecidos. Tanteamos nuestras limitaciones, recordamos que el esqueleto nos duele. Constatamos que el cuerpo se corrompe y el baile se acaba”,  reflexionó en una de sus crónicas el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>Comienzan a salir pacientes de ese salón que para algunos ha sido una máquina demoledora: entraron risueños y ahora son escupidos por esa puerta vueltos añicos.</p>
<p>La chica de Los valles del tuy sale pálida. Mientras espera que llegue un familiar a buscarla, cuenta a quienes tiene alrededor cómo comenzó todo.</p>
<p>-Tenía una pelotica en el seno. La teta se me puso dura, el pezón se tornó más oscuro, pero yo no le paré. Seguí dando clases, porque soy maestra. Pero un día, con miedo, le comenté a una sobrina. Le dije: “Mira como tengo esto”. Y ella se alarmó. Me dijo que fuera al médico, pero yo no quería. Cuando fui obligada, me lo detectaron. Fue descuido mío, lo sé. Pero en este hospital no han tenido todo el tratamiento y eso me ha complicado. Me lo ha cambiado el esquema de quimioterapias varias veces. Por eso el cáncer se me fue a los huesos. Los dolores son horribles. Pero si he resistido tanto, si este cuerpecito ha aguantado tanto, por algo será. Así que pa´lante.</p>
<p>Maguela sale al rato. Chao. Me da un beso en la mejilla. “Me encantó conocerte -me dice-.  Me siento mal”.</p>
<p>Y se va.</p>
<p><strong>*</strong></p>
<p>A ratos, sobre todo ahora que muchos pacientes se han ido, los familiares podemos pasar a monitorear a quienes tenemos dentro. Con miedo, me dirijo a ver cómo va mi mamá. Temo encontrarla marchita, quejándose. Pero no: la veo sonriendo, comiendo los caramelos que le compré para que minimizara el sabor metalizado en la boca que produce el tratamiento.</p>
<p>-¿Cómo te sientes?</p>
<p>-Fina, como si nada.</p>
<p>-¿Segura?</p>
<p>-Claro. Mírame.</p>
<p>Y debe ser verdad, porque le veo buen semblante. Hago payasadas para que se ría y ella se ríe. Hacemos un video para mi hermana, quien en noviembre migró a Perú, y desde allá está al pendiente: “Hija, te amo. Mírame. Me siento bien, tranquila”.  Salgo. Entra San. Sale ella y, otra vez,  entro yo. “¿Cuánto falta?”, le pregunto a la enfermera. “Poquito, poquito. Ya casi”, nos responde.</p>
<p>Paciencia, digo.</p>
<p>“No pidas paciencia mi amor, que las cosas se hacen más largas”, me increpa San.</p>
<p>Yo vuelvo a entrar. Al poco tiempo después, veo cómo la última gota entra al cuerpo de mi mamá. Y, como hicieron mis amigos y familiares cuando terminé mi primera quimio en 2015, la aplaudo. Porque cuando se tiene cáncer hay que celebrar cada victoria, por pequeña que sea. La enfermera le retira la vía y nos vamos. Caminamos a la salida del hospital.</p>
<p>Tengo la certeza de que aunque queda camino por andar, comenzamos con buen pie. Y lo que comienza bien, bien termina, dice mi mamá. Y yo le creo.</p>
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