Por Jennifer Rolong Ibáñez
Hoy ha sido un día largo, un despertar eterno, un atardecer bello pero desolado y un poco perturbador. Si me preguntas no ha tenido nada de diferente a otros días, solo el peso de la horrible rutina, el andar como autómata por la vida sin ningún sentido, sin ningún rumbo, sin ningún destino. Caminando por las calles de una ciudad caótica, donde la indiferencia reina, donde nada más puedes percibir el olor de los corazones en descomposición de miles de entes igual que tú, de miles de almas perdidas envueltas en lo banal y lo absurdo. Lugares siempre iguales- aunque sin conocerlos- tan familiares, tan repetitivos, tan rutinarios.
Un café negro para llevar, por favor, le dije a la amable dama detrás de la barra. Respondió con una sonrisa: son 2.50. Extendí mi mano para recibir un vaso grande de café y para entregarle el dinero. Salí sin darme cuenta que había abierto la puerta. ¿La abrí? Caminé dos cuadras más y por fin estaba ahí, en el lugar donde encontraba paz a pesar del caos, en una solitaria banca que me permitía una hermosa vista al mar, que me permitía ver perderse la luz en el agua, que me permitía escapar de la realidad.
Me tiré como si el cuerpo me pesara, como si hubiera descargado una tonelada de basura en un agujero cualquiera. Coloqué el café a mi lado como si fuera mi acompañante. Busqué en el bolsillo de mi abrigo y saqué mi pitillera y de allí un cigarrillo que no tardé en encender. Y era ahí donde me sentaba a ver la vida pasar a mi lado, donde mis fantasmas me acompañaban. Era ahí el momento, el lugar. Mi soledad y yo viendo el mundo girar, con un cigarrillo y un café.
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